Pelicula:

Pues va a resultar que David Victori (Manresa, Barcelona, 1982), más que un cineasta que gusta del thriller vertiginoso, como aparenta, en el fondo es un moralista; dicho sea lo de moralista en el buen sentido (excurso: qué tiempos estos en los que hay que hablar de moralista “en el buen sentido”...). Victori tiene una aun exigua filmografía: varios cortos, Reacción (2008), La culpa (2010) y Zero (2015, producido nada menos que por Ridley Scott y Michael Fassbender); algunos capítulos de la serie Pulsaciones, aunque ahí ejercía como realizador a las órdenes de Milikito, en el siglo Emilio Aragón, auténtico factótum del producto; y El pacto (2018), curioso thriller que también giraba, como el resto de su filmografía, sobre cuestiones morales, sobre dilemas en los que los protagonistas han de tomar una decisión atroz, que cambiará sus vidas sea cual sea la elección finalmente adoptada. Además, son cuestiones que afectan a la moral, a la ética si queremos decirlo con su sinónimo con menos connotaciones religiosas y más referencias filosóficas.

La historia de esta No matarás se ambienta en Barcelona, en nuestros días. Dani es un treintañero que vive con su anciano padre, al que cuida, a la par que trabaja a media jornada en una agencia de viajes. El progenitor, ya muy enfermo, muere, y entonces su hermana Laura, abogada, le convence para que se haga un viaje por todo el mundo para resarcirse del mucho tiempo que ha entregado abnegadamente al cuidado de su padre. Pero una noche, mientras cena en un restaurante de comida rápida, Dani es abordado por una chica, Mila, que le pide que le pague las hamburguesas que se ha comido porque le han dado plantón y había ido sin dinero. Ese gesto filantrópico, sin embargo, abrirá la caja de Pandora...

No matarás plantea un dilema atroz: salvarse o hacer lo correcto. Ese es, al final, el dilema de esta película que, como decimos, es fundamentalmente una reflexión moral. Victori ha mejorado con respecto a su anterior film, El pacto (2018), que también tenía, como decimos, un planteamiento ético. Sin embargo, nos parece que para llegar a ese punto en el que el protagonista (un hombre bueno a carta cabal; en los tiempos que corren, probablemente sería tildado de tonto) tenga que decidir entre hacer lo que está bien o irse de rositas, Victori lleve las cosas a un límite que resulta cuanto menos fatigoso, con varias escenas de violencia, rodadas cámara en mano y con un notable montaje, que exacerban hasta extremos insoportables la acción de la película. Se entiende lo que pretende conseguir, cargar de argumentos a un pobre diablo para que, cuando llegue el momento, se tenga que plantear qué hacer ante ese dilema moral, pero la forma de hacerlo por parte del director nos parece en exceso recargada, incluso con frecuencia artificial, como si especialmente los actores que llevan el peso de las palizas al protagonista sobreactuaran de forma lamentable.

Al margen de ese pero, es evidente que Victori tiene buena mano para este tipo de thrillers frenéticos (sus cortos iban también en esa dirección, salvo Zero, que se apartaba un tanto de ese tono), exhibe buen gusto para la puesta en escena y tiene un interesante ojo para los encuadres y para marcar ritmos de infarto. Además, se marca un doble plano secuencia, al comienzo y al final, ambos sobre la nuca del protagonista, que pondrán de manifiesto esa cuestión moral en la que el personaje se debatirá: un buenazo, un pedazo de pan, abocado a tomar una decisión que le marcará, cualquiera que sea la elección, para siempre. Ese doble plano secuencia, muy cinematográfico, con el que se abre y cierra el film, culmina en una de las miradas a cámara más interesantes de los últimos tiempos, una mirada a cámara en la que el director, también guionista (junto a Jordi Vallejo y Clara Viola), traslada la responsabilidad de la decisión al espectador: ¿tú qué harías? ¿qué crees que debería hacer ese pobre perro apaleado por haber cometido el error de tener la enésima muestra de generosidad desinteresada sin ver que se estaba metiendo en la boca del lobo?

Ese traslado de la decisión al público nos parece de lo más interesante, una implicación que se olvida del thriller que acabamos de ver para preguntarnos, recónditamente, ¿qué haríamos, si estuviéramos en la situación del pánfilo protagonista?

Victori está creciendo, entonces, y nos alegramos, aunque es cierto que habrá de modular mejor una cierta tendencia tarantiniana, no solo porque Tarantino no hay más que uno, sino sobre todo porque la violencia, cuando se aprecia sobreactuada, como es el caso, produce un efecto contrario en el espectador: no te lo crees...

Buen trabajo de un Mario Casas que está haciendo desde hace tiempo ya un meritorio esfuerzo para que el cine lo tome en serio no solo por guapo, sino por actor. El plano final con mirada a cámara es antológico, y el actor gallego lo realiza límpidamente, entregadamente, muy de verdad. Otra cosa es que alguien debería decirle a Casas que, si, como ocurre en una escena anterior, te están estrangulando, su personaje debería boquear espasmódicamente, como corresponde a alguien que se debate entre la vida y la muerte e intenta captar el aire que no le llega a los pulmones: y es que ver a ese Casas siendo supuestamente estrangulado, cuya boca está solo ligeramente entreabierta, te saca totalmente de la escena...

Del resto nos quedamos con la presencia de la jovencísima Milena Smit, la atrabiliaria, desprejuiciada tentación que hará que este cacho pan, como decimos en mi tierra, padezca una madrugada que no la mejora/empeora ni la del protagonista del Jo, qué noche (After hours) (1985) de Scorsese...

(22-10-2020)


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92'

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No matarás - by , Oct 23, 2020
3 / 5 stars
Un dilema moral