Película: A las nueve, cada noche

Jack Clayton fue un productor británico cuyos títulos de mayor gloria en esa faceta fueron varias películas producidas a John Huston, algunas de ellas de las mejores de la filmografía del maestro de Missouri de los años cincuenta, Moulin Rouge (1952) y Moby Dick (1956), aunque también un Huston menor, La burla del diablo (1953). Aparte de ello, Clayton desarrolló, a partir de finales de los años cincuenta, una corta pero fructífera carrera como director: entre los siete largometrajes que dirigió, Clayton cuenta con una pequeña joya del terror psicológico como es Suspense (1961), cuyo título español ciertamente era bastante lamentable: hubiera sido mucho mejor traducir directamente el original The innocents como “Los inocentes”. La película, con toda probabilidad la mejor versión que se haya hecho al cine o a la televisión de una novela de Henry James (en este caso su espléndida Otra vuelta de tuerca), dio paso a otros largometrajes cuyo denominador común era ser obras inquietantes, colindantes con el misterio, a veces el terror, siempre la tensión. Solo la versión que hizo Clayton de la más famosa novela de F. Scott Fitzgerald, El gran Gatsby (1974), se apartó de ese tono.

A las nueve, cada noche participa plenamente de esa atmósfera turbia, como viciada, que caracteriza la mayor parte de la obra como director de Clayton. Sobre la novela Our mother’s house, original de Julian Gloag, el productor y director británico filma la a ratos angustiosa historia de un grupo de niños en la Inglaterra de los años cincuenta, al cuidado de una madre gravemente enferma y que, finalmente, fallece. Pero los niños no quieren que se conozca la muerte de su progenitora, pues ello les llevaría al hospicio, por lo que dan en aparentar que todo sigue igual. Los niños se reúnen a las nueve, cada noche, en el cobertizo del jardín (en el que han enterrado a la difunta), donde realizan extraños ritos para intentar seguir manteniendo un vínculo emocional con su madre a través de una de las niñas, que parece tener poderes de médium. Pero la aparición del supuesto padre de los chiquillos, llamado por el varón de más edad (en contra del criterio de la mayor de todos ellos), hará flaquear el frágil equilibrio logrado...

Tiene A las nueve, cada noche dos partes bien diferenciadas: en la primera, cuando la madre muere y los hijos deciden ocultarlo a los mayores, se produce una extraña sensación, como de desvalimiento pero a la vez de comunión entre los niños, todos unidos bajo la consigna de no descubrir la verdad de los hechos y que ello suponga no sólo ir al orfanato, sino probablemente la separación de todos ellos cuando sean requeridos por diferentes padres adoptivos. Toda esa primera parte contiene lo mejor del film, una atmósfera enrarecida, donde los niños conforman un microcosmos en el que se reproducen las relaciones de poder que han visto en los mayores, con el mando que recae en la chica de mayor edad, una preadolescente que tendrá que valerse de otros de sus hermanos para mantener su tambaleante liderazgo.

Las únicas influencias que tendrán para tomar decisiones será el ejemplo que han visto de la madre y los libros religiosos, fundamentalmente el Nuevo y el Viejo Testamento, y en este último, curiosamente, El Cantar de los Cantares, la más sensual de las lecturas bíblicas, que la mayor lee con delectación a los más pequeños. Los niños verán entonces el mundo de los adultos como malvado, hostil, o al menos antipático: los pocos adultos que rozan tangencialmente su vida parecen conspirar, quizá sin saberlo, para acabar con su “idílica” situación, vivir sin trabas, aunque la mayor de ellos ya se encargará de (a la manera en que lo hace todo poder) establecer sus reglas, con una represión nada callada.

También los trances en los que se sumerge la hermana con supuestos poderes de médium, mientras se balancea mesméricamente en una mecedora, tienen un fuerte componente emocional en el espectador, en un rito en el que los niños deifican la figura de la madre, la convierten en su diosa, un rito sobre el que pivota toda la vida de la casa, y que confiere sentido a la superchería que mantienen de cara al exterior.

Sin embargo, el tono varía sustancialmente a partir de la incorporación a la trama de Tony, el supuesto padre de los niños, un tipo disoluto, embaucador, borrachuzo, un auténtico marrajo que se aprovecha de los críos en su propio beneficio y con la única mira de satisfacer sus instintos más primarios. Ese segmento del film baja un tanto en interés, al perderse el tono misterioso, inquietante de la primera parte, para abocarnos a una situación en la que, inmersos en un conflicto de poder, los niños habrán de percatarse de la real catadura del presunto padre hasta llegar al trágico final que, ciertamente, se ve venir.

Con una mirada escéptica sobre los adultos, que aquí son todos lamentables (salvo la madre, difunta), A las nueve, cada noche es una historia vista desde la perspectiva de los niños, razonablemente imbuida de sus deseos y miedos, de las pequeñas trapacerías o grandes trolas que son capaces de inventar para que todo siga igual, para que “la casa de nuestra madre”, como se titula en el original, siga como siempre, un a modo de útero materno donde vivir, quizá eternamente.

Entre los intérpretes, aparte de un Dirk Bogarde que está, como siempre, excelente, en un personaje ciertamente penoso, que concita en él todos los pecados y defectos del ser humano, destacan algunos de los críos que después tuvieron una carrera ya de adultos, como Pamela Franklin o Phoebe Nicholls, o el pequeño Mark Lester, que al año siguiente consiguió el papel de su vida como el huérfano por excelencia en Oliver (1968), el musical de Carol Reed sobre el clásico dickensiano Oliver Twist.

Hitchcock decía que no se debía hacer cine nunca con niños, animales ni Charles Laughton, pero en este caso lo cierto es que todos los chiquillos están estupendos, dando un auténtico recital interpretativo. Como curiosidad, aparece en un papel secundario pero muy jugoso Yootha Joyce, quien en los años setenta gozó de gran popularidad (también en España) con las series televisivas Un hombre en casa y, sobre todo, Los Roper, divertidas comedias de puro humor “british”.


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104'

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A las nueve, cada noche - by , Apr 24, 2018
3 / 5 stars
Atmósfera enrarecida