Película: Roman J. Israel, Esq.

Dan Gilroy es un guionista californiano de carrera no precisamente esplendorosa; con decir que El legado de Bourne (2012), cuarta parte (ya sin Matt Damon, y, con ello, sin las recaudaciones habituales de la franquicia) de la saga del agente secreto Jason Bourne, es quizá su libreto más interesante, queda todo dicho. Sin embargo, cuando debutó en la dirección con Nightcrawler (2014), descubrimos a un cineasta interesante, nada acartonado, como es habitual en los directores novatos, con historias apetecibles que contar. Resulta curioso constatar que Gilroy, en los films en los que se encarga de la realización (que debemos reputar los más personales), demuestra estar especialmente interesado por cuestiones morales; no hablamos de sexo, por supuesto, sino de ética.

Porque Nightcrawler era la crónica de un inmoral (sí, por cuestiones económicas: no tenía donde caerse muerto, así que cualquier cosa que le sacara de ese marasmo le valía, fuera lo que fuera), mientras que Roman J. Israel, Esq. es justamente lo contrario, una historia sobre un hombre esencialmente moral. Se nos narran aquí, en flashback, tres semanas cruciales en la vida del abogado del título, un afroamericano licenciado en Derecho que ejerce en Los Ángeles en un bufete dedicado a defender a pobres diablos. Cuando su socio y letrado que ejerce en los juzgados cae fulminado por un infarto, Roman tendrá que hacerse cargo de sus casos, pero él, un idealista irredento, carece de mano izquierda y sus temerarias impertinencias le hacen chocar con las autoridades judiciales. El bufete cierra y se queda en la calle; intenta salir a flote por sus propios medios, sin éxito. Tentado por un bufete de postín, que conoce su valía, entra a trabajar en él, pero su forma de ser le procura constantes broncas...

Roman J. Israel, Esq. se podría inscribir en la gloriosa tradición de los films sobre temas jurídicos de corte liberal, un poco en la línea de una Anatomía de un asesinato (1959) o Veredicto final (1982). El problema es que hay cambios de actitud, incluso de pensamiento, que no están suficientemente argumentados, adecuadamente contrastados como para que nos los creamos; fundamentalmente, el que tendrá lugar en el protagonista, pasando de idealista insobornable a hedonista irredento (no hay “spoilers”: está todo en el tráiler, como la película entera...), que no nos terminamos de creer en alguien que llevaba 40 años de celibato real y metafórico, casado solo con su carrera, con su compromiso con los más desvalidos. Ese cambio de 180 grados, sin una motivación realmente aplastante, no nos sirve, no tiene credibilidad.

El film funciona mucho mejor en su etapa inicial, cuando vemos a este abogado de sólidos conocimientos jurídicos pero todo un negado para cualquier tipo de relación que conlleve el pragmatismo de la cultura del acuerdo, para cualquier clase de intercambio personal que incluya eso que se llama diplomacia y que con frecuencia es simple sentido común y no tirar, sin esperanza, piedras contra tu propio tejado.

Parte entonces la película de una premisa equivocada, aunque ello no quiere decir que no tenga interés. Roman J. Israel, Esq. gusta por su retrato de un “outsider”, de alguna forma un asocial, alguien anquilosado, un misántropo sin vida personal digna de tal nombre, un anacoreta urbano que sigue vistiendo horribles chaquetas de hace treinta años, gasta móviles de la prehistoria, trabaja con pantallas de ordenador de la época del mítico garaje donde Bill Gates creó Microsoft, y tiene por norma la caballerosidad de cuando los hombres se daban la mano y no hacía falta firmar nada. Ese retrato de persona fuera de su tiempo, que se mantiene fiel a sus principios, es quizá lo mejor de este por lo demás esforzado film, que apuesta por hacer siempre lo correcto, aunque haya que arrepentirse de las decisiones equivocadas. Todos estamos hechos de fragilidad y error, dice en un momento determinado el protagonista: cierto, como frágil es el guion de este film no del todo errado, aunque no llegue al nivel del anterior empeño del director, la mentada Nightcrawler.

Denzel Washington lo es todo en la película, hasta coproductor: con un look espeso, de hombre que carece de interés alguno en su apariencia, Denzel es Roman, ese abogado cuyos principios fueron de ida, vuelta y otra vez ida, aunque tanto trasiego quizá juega en contra de la verosimilitud de la historia. Colin Farrell es entonces un secundario de excepción, curiosamente un abogado instalado en el lujo al que la figura de su impertinente subordinado le hará reflexionar sobre su papel en el mundo.

Un adusto bulldog de porcelana que preside el bufete socialmente comprometido en el que Roman J. Israel pasó casi toda su vida profesional será el símbolo tangible de esa resistencia numantina, de esa inflexibilidad en los ideales que el abogado (que entregó su vida a una causa tal vez perdida pero tan necesaria) mantendrá finalmente, volviendo a ser la esencia de su vida, a toda costa, en este drama irisado de thriller que mantiene, aunque con alguna caución, nuestra buena impresión sobre su director.


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122'

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Roman J. Israel, Esq. - by , May 10, 2018
2 / 5 stars
Un bulldog de porcelana