Película: Green room

El cine indie norteamericano sigue dando muestras de pujanza. Uno de los más interesantes cineastas que ha dado este tipo de cine independiente USA en los últimos años es Jeremy Saulnier, todavía de corta filmografía, que se inició con Murder party (2007), pero que sobre todo llamó la atención con la notable Blue ruin (2013), un thriller con “homeless” que alcanzaba altas cotas de tensión con un personaje central poco frecuente en el cine, y con un tema, la venganza, tratada allí de forma muy distinta a la que es habitual en las pantallas.

Con esta Green room, Saulnier confirma que aquello no fue el sonido de la flauta del burro, sino que es un cineasta a tener muy en cuenta. Su nuevo film lo ambienta en el ruinoso mundo de una banda punk que viaja por la América profunda cantando en antros de mala muerte; cuando son contratados por un grupo nazi, no saben (o quizá sí...) dónde se están metiendo...

Green room está construido como un artefacto de tensión: a la inherente a la que, de oficio, aporta la localización del concierto de los punkeros en un grupo humano (por decir algo...) como un colectivo de ideología nazi, supremacista, racista y ultraderechista, con su estética y parafernalia “skin-head”, se sumarán los hechos que se precipitan cuando los componentes de la banda son testigos involuntarios de un asesinato en el seno de la atroz comunidad, a partir del cual se convierten en diana del feroz grupo fascista.

La tensión va en aumento, hábilmente graduada por Saulnier, en un “crescendo” que convierte el film en una obra agobiante, asfixiante, de difícil visión por la dureza de las imágenes, en una historia que, a ratos, recuerda las películas del Oeste en las que los protagonistas se encuentran sitiados en algún recinto (cfr. la oficina del sheriff acosada por las turbas que quieren linchar al criminal detenido, todo un clásico del género), pero es solo una más de las referencias cinéfilas que Saulnier desliza, sin otra intención que enriquecer un relato que, por supuesto, está más centrado en la cada vez más difícil supervivencia de este grupo de músicos punk que creían ser muy duros cuando se enteraron de lo que era, de verdad, la dureza...

Con un ritmo impresionante, que no da tregua, Green room es una película que confirma el valor de Saulnier como cineasta especialmente dotado para la tensión “con alma”, la que no busca exclusivamente (aunque también) la generación de adrenalina en el espectador, sino también su complicidad con unos personajes zarandeados por el destino, de alguna forma emparentados, aunque no sea más que en su marginalidad, con aquel “clochard”, aquel “homeless” de su anterior, y estupenda, Blue ruin.

Como curiosidad, además de Anton Yelchin al frente del reparto, poco antes de morir en un estúpido accidente doméstico, aparece Macon Blair como uno de los nazis, el actor que encarnó el vagabundo de la mentada Blue ruin, en un personaje obviamente muy distinto. Patrick Stewart interpreta al jefe del grupúsculo supremacista, un rol odioso que el gran actor británico resuelve con pasmosa facilidad y economía de medios. De los jóvenes, aparte de la entonces estrella emergente Yelchin, tan precozmente malograda, destaca la presencia siempre interesante de Imogen Poots, a la que recordamos en un personaje diametralmente opuesto, pero igualmente bien servido, en Lío en Broadway (2014), la comedia de enredo que supuso el (pen)último fiasco, mal que nos pese, de Peter Bogdanovich.


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95'

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Green room - by , May 01, 2018
3 / 5 stars
Tensión insoportable