Pelicula:

El lacerante tema del desahucio de viviendas por impago de hipoteca o alquiler es un asunto escasamente tratado por el cine en España (en puridad, en ninguna parte…). Por eso, que alguien con poder como Penélope Cruz haya decidido apoyar un proyecto como éste, tanto desde la producción como desde la interpretación (que la hace mucho más visible comercialmente, por supuesto), nos parece un hecho ciertamente significativo.

La película se ambienta en el barrio de Orcasitas, un barrio obrero madrileño con una historia de infravivienda durante el franquismo que los propios vecinos supieron durante los años setenta y ochenta reconducir hasta convertirse en un barrio normal; modesto, pero normal, como otros muchos de la capital de España y de otras grandes ciudades. Como cabía esperar, la crisis de 2008, pero también la derivada de la pandemia de 2020, afectó mucho más a las economías más humildes, haciendo que con frecuencia el pago de la hipoteca o del alquiler fuera tarea titánica cuando no imposible, con uno o los dos miembros adultos de cada familia (o la única de las monoparentales) en el paro o sobreviviendo con infratrabajos. En ese contexto, conocemos en la actualidad la historia de cuatro personas relacionadas con este dramático asunto: Rafa es un activista social que lucha cada día para intentar evitar desahucios y también para proteger a los más desvalidos del barrio; en esa tarea está tan enfrascado que tiene abandonados a su pareja y a su hijastro, que, aunque él no lo vea así, son las últimas de sus prioridades; Badía, una inmigrante árabe, vive en su piso con su hija; todos los días marcha a trabajar a un locutorio para gente de su etnia; cuando la Policía Local llega a su casa por otro asunto y se encuentra sola a su hija de corta edad, cree que la mujer la tiene abandonada y se la llevan a los Servicios Sociales; por su parte, Azucena es una mujer de mediana edad, con pareja e hijo pequeño; malvive con los menguados ingresos de chica para todo en un super del barrio, mientras que el marido trabaja en lo que le sale; sobre la familia pesa una orden de desahucio inminente, a la que ella es la que se está enfrentando ante la indolencia (“no sirve para nada”, dice él) de Manuel, el marido; el último personaje es Teodora, anciana viuda que intenta contactar por teléfono con su hijo Germán, al que avaló para un negocio, a resultas de lo cual se enfrenta a un desahucio por falta de pago del préstamo del hijo…

Tiene esta En los márgenes un aroma inequivoco a lo Ken Loach, dicho sea sin intención de decir que Juan Diego Botto haya hecho seguidismo, copia o plagio del veterano cineasta británico. Pero es evidente que hay huellas de que a Botto como director le gusta mucho ese cine, porque vemos señales de que es así: la asamblea de los vecinos que van a ser desahuciados y los activistas que luchan por ellos tienen ese toque loachiano en el que se aprecia que los “actores” (varios de ellos no lo son, sino auténticos vecinos en proceso de lanzamiento de sus casas, y también sus valedores de la asociación anti-desahucios) hablan con sus propias palabras sobre los asuntos que tratan en la asamblea, sin un guion de hierro sino dejando que cada uno se exprese como quiera. También es llamativa la escena en la que los personajes de Azucena (Cruz) y Manuel (Botto) tienen un durísimo enfrentamiento verbal cuando el hombre vuelve del trabajo y echa por tierra todos los esfuerzos que ella está haciendo para intentar detener el lanzamiento judicial, la expulsión del hogar que tanto trabajo les costó conseguir. Esa acre pugna verbal, rodada de un tirón en un plano secuencia de 5 o 6 minutos, podría considerarse como una edición en clave obrera de los famosos diálogos/combates de ¿Quién teme a Virginia Woolf?, y es también un tipo de escena que gusta mucho a Loach, en el que los participantes se calientan progresivamente hasta casi rondar la agresión física.

Pero, como decimos, no es un remedo ni un epígono de Loach, porque Botto, como director, evidencia maneras personales, su propia forma de encarar el film. En especial nos gusta, por su complejidad, pero también por su dedicación absoluta, el personaje de Rafa, el activista que lo deja todo por auxiliar a los que él sabe que dependen de su ayuda para sobrevivir cada día, pendiente de cosas que pueden parecer tan nimias como poder contar con una humilde bombona de butano para cocinar, ducharse o calentar la vivienda. Es cierto que su personaje es algo así como un misionero laico, un samaritano agnóstico que está tan absolutamente entregado a su causa que descuida hasta la dejación aquellos a los que ama, pero eso le imprime precisamente una mayor grandeza en lo que hace, con independencia de que, como miembro de una familia, deje mucho que desear.

En los márgenes es una buena película, una película seguramente necesaria, que habla de las más de 100 personas que, cada día, se ven privadas de sus viviendas, de sus techos, de aquello que las hace personas normales, no indigentes tirados en las calles. En cada una de esas 100 personas hay una tragedia callada, una tragedia de las que la sociedad no quiere saber. Pero, con independencia de ese valor social, de presentar en una película comercial a estos desheredados de la fortuna, lo cierto es que la cinta funciona como tal, como producto bien rodado, con un ritmo acelerado que conviene a la vida vertiginosa de Rafa, el eje sobre el que pivota toda la película, siempre atento a donde sea necesaria su presencia, aunque por el camino intente avasallar a quien solo hace su trabajo y además se deje el cariño y el respeto de su familia.

El actor Juan Diego Botto, quién lo diría, se estrena en la dirección de largometrajes con este film, con un escaso fogueo en la realización en un segmento de la película colectiva Hay motivo (2004) y un episodio de la serie Relatos con-fin-a-dos (2020), rodado durante la pandemia en los propios domicilios de los actores, dirigidos a distancia por los realizadores. En absoluto aparenta la bisoñez inevitable en un primer largo, rodado con soltura, con buenas ideas, sin subrayados y permitiéndose incluso alguna gema artística, como la penúltima escena, una hermosa, desgarradora elipsis en la que el hijo de la anciana a la que van a desahuciar llega corriendo a casa, ofreciéndonos Botto la visión del interior del hogar a través del cristal translúcido de una puerta en el que solo se intuyen las figuras, aunque, por supuesto, sabemos (sin ver) lo que ha ocurrido, lo que está ocurriendo.

Gran trabajo también en la dirección de actores de Botto, lo que era de prever porque, en general, los intérpretes que pasan a la realización suelen ser muy buenos en ese aspecto. Aquí saca lo mejor (que es mucho) de Penélope Cruz, tan implicada, tan de verdad, que emociona verla en su personaje zarandeado por el destino; también Luis Tosar, que confirma su ductilidad, pudiendo ser el hideputa Malamadre de Celda 211, el canalla sin paliativos de Mientras duermes, pero también el arrebatado filántropo que aquí compone. Del resto nos quedamos también con la dulzura maternal de una Adelfa Calvo a la que la fama le he venido ya mayor, pero qué bien la está aprovechando, y con la rabiosa juventud de un Christian Checa al que le auguramos, como diría Vicente Aranda, un brillante porvenir.

(14-10-2022)


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En los márgenes - by , Oct 14, 2022
3 / 5 stars
Loach en Orcasitas