26/03/2026
Se cumplen en estos días (el 24 de marzo, concretamente) el cincuenta aniversario del golpe de estado con que el ejército argentino, comandado por el general Videla (y secundado por el almirante Massera y el general Agosti), derrocó a la presidenta constitucional, María Estela Martínez de Perón, que había asumido el cargo, desde su puesto de vicepresidenta, tras el fallecimiento de su esposo, el presidente de la República Argentina, el mítico Juan Domingo Perón. Aquel cuartelazo fue justificado por los golpistas por el clima de caos social que se vivía en el país, con varias organizaciones terroristas de extrema izquierda, como los Montoneros y el Ejército Revolucionario del Pueblo, ejecutando atentados con asesinatos que fuentes fiables cuantifican en torno al millar de personas. Con ese pretexto, los militares depusieron a la presidente legítima, disolvieron el Parlamento Nacional, ilegalizaron a los partidos políticos y emprendieron una campaña de brutal represión que se convirtió en un auténtico terrorismo de estado que provocó la muerte o desaparición de, según fuentes igualmente confiables, en torno a 30.000 personas, muchas de ellas previamente torturadas. Durante la dictadura ejercieron como presidentes el general Videla (1976-81), el general Viola (1981), el general Galtieri (1981-82), que dimitió tras el fiasco de la Guerra de las Malvinas, que inicialmente galvanizó al país para luego (tras la incontestable derrota ante la Royal Army de la férrea Margaret Thatcher) hundirse en la depresión nacional; y el general retirado Bignone (1982-83), que fue el encargado de conducir el proceso de retorno a la democracia, que llegó finalmente tras la victoria en las urnas de Raúl Alfonsín, candidato de la Unión Cívica Radical, el 30 de octubre de 1983, que se convirtió así en el nuevo presidente constitucional del país. Se terminó así uno de los regímenes dictatoriales más oprobiosos que ha conocido la historia moderna mundial (y mira que los ha habido canallas…), un régimen que, encima de todo, decía a los que pedían respeto a los derechos humanos que los argentinos eran “derechos y humanos” (ya se vio que ellos, desde luego, no eran ni una cosa ni la otra…).
Sobre esos siete años de represión, de persecución del disidente, de conculcación de los derechos humanos más elementales, se han hecho un buen número de películas. Con el díptico que iniciamos con este primer capítulo queremos glosar algunas de ellas, que nos parecen relevantes por diversos motivos, cuando, como decíamos, ha transcurrido ya medio siglo del que esperamos que, ojalá, sea el último golpe de estado que triunfe en la República Argentina.
Los años de plomo
Durante los siete años que duró la dictadura, lo cierto es que difícilmente se pudo hacer un cine que, ni de refilón, denunciara o siquiera pusiera en pantalla los brutales hechos delincuenciales que el estado estaba perpetrando en ese mismo tiempo contra sus conciudadanos. Hubo alguna película que se hizo fuera del país, como la sueca The walls of freedom (literalmente, “los muros de la libertad”, rodada en 1978), dirigida por Marianne Ahrne, que planteaba el caso de un argentino exiliado en el país escandinavo por mor de la persecución política en su país a raíz del golpe de estado, cuyos terribles recuerdos le persiguen hasta Suecia. Por cierto que, proyectada en el Festival de Moscú, la delegación argentina presente se quejó a la dirección del certamen, pidiendo su retirada argumentando que era “ofensivo” para la imagen de su país (sin comentarios…).
