Rafael Utrera Macías

En artículo precedente, hemos analizado la presencia del personaje shakespeariano Falstaff tanto en la obra del dramaturgo como en la película Campanadas a medianoche, de Orson Welles. En la presente entrega, comentaremos la transformación sufrida por Sir John en el film de Gus Van Sant Mi Idaho Privado (My Own Private Idaho. 1991)


Mi Idaho privado, de Gus Van Sant

Gus Van Sant comienza esta película con un rótulo en el que se define la palabra “narcolepsia”: “dolencia que se caracteriza por súbitos ataques de sueño profundo”. Pronto comprobaremos que tal enfermedad la padece Mike, uno de los principales protagonistas; a lo largo del film, se mostrarán diversos momentos donde el personaje acusa el padecimiento; al tiempo, se desvelarán las deficiencias familiares y las insatisfacciones que han hecho mella en su vida personal y social hasta convertirse en drogadicto y chapero en sus muy diversas modalidades. La búsqueda de la madre se convertirá en obsesión nunca satisfecha. Las carreteras onduladas y los peces que nadan a contracorriente son elementos simbólicos relacionados con su mundo interior, con sus sueños y con su compleja personalidad. Su afectividad quedará vinculada a la relación con su íntimo amigo Scott.

Por su parte, Scott es otro joven del mismo grupo que lleva una vida relacionada, igualmente, con el sexo y la drogadicción aunque, a diferencia de Mike, dispone de una elevada posición social por cuanto es hijo del poderoso y acaudalado alcalde de Portland; al cumplir 21 años, heredará hacienda y gobierno. La tensa relación de Scott con su padre y su conducta disoluta tiene, según le garantiza el hijo, una fecha de caducidad: la de su mayoría de edad. Durante la etapa precedente, el joven ha tenido como maestro en la vida, en la calle, en el sexo, en la droga, e, incluso, en el robo, a un tal Bob Pigeon, a quien reencuentra en la ciudad y con quien revivirá algunos sucesos de calado semejante a los de antaño, aunque, acaso, ahora, sentidos y vividos desde una perspectiva más distanciada.


Una paráfrasis iconográfica

La propuesta de Van Sant pretende una relectura de ciertos pasajes de Shakespeare, relativos a títulos comentados en nuestros anteriores artículos, y, al tiempo, una paráfrasis iconográfica de algunos momentos de Campanadas a medianoche. En este sentido, el texto shakespeariano, en variadas secuencias, junto a las imágenes de Welles, especialmente relacionadas con Falstaff, convierten a Mi Idaho privado en una actualización de temas, personajes y situaciones ambientados en los bajos fondos de la drogadicción y el comercio sexual, protagonizados por específicos sectores de la juventud norteamericana. Scott Favor, el rebelde hijo del alcalde, es un trasunto de Enrique V, y Bob Pigeon, consumidor de droga, sexo y alcohol, un descendiente norteamericano de aquel sir John Falstaff que dirigió la mocedad de su futuro rey.

El reencuentro de Bob y Scott tiene lugar en Portland, donde es recibido por los amigos de éste con gritos de estafador, cerdo, ladrón, cotilla, y otros adjetivos degradantes, aunque, al tiempo, están deseosos de oír, nuevamente, al gran inventor de falacias y de ver al orondo cuerpo satisfecho de droga y alcohol. Como Falstaff y el juez Shallow, Bob Pigeon y su acompañante entran admirándose de las cosas que han visto y de haber oído las campanadas de medianoche. El viejo hotel abandonado donde se ha instalado el grupo de colegas está “regentado” por la anciana Jane, que remiten a posada y posadera tanto de la obra literaria como de la película citada. Ahora, el director del film hace un guiño privado al espectador entendido cuando presenta a Scott bebiendo un botellín de cerveza cuya marca es, precisamente, “Falstaff”.


Un “caballo” que no es equino

En el dormitorio ocupado por Bob, quien “duerme como un bendito y ronca como un caballo”, entra Mike y le roba la droga; la prepara adecuadamente y esnifa el “caballo”,  que ahora no es un equino, con avidez, deleite y satisfacción. Scott despierta a su “maestro” y este dialoga con quien considera su “verdadero hijo”.

