Enrique Colmena

En artículo precedente, primero de una trilogía, titulado Los Kennedy en la pantalla: El poder y la gloria (I). El clan, comentábamos algunos de los productos audiovisuales que han contado la historia global de la famosa familia bostoniana de origen irlandés, un clan gobernado con mano de hierro por Joseph P. Kennedy, que pretendió influir (y en gran medida lo consiguió) en la política norteamericana durante el siglo XX, convirtiéndose en el paradigma de la familia política con mayor poder de la primera potencia mundial. En este segundo capítulo trataremos específicamente algunas de las películas y productos televisivos que han tratado la vida, la obra y (sobre todo) la muerte del más conspicuo de los miembros de esa famosa familia, John Fitzgerald Kennedy, también conocido por su acrónimo, JFK, y entre sus amigos y familiares por el diminutivo Jack.

John F. Kennedy llegó a ser presidente de los Estados Unidos en 1960, tras vencer en el duelo presidencial a Richard Nixon, quien con los años se convertiría también en esa especie de rey republicano que es la figura del habitante (por cuatro años, renovable, en su caso, por otros cuatro, sin más prórrogas) de la Casa Blanca. JFK fue un hombre de indudable carisma, que consiguió la rara proeza de concitar una gran esperanza en su pueblo, en un tiempo, los comienzos de los años sesenta, en los que la sociedad norteamericana, pero también la del resto del mundo, afrontaba cambios de grandísimo calado: político, social, económico, tecnológico, incluso filosófico. Tiempos de cambio en la sociedad, con la eclosión de nuevas formas de pensamiento y de comportamiento vital, con los nuevos movimientos juveniles: hippies, contestación anti-Vietnam, rock, amor libre. En ese contexto, John Kennedy consiguió algunas cosas curiosas, como que hechos que la Historia ha repudiado, como la (por lo demás pésimamente organizada) invasión de Bahía Cochinos, en Cuba, no salpicara el prestigio de quien, en definitiva, fue su último impulsor, el presidente norteamericano. Se le recuerda más por sus nuevos aires de libertad, por su vibrante discurso en Berlín, por su capacidad para galvanizar las masas, que por sus muy discutibles decisiones como la de incrementar la presencia USA en la guerra de Vietnam, que se reveló, con el paso del tiempo, como un mayúsculo error en términos geopolíticos, pero también en coste de vidas humanas.

Pero sin duda el acontecimiento que marcaría su biografía sería el magnicidio del que fue objeto el 22 de Noviembre de 1963, cuando visitaba la ciudad de Dallas, en Texas, siendo alcanzado por varios disparos realizados con un rifle por Lee Harvey Oswald, en un suceso que conmocionó a su país y al mundo entero.

Sobre ese asesinato se escribieron ríos de tinta, con teorías conspiratorias de todos los colores. El cine y la televisión lo han llevado con profusión a la pantalla. Como siempre sin vocación de exhaustividad, citaremos algunos títulos que hablaron de aquel momento, o de sus aledaños, o de cómo, cuándo y por qué pudieron producirse aquellos luctuosos hechos. Seguramente el film más redondo y cinematográficamente más atractivo sea JFK. Caso abierto (1991), película de la primera (y más interesante) etapa de Oliver Stone, en la que se nos cuenta la experiencia del fiscal Jim Garrison, de Nueva Orleans, que reabrió el caso del magnicidio de Dallas y llegó a conclusiones que no eran precisamente las avaladas por la versión oficial. Con trepidante montaje y ritmo, la película pasa por ser, con toda razón, la más interesante y cinematográfica de las miradas sobre aquella fecha desgraciada, con un estupendo Kevin Costner en el personaje del fiscal,  además de algunas leyendas de la interpretación, como Jack Lemmon y Walter Matthau (en personajes diametralmente opuestos a los de comedia que componían habitualmente para Billy Wilder), o un jovencísimo Gary Oldman, que daba vida al magnicida Oswald, o Susan Spacek, que hacía de su mujer, o Michael Rooker, Kevin Bacon, Tommy Lee Jones, John Candy y Joe Pesci, entre otros muchos conocidos, que intervenían en papeles generalmente episódicos. JFK. Caso abierto es, sin duda, la más interesante aproximación a lo que pudo ocurrir aquel infausto 22 de noviembre en la ciudad texana.