Pero en Argentina, sobre todo en los años más duros (1976-82, hasta la derrota en las Malvinas, que fue el punto de inflexión del régimen), hacer cine era, necesariamente, caminar por un campo de minas, y las temáticas tenían que ser cualquier cosa menos políticas, ni siquiera sociales; de hecho, abundaron las pelis de cierto corte erótico, buscando entretener al personal con ese elemental cine de baja estofa. Pero, como sabemos, los artistas buscan sus propios caminos, especialmente cuando vienen mal dadas (que se lo digan, por ejemplo, a los directores españoles durante la dictadura franquista), y en concreto uno de ellos, un por entonces todavía joven Adolfo Aristarain, consiguió colocar hasta tres títulos que, sin ser directamente políticos o sociales, sí que pusieron en pantalla temas polémicos, o incómodos, que fueron una bocanada de aire fresco en una cinematografía en la que durante ese sexenio no se pudo hacer nada que se saliera de los estrechos márgenes marcados por la férrea censura del régimen. Aristarain, con buen tino, situó tres de los films que rodó en aquellos años de plomo en un contexto de cine negro, un cine negro por supuesto de clara identidad porteña: La parte del león (1978), Tiempo de revancha (1981) y Últimos días de la víctima (1982) presentaban una Argentina que no se ajustaba a la visión idílica de los gobernantes “derechos y humanos”, con torvos poderes en la sombra, con gángsters que acosaban a pobres diablos, con sicarios que se suponía no existían en un país tan “paradisíaco”…
El deshielo
Ya en 1983, con la presidencia de Bignone (que alguien comparó en su momento con la “dictablanda” del general Berenguer en España a partir de 1930, cuando sustituyó al dictador Primo de Rivera), la represión bajó de forma apreciable y el cine pudo empezar a contar historias que, hasta entonces, habían estado vedadas. Por supuesto, mucho más a partir de que Alfonsín, ya casi a finales de ese año, tomó las riendas del país y devolvió la democracia al pueblo. A partir de entonces ya empezaron a menudear los títulos que hablaban de aquel período aciago, incardinando sus historias en el contexto de las numerosas tropelías que los felones gobernantes ejecutaron contra sus paisanos, contra aquellos a los que, se supone, debían proteger.
Así, uno de los primeros títulos que afrontó temáticas relacionadas con la dictadura fue El poder de la censura (1983), con dirección de Emilio Vieyra, en la que precisamente se ponía en escena la historia de unos profesionales de la industria del cine que se debatían entre aceptar las imposiciones de los militares para hacer una película, o enfrentarlos, con las peligrosas consecuencias que ello podría suponerles.
Solo un año después, Juan Carlos Desanzo, uno de los más interesantes directores de fotografía argentinos del último cuarto de siglo, inició también una carrera como director, rodando En retirada (1984), ambientado en esa misma época, en el final del llamado “Proceso de Reorganización Nacional” (rimbombante nombre que se puso el golpismo para justificar la asonada del 76), film en el que se centraba en un siniestro personaje, uno de los secuestradores, torturadores y asesinos del régimen que, con la llegada de la democracia, se encontró en fuera de juego; la película fue la primera que en Argentina habló de los desaparecidos, de aquellos 30.000 que conforman un número indisolublemente unido a la multitud que los milicos se llevó por delante.
Hay unos tipos abajo (1985) es el ominoso título del film rodado por Rafael Filippelli y Emilio Alfaro, ambientado en plena dictadura, en 1978, y que reflejaba los peligros que arrostraron los periodistas que osaban presentar resistencia a la presión de las autoridades militares para que contaran las supuestas bondades del “Proceso”, en un film que hablaba también de hasta qué punto esa situación de tensión y acoso podía desembocar en actitudes cuasi paranoicas.
Una de las grandes películas argentinas ambientadas en el oprobioso tiempo de la dictadura es, sin duda, La historia oficial (1985), que dirigió Luis Puenzo, y que presentó por primera vez una de esas canalladas por las que la Historia juzgará (bueno, ya los ha juzgado, y el veredicto no ha sido benévolo…) a aquellos militares que traicionaron a su patria: hablamos del secuestro de niños de los desaparecidos para entregárselos a altos cargos (civiles o militares) del régimen para que crecieran como si fueran sus hijos, en una lacerante historia, con un formidable trabajo interpretativo de, sobre todo, Norma Aleandro, pero también Héctor Alterio, un film cuyo fortísimo impacto le llevó a conseguir el Oscar a la (entonces así llamada) Mejor Película de Habla No Inglesa, entre otros muchos premios.
Sobre hechos reales, Héctor Olivera, todo un nombre del cine argentino de la segunda mitad del siglo XX, rueda La noche de los lápices (1986), la historia de un grupo de adolescentes secuestrados y torturados por el régimen a los pocos meses de darse el golpe de estado, unos casi niños cuyo “gran delito” fue protestar por el incremento del precio del boleto de autobús para estudiantes, lo que fue provocado por los militares para descubrir a los cabecillas del obviamente clandestino movimiento insurgente estudiantil. Nunca se supo qué fue de aquellos chicos (menos uno, que milagrosamente salvó la vida), dándoseles por desaparecidos y, a día de hoy, oficialmente muertos.
Ilustración: Héctor Alterio y Norma Aleandro, en una impactante escena de La historia oficial (1985), de Luis Puenzo.
Próximo capítulo: Cuando se cumple medio siglo del golpe de estado de 1976: la dictadura argentina en el cine (y II)