Una inmediata secuencia deja oír diálogos conocidos (entre sir John y el príncipe), cuando Bob pregunta “¿qué hora es”? y la respuesta del joven, actualizada a nueva situación, expone: ¿Qué más te da? No mirarías un reloj a menos que sus manecillas fueran rayas de coca o que en la esfera hubiera el cartel de un bar de gays  o que la hora fuera un chapero vestido de cuero”. Entre tanto, este “Falstaff” contemporáneo descubre que le han robado su “caballo”, por lo que reclama a la anciana Jane, la posadera, la búsqueda de la droga sustraída.

Tras ironizar sobre la conducta de su pasado, Bob sentencia que “no es un pecado el que un hombre trabaje en su vocación”, de manera que el robo y, ahora, el “robo de Gladshill”, está dispuesto para, parafraseando en imágenes al de “Campanadas…”, el “gran papá psicodélico” y sus “caballeros”, que no son ladrones sino “cazadores de la noche y predilectos de la luna”, planifiquen el robo, aunque la ejecución, como ya sabemos, tendrá un final distinto cuando Scott (príncipe Hal) y Mike (Poins) les jueguen una mala pasada a sus colegas y les roben el botín. La diversión vendrá nuevamente cuando sonsaquen a Bob para explicar su versión de la aventura; el baile de números, “nos lo quitaron 20 o 30 granujas”, “me peleé con 12 de ellos”, “maté a 7 de los once”, da lugar a fantasías y exageraciones que convierten al orondo drogata en fantasioso narrador y personalísimo intérprete.

La policía registra el destartalado y cochambroso hotel por orden del alcalde, como antaño lo hacía el Justicia en la posada. La osadía de Scott corre paralela a la del príncipe y funciona con situaciones semejantes e interpretaciones paralelas; un chulesco “vete al carajo”, dirigido al mensajero/funcionario termina con la situación, a la vez que abre otra donde el alcalde reprende severamente a su hijo y establece la comparación entre su vicioso heredero y el primo Bill David, el ejemplar emprendedor, del mismo modo que Enrique IV, ante el Juez Mayor, se lamentaba de la vida licenciosa de su heredero y ponderaba y envidiaba la del joven descendiente de Westmorland.


El fin de la vida aventurera

Tal como aventuró en su momento y prometió a su padre, Scott, huérfano ya y, al tiempo, heredero, casado y socialmente situado donde se le esperaba, renuncia públicamente a la amistad con su “maestro” de otra época, como Enrique V en su entronización, hizo con el viejo Falstaff. Cuando éste pronuncia “¡Dios te salve, mi dulce muchacho!”, el rey, es decir, ahora Scott, responde: “Anciano, no te conozco. Arrodíllate”.

El rey le ha destrozado el corazón a sir John Falstaff, su maestro de aventuras juveniles; Scott Favor le rompió el corazón a Bob Pigeon, el antiguo y psicodélico profesor. Tal dicen sus allegados. Todavía la posadera o la señora Jane podrán dar detalles de cómo se produjo su muerte: el agonizante pronunciaba “¡Dios… Dios… Dios!”, y estaba tan frío como el mármol… Según ella, se fue como un niño recién bautizado.

Gus Van Sant retomará el final para cerrar, en paralelo, con una doble secuencia: en la primera, el entierro del Sr. Favor está presidido por su hijo Scott y compuesto por grupo de personas de su condición y elegancia que acompañan la digna y oficial ceremonia religiosa; en la segunda, paralela a la anterior, el grupo de incondicionales amigos de Bob Pigeon celebran una laica reunión, con acompañamiento de músicas, que tiene tanto de homenaje al fallecido y reivindicación de su memoria como de aguarle la fiesta funeral a quien renegó de su maestro de la vida.


Nota


Las referencias entrecomilladas pertenecen a los subtítulos de la versión original estrenada en España.


Trailer en YouTube (en inglés, sin subtítulos)


--Mi Idaho privado (My own prívate Idaho. Gus Van Sant) (pinche aquí)


Pie de foto: Keanu Reeves (figuradamente el príncipe Hal) sostiene entre sus brazos a River Phoenix (ídem el personaje de Poins) en uno de los trances de narcolepsia de éste, en Mi Idaho privado.