Pero ha habido otras miradas, quizá inferiores, pero también aportando distintas versiones sobre la misma historia. Por ejemplo, la que dirigió David Miller con el título de Acción ejecutiva (1973), un film que presentaba el magnicidio como una conspiración de los grandes poderes secretos de Estados Unidos (multinacionales, militares, agencias de inteligencia, corporaciones conservadoras y ultrarreligiosas) para eliminar a un presidente cuyas decisiones estaban entorpeciendo sus intereses. Aunque ciertamente la tesis no es descabellada, y seguramente pudo haber algo (o mucho) de esto, el film tiraba de fantasía para imaginar un escenario que nunca pudo verificarse. Un elenco espléndido, con pesos pesados como Burt Lancaster y Robert Ryan, daba brillo a este film cuyo guion del gran Dalton Trumbo, uno de los represaliados por la Caza de Brujas del Senador McCarthy, evidenciaba una mirada nítidamente de izquierdas sobre la inspiración del asesinato de JFK.

Sobre el mismo asunto girará La conspiración de Dallas (1992), film de John Mackenzie que ponía el acento en la perspectiva de Jack Rubenstein, alias Jack Ruby, otro de los implicados en las circunstancias ulteriores del magnicidio, en este caso al ser el asesino convicto y confeso de Oswald, al que mató de un disparo en el traslado que se hizo del reo desde las dependencias policiales a la cárcel estatal. Sobre esa historia, Mackenzie fabula una conspiración que incluiría a Ruby en la trama para asesinar a JFK, en este caso para acabar con la vida del magnicida y, así, borrar las huellas que incriminarían a otras (y poderosas) instancias. Danny Aiello, actor italoamericano de notable parecido con el criminal Ruby, sería el protagonista de este mediocre film, en la que un desconocido Kevin Wiggins interpretaría a John F. Kennedy y una no más conocida Mary Chris Wall sería la Primera Dama.

Cuando se habla de viajes en el tiempo, uno de los temas recurrentes que suele aparecer (aparte del famoso que fantasea con matar a Hitler antes de que llegue al poder, y así evitar la Segunda Guerra Mundial y la catástrofe que ello supuso en el planeta) es el de trasladarse hasta algún tiempo antes de que se produjera el magnicidio de Dallas para impedir el asesinato de Kennedy. Sobre esa fantasía, Stephen King escribió una novela, 22.11.63, que imaginaba un viaje en el tiempo hasta 1958, y cómo su protagonista concebía la idea de evitar el magnicidio, con consecuencias más bien impensables (o tal vez sí lo fueran). Sobre la novela, que concitó buenas críticas aparte del habitual apoyo mayoritario del público a la obra literaria kingiana, la productora Bridget Carpenter, junto a J.J. Abrams y su productora Bad Robot, realizaron una miniserie de 8 episodios, también titulada 22.11.63 (2016), con James Franco como protagonista, haciéndose cargo también el actor de la dirección de uno de los capítulos. La historia, que se separa del habitual tono terrorífico de Stephen King, trata sobre los indeseables resultados que la mejor de las voluntades puede acarrear cuando se juega a retorcer las leyes de la Naturaleza. ¿Cómo no desear que el asesinato de Kennedy no se hubiera producido? Pero, ¿cómo prever de qué forma se desarrollaría entonces la Historia, qué extraños azares y carambolas podrían llevarnos a una situación mucho peor que la que se produjo con aquel suceso que convulsionó el mundo?

Aunque el asesinato de JFK es, de lejos, lo más tratado sobre la figura del trigésimo quinto presidente de Estados Unidos, otros temas importantes de su presidencia han tenido alguna repercusión en pantalla. Por ejemplo, la famosa Crisis de los Misiles, suceso que tuvo lugar en octubre de 1962 y que puso al mundo al borde de una guerra nuclear, al detectar los servicios secretos norteamericanos que la URSS había situado una serie de misiles en Cuba, lo que se entendió como una gravísima amenaza para el país. El cine llevó esa crisis a la gran pantalla en Trece días (2000), título que indicaba el número de jornadas que duró aquella situación que estuvo a punto de acabar con la civilización tal y como la conocemos. Con dirección del australiano Roger Donaldson y protagonismo (otra vez) de Kevin Costner, que interpretaba al jefe de gabinete “de facto” de Kennedy, Kenny O’Donnell, el film presentaba en pantalla a John F. Kennedy con los rasgos del actor canadiense Bruce Grenwood, con Stephanie Romanov como Jacqueline y Steven Culp como Robert Kennedy; lo curioso es que, como Costner era, además de toda una estrella, el coproductor del film, tenía mucho más protagonismo que el mismísimo presidente, aunque teóricamente fuera uno de sus subordinados. También la televisión llevaría esa crisis a la pequeña pantalla, en este caso en fecha más temprana, 1974, en la TV-movie Los misiles de Octubre, con dirección de Anthony Page y con William Devane como JFK.


Ilustración: Una imagen de Trece días (2000), con Steven Culp como Robert Kennedy, Bruce Greenwood como John F. Kennedy, y Kevin Costner como Ken O’Donnell

Próximo capítulo: Los Kennedy en la pantalla: El poder y la gloria (y III). Joe Jr., Jackie, Bobby, Ted