Rafael Utrera Macías

Florence Foster Jenkins (2016), de Stephen Frears, recupera para el cine la biografía de la dama americana, Florence Foster Jenkins (Meryl Streep), cuyo principal empeño consistió en cantar ópera públicamente, a pesar de sus escasas cualidades, y llevarlo a cabo en los más suntuosos locales; para ello, recibió lecciones de un profesor, Cosmé McMoon (Simon Helberg), que guardaba su autoestima en beneficio de su extravagante alumna; la “soprano” podía permitirse tales caprichos dada su millonaria economía, lo que dejaba en manos de un complaciente marido, casado con ella en segundas nupcias, St. Clair Bayfield (Hugh Grant), actor él mismo, cuyo deber no era otro que hacer feliz a su esposa en sus interminables veladas musicales; bajo otras consideraciones, era el suyo un matrimonio blanco, hecho motivado, entre diversas circunstancias, por causa de la enfermedad venérea contraída por Florence la noche de su primera boda.


La señora Foster Jenkins (1868 – 1944), se ganó la vida, en un principio, dando clases de piano. Vivió en Filadelfia y casó con el médico Frank Thornton Jenkins, del que se divorciaría años más tarde. Las muertes de su madre, primero, y de su padre, después, le reportaron herencias millonarias; con ellas, podía darse los antojos oportunos, consistentes en tener un grupo de fans, al que “deleitaba” en privado con sus personales cantos, o llevar a cabo recitales diversos en Nueva York, tanto en los salones del lujoso “Ritz/Carlton” como, finalmente, cumpliendo su propio deseo y el de sus admiradores, de hacerlo en el monumental “Carnegie Hall”, a la edad de 76 años. Ya podía morir tranquila. Su mecenazgo propició la creación del “Club Verdi” junto a otras múltiples actividades melómanas; los discos grabados con fragmentos diversos de óperas famosas (aunque su canción preferida sería “Clavelitos”, del Maestro Valverde), fueron el hazmerreír de la sociedad neoyorquina, lo que no impidió, paradójicamente, su cotización en función de apreciaciones tan diversas como contradictorias.


El recuerdo de Ciudadano Kane


Viendo la película Florence Foster Jenkins, es imposible no recordar algunas escenas semejantes y otras antónimas pertenecientes a Ciudadano Kane (1941), la mítica “ópera prima” de Orson Welles, considerada por la crítica internacional, durante muchos años, la mejor de la Historia del Cine. En ella, se cuenta la vida de un magnate norteamericano que, al morir, pronuncia una palabra, “rosebud”, cuyo significado podría descubrir aspectos desconocidos de su vida o, incluso, la clave de su existencia; un trineo fue el deseado e inalcanzable objeto, símbolo de su infancia, de quien tuvo sobreabundancia de dinero y poder.


Ambas películas optan por presentar casos semejantes: dos mujeres que, sin tener cualidades para ello, “cantan” ópera, tanto en privado como en público, apoyadas en su millonaria situación económica; a esta convergencia le suceden divergencias múltiples que suponen marcados contrastes entre una y otra; así, Florence actúa por su propia iniciativa en la creencia de poseer aptitudes para el canto y con el apoyo incondicional de un “marido”, mezcla de “manager” y “administrador”, cuyo propósito, como hemos dicho, es hacerla feliz, contratándole un profesor según sus deseos, y procurando liberarla de sus implacables críticos, amigos unos, periodistas otros. Sus actuaciones en exclusivos teatros fueron muy aplaudidas por el público invitado, aunque más en función de la risa producida por los destemplados gorgoritos de semejante diva que por la riqueza de sus precisas y matizadas escalas. Tras aquella su última actuación, había conseguido su personal propósito.

Por su parte, en Ciudadano Kane, Susan Alexander (Dorothy Comingore) es la segunda esposa de Charles Foster Kane (Orson Welles), un magnate de la prensa; su marido la obliga a cantar, sin tener cualidades para ello, por lo que un experto profesor (Fortunio Bonanova) llega hasta la desesperación, en sus abnegados propósitos docentes, dado que el esposo está empeñado en presentarla en los mejores