Película: Morir

El sevillano Fernando Franco es un cineasta ciertamente atípico; de profesión fundamentalmente montador, con una ya larga carrera como tal, desde hace algunos años viene desarrollando también una muy interesante obra como director; además de varios cortos, se estrenó en la dirección de largometrajes con la notable La herida (2012), consiguiendo con ella el Goya a la Mejor Dirección Novel, entre otros premios. Ya aquel film advertía claramente que a Franco no le interesa el cine complaciente, el cine divertido o que hace concesiones a la galería. Su nueva propuesta como director lo confirma plenamente.

Porque Morir pertenece a esa rara estirpe de películas que ponen a la muerte, a la Muerte, en el centro de su temática (recordemos, por ejemplo, aunque en otro tono, La habitación verde, de Truffaut). No hablamos de la muerte de atrezzo que a diario puebla a centenares las múltiples películas en las que morir es un hecho banal, similar a lavarse los dientes. Hablamos de la Muerte con mayúsculas, la real (aunque aquí esté hecha desde la ficción), que es lo que nos presenta, sin ambages ni dulcificaciones, esta demoledora Morir.

Costa cantábrica, en nuestros días. Una pareja disfruta de un tiempo de vacaciones. Él es músico, ella empresaria. En un momento dado, él le cuenta que ciertas pruebas médicas que se había hecho, y que supuestamente habían salido bien, realmente no había sido así. A partir de ese momento, y aunque él en principio es reticente a realizar tratamientos médicos, se inicia una lucha encarnizada contra la enfermedad…

Morir, como La herida, juega a fondo la carta realista, casi naturalista. Lo que vemos es una recreación muy creíble de cientos, miles de historias parecidas: una familia en la que un miembro es señalado con el nombre de la maldita enfermedad maldita, como la llama una querida amiga, y cómo la familia actúa a partir de ese momento en función de la dolencia, que pasa a constituir el eje central de toda la existencia de los componentes del clan familiar: en este caso, los dos miembros de la pareja, él y ella.

En contra de lo que es habitual en estos casos, Franco y su coguionista Coral Cruz no ceden a la tentación de “heroificar” a la cuidadora: la pareja del progresivamente moribundo coprotagonista tendrá, además de sus callados raptos de abnegación constante, día tras día, también momentos en los que deseará que aquel infierno acabe, que necesite cualquier tipo de cariño, aunque sea de un desconocido. Esa naturalidad, esa humanidad de la heroína que no puede, no quiere, no sabe serlo a tiempo completo, contribuye al verismo de un film que no da asideros al espectador para sentirse cómodo.

Conforme el metraje avanza y nos acercamos al momento culminante (no “spoileamos” nada, está en el propio título), cuando la agonía se torna insoportable, la densidad de la película toma cuerpo hasta solidificarse, para dejar al espectador literalmente empotrado en la butaca. Pocas películas tan duras, tan cercanas a ese horror, a la vez a ese momento tan natural, que es la muerte. Los titubeos iniciales, mientras la película va cobrando fuerza y encontrando su tono, no ayudan a que el film tenga la magnificencia que se presiente en la última media hora, poco apta para estómagos delicados, cine de primera pero desde luego un cine donde la incomodidad, donde la desazón, campan a sus anchas. 

Fernando Franco se postula así a ser uno de los cineastas más sinceros, más apegados a la realidad, del cine español. Sus películas no buscan gratificar el ego del público, ni estimular sus instintos, ni siquiera regalarle el oído o lisonjear su inteligencia; busca justamente ponerle frente a ese otro mundo que habitualmente ocultamos: el de las personas con desórdenes de personalidad que ponen patas arriba nuestra confortabilidad cotidiana, como en La herida, o la vida que, aunque queramos creer lo contrario, no es eterna, ni indolora, en esta desoladora Morir.

Fantástico trabajo de la pareja protagonista, una Marian Álvarez que ya estuvo estupenda en La herida, y que aquí pecha con un complejo papel que se presta a un histerismo en el que, como ya imaginábamos, nunca cae. Andrés Gertrúdix es el moribundo que realiza una inolvidable interpretación en el último tramo del film, una agonía que nos enfrenta a ese perturbador momento tan temido.

Film atípico donde los haya, film suicida económicamente hablando, film también artística, social, humanamente imprescindible, tan duro que duele casi físicamente, Morir es (sí) cine necesario, aunque sea tan doloroso. O quizá precisamente por ello, en una sociedad que ha mandado a la muerte, y a la agonía, a la trastienda, donde no pueda poner en peligro la fiesta permanente (o eso cree) de la vida.


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106'

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Morir - by , Oct 12, 2017
3 / 5 stars
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