C I N E E N P L A T A F O R M A S
ESTRENO EN MOVISTAR+
Jaume Claret Muxart (Sant Cugat del Vallés, Barcelona, 1998) es un joven director que se ha formado cinematográficamente entre su tierra catalana y la donostiarra Elias Querejeta Zine Escola. Su aún corta vida profesional ha estado encaminada hacia el audiovisual, habiéndose desempeñado inicialmente como crítico de cine y posteriormente como director de cortos, hasta que ha debutado en el largometraje con este Extraño río, que, según sus propias declaraciones, se inspira en un largo viaje en bicicleta que hizo con su familia por Europa cuando era adolescente.
En la película conocemos a los protagonistas, una familia compuesta por Albert, el padre (entusiasta de la arquitectura contemporánea), Mònica, la madre (actriz, y como tal prepara, al parecer para el Teatre Lliure, una adaptación de La muerte de Empédocles, de Hölderlin), y los hijos, todos menores de edad: Dídac, el mayor, de 16 años; Biel, el segundo, como de 13; y Guiu, el pequeño, quizá en torno a los 9 ó 10. Todos viajan por Centroeuropa en bicicleta, se entiende que en verano, siguiendo el curso del Danubio. Parece un clan bien avenido, aunque con la típica rebeldía de la adolescencia de Dídac; el chico anda un tanto mohíno porque en el instituto el amigo que le gusta, Gerard, no le hace caso; el padre, comprensivo, intenta animarlo, sin mucha suerte… Un día, mientras Dídac se baña solo en el río, aparece de repente un chico como de su edad, nadando desnudo a su alrededor; pero igual que aparece, desaparece… Más adelante se lo encontrará en otras ocasiones, a la par que su madre le cuenta su primer amor, con el que se fugó durante un día en barco, hasta que volvió al día siguiente, cuando era evidente que aquello no iba a llegar a nada…
Extraño río ha sido saludado como un estimulante debut, pero nos tememos que, aunque no carece de virtudes, es una afirmación bastante arriesgada… A ver, no está mal, o al menos se deja ver sin que nos acordemos (malamente…) de nadie, pero es más bien inane, dice poco, por no decir casi nada, más allá de un planteamiento que parece inspirado en una visión poco clarividente del Teorema de Pasolini, el clásico del poeta y cineasta italiano en el que introducía un elemento distorsionador en un clan familiar para, vía sexual, desestabilizarlo absolutamente. Aquí tenemos a ese elemento, el chico que aparece como por arte de magia, pero su intrusión en el clan familiar apenas incide en nada, más allá del prota, el joven Dídac, al que sí que le hace tilín, un tilín que, como se verá en la segunda parte del film, buscará reconstruir (¿en la realidad? ¿en su fantasía? Chi lo sa…) aquella aventura imposible de su madre cuando era joven.
La peli va y viene con los cinco integrantes de la familia en bici de acá para allá, rellenando la hora y tres cuartos con anécdotas que intentan ser graciosas, como la del padre entusiasmado, hablando a su mujer y prole de las maravillas arquitectónicas que encuentran en su periplo en bici, sin que a su familia le importe mayormente un bledo, o el encuentro con una chica del lugar, que nos permite enterarnos de que la madre domina el inglés, el francés y el alemán, pero poco más, o una especie de escena (tampoco sabemos si real o imaginaria) con Dídac, en lo que parece una zona de ligue, y en la que se encuentra a su madre morreándose con otro hombre…
En fin, una empanada mental, probablemente en torno a la imaginación desbocada de un púber cuyo amor no es correspondido, y cómo esa insatisfacción pudiera generar lo que podríamos llamar una especie de “corporeización” de su deseo adolescente, creando “ex nihilo” (obviamente en su imaginación) un efebo similar al objeto de su amor, que le ha dado calabazas. Vamos, un “amigo invisible”, pero con deseos lúbricos…
Quizá la película va de las incertidumbres de la adolescencia, en torno a la incipiente sexualidad, pero también en realidad sobre todo en la nueva vida que se abre ante ellos. Y es que Dídac se siente infeliz, víctima inevitable de esa edad en la que todo parece demasiado complicado, en la que ni se es niño ni adulto, o quizá ambas cosas a la vez; esa edad, la adolescencia, en la que se está descontento por todo, quizá porque no se sabe qué está pasando ni cómo gestionarlo.
Pero la película no termina de encontrar su tono, con las idas y venidas del chico ectoplásmico y los padres tan comprensivos; hombre, esto se agradece, en contraposición a tantas pelis en las que los progenitores reprimen bárbaramente la sexualidad de sus hijos cuando ésta no se ajusta a los cánones normativos. Parece buscar Claret Muxart una cierta contraposición entre el realismo tonal y la fantasía del chico del río, pero ello casi siempre resulta desvaído, no termina de prender la atención del espectador, como si lo que se nos cuenta en pantalla tampoco es que cale demasiado en el receptor de la peli.
Juega el director, es cierto, con algún interesante planteamiento plástico, como una filmación intencionadamente luminosa del río y su entorno (podríamos decir que es casi un personaje más), con imágenes sugestivas no solo de la lámina de agua, sino también de las riberas, jugando con luces, sombras y penumbras, en una suerte de etéreo esteticismo que, es cierto, conspira a favor de la atmósfera entre lo real y lo fantástico de la película, siendo uno de los aciertos del film.
Es una película en la que deliberadamente tienen importancia los símbolos, como esa esclusa cerrada que se encuentran los amantes adolescentes (¿se puede llamar “amantes” a un ser humano y un ectoplasma?) en su periplo por el Danubio, como forma de expresar la imposibilidad de su amor, pero en general tampoco interesan demasiado esos símbolos, como en este caso demasiado obvios. Hay que reconocer, eso sí, lo difícil que era plasmar esta historia, hecha más de sensaciones que de hechos reales y tangibles.
Film entonces con algunas notas apreciables, el conjunto no alcanza los mínimos estándares exigibles de interés, o eso nos parece. Con cierta frecuencia pierde el ritmo narrativo, ya de suyo bastante demorado, además de que le sobra metraje, con algunas escenas ociosas, que si no estuvieran no pasaría nada, aunque se entiende que su sustancia, la evanescencia, juega en otra liga que la del cine de nuestro tiempo, mucho más rápido, directo y sin divagaciones. Por cierto que, hablando de evanescencia, no resistimos la tentación de recordar aquella película de los años setenta, Bilitis, del fotógrafo David Hamilton, inscribible en el “blandiporno” típico de la época, con lánguidas adolescentes peritas en bollos, que parecería inspirar las (estas muy castas, eso sí, que los chicos son menores de edad) escenas eróticas de la película, aunque a sexo cambiado, claro.
En resumen, estamos ante un film agradable pero insuficiente, con un ritmo temblequeante y un tema difuso, por no decir abstruso. Los intérpretes, correctos, sin alharacas. El jovencísimo Jan Monter, que debuta ante una cámara, no lo hace mal, teniendo en cuenta que tampoco se le pedía mucho más que poner el ceño ligeramente fruncido.
(02/03/2026)
106'