C I N E E N P L A T A F O R M A S
ESTRENO EN MOVISTAR+, FILMIN Y MAX
Definitivamente, parece que en el cine español se ha instalado en los últimos años (un decenio, al menos) una corriente que podríamos llamar un Nuevo Realismo Español, una corriente que, además, tiene dos elementos esenciales: uno, estar hecho con frecuencia, de forma mayoritaria, por mujeres cineastas, y dos, radicarse también con mucha habitualidad en Cataluña y hecho por directores (más bien directoras…) de aquella comunidad. Sobre ese fenómeno el lector interesado puede consultar nuestro artículo publicado en Criticalia con el título ¿Hacia un Neorealisme Català?
Nos parece que Gemma Blasco es otro eslabón más en esta cadena neorrealista catalana, otro eslabón a unirse a sus pares nacidas en el Principat (Carla Simón, Elena Martín, Elena Trapé, Belén Funes, Clara Roquet, Carol Rodríguez Colás…), quienes a su vez se unen a otras cineastas del resto de España (Alauda Ruiz de Azúa, Celia Rico Clavellino, Pilar Palomero, Arantxa Echevarría, Estíbaliz Urresola Solaguren…).
Gemma Blasco (Barcelona, 1993) se graduó en dirección y guion cinematográfico en la escuela privada Bande à Part, en su tierra, para después completar su formación en la prestigiosa Escuela de Cine y Televisión de San Antonio de los Baños, en Cuba. Debutó en 2013 con un corto, formato en el que ha reincidido un par de veces más hasta que se estrenó en el largo con la experimental El zoo (2018), que ciertamente no vio nadie. Esta La furia (por cierto, título que también llevó una vieja -y buena…- película de Brian de Palma de los años setenta) es su tarjeta de presentación en el cine comercial, si bien su repercusión en taquilla ha sido ciertamente irrelevante. Mejor le ha ido en el aspecto crítico, con general buena acogida, estando nominada a 2 Goyas, habiendo conseguido 2 Premios Gaudí (los Goyas catalanes) y arrasando en el Festival de Málaga, con 3 galardones.
La historia se ambienta en Cataluña, en nuestros días. Conocemos a Alexandra, a la que todos llaman Alex, una chica quizá en torno a la treintena, que tiene un hermano algo menor, llamado Adrián. En una fiesta de Nochevieja en casa de una amiga, donde hay mucha gente, Alex es introducida a la fuerza en una habitación donde un hombre, al que no consigue ver la cara, la viola. Ya en casa, se desahoga con su hermano, que le pide, fuera de sí, que le diga quién ha sido. Pero Alex es incapaz de saber quién ha sido su agresor. La chica, que trabaja en el teatro como personal relacionado con la tramoya, se presenta a una prueba para formar parte del coro de la representación de Medea. Su excepcional fuerza en la prueba hace que la directora la elija para el personaje principal…
La directora, Gemma Blasco, ha declarado que la película parte de un hecho autobiográfico, una agresión sexual que sufrió años atrás, por lo que habrá que considerar el film, de alguna forma, como una catarsis para exorcizar aquel suceso abominable. Blasco opta, en línea con ese tono realista que hemos comentado como norma del cine español (y sobre todo catalán) actual, por filmar con una cámara nerviosa, casi siempre al hombro, ciertamente justificada por el tono de lo que se nos cuenta, la historia de cómo gestionar (o no…) una agresión de ese calibre, primero con el silencio, después comunicándolo a algún ser querido (el hermano), pero cuya airada reacción no la impele precisamente a hacerlo con otros (la madre) ni a la policía, como si negándolo no hubiera sucedido, una reacción que parece ser bastante frecuente. La cámara está siempre muy encima, sobre todo de la protagonista, con planos cortos o primeros planos, en los que la directora busca auscultar el rostro de ella, casi siempre una máscara hierática que intenta no traslucir el sufrimiento interior. De ahí parte una también una interesante derivada (aunque, ciertamente, no es especialmente original…), la de la canalización del dolor de la protagonista en su representación del personaje de Medea en la obra teatral que ensayan, con una interesante imbricación entre su tragedia personal y la universal de la tragedia griega, que, aunque no es exactamente la misma, sí es un drama eminentemente femenino en ambos casos... Aquí Alex, la prota, sacará la fuerza con la que se expresa, la furia del título, de su trauma no asumido, buscando expulsarlo catárticamente a través del desgarro del papel de la obra teatral, en una serie de escenas en las que se funde el personaje representado con la persona ultrajada...
Hay también, como decíamos, una vocación realista, con intermitentes inmersiones en el microcosmos de la música actual y el desfase de la fiesta, como forma de aturdir los sentidos y no pensar en lo que no se quiere pensar, aquella experiencia traumática de la violación, pero también en las escenas familiares, en sus encuentros con su tía y sus primos, en una suerte de costumbrismo que busca evidentemente contraponer esa serena dicha de la familia con los fantasmas que corroen a la protagonista. Eso sí, nos parecen absolutamente prescindibles las distintas escenas en las que este clan familiar procede a descuartizar a un jabalí cazado; que sí, que se entiende que, a través de esas escenas parece articularse también la furia de la prota por el crimen con el que ha sido vejada, pero por supuesto el jabalí no tiene la culpa de ello, ni eso hace la película mejor, ni mucho menos; en todo caso, más innecesariamente desagradable. También llama la atención que la peli apenas explore cómo influye la violación infligida a la prota en la relación que ésta mantiene con su pareja (o al menos follamigo, no queda demasiado claro), un chico magrebí que antes de llegar a la mitad del metraje desaparece y no lo volvemos a ver.
Un final muy tremendista, evidentemente excesivo, incluso con una escena en la que la prota come carne cruda, como si fuera el no va más del cine incómodo, confirma que la película, hecha con la mejor de las intenciones (poner en imágenes un execrable delito contra una mujer, y cómo ésta se enfrenta a ello para superarlo), resulta irregular y con cierta tendencia final a la aparatosidad, cuando su tono tendría que haber sido, o así nos parece, el del recogimiento, de la transmisión del dolor, sin excesos que no ayudan en nada. Una nueva muestra, eso sí, del que hemos bautizado como Neorealisme Català, bien que con un tema específico muy concreto, una violación y cómo se afronta la gestión personal de un hecho tan abyecto.
Notable trabajo de Ángela Cervantes, lo mejor de la película, en un trabajo muy entregado, que requiere mucha fuerza y capacidad de transmitir. Ese esfuerzo ha sido reconocido con su tercera nominación a los Goya. Bastante inferior nos parece Àlex Monner como su hermano, generalmente pasado de rosca.
(28/02/2026)
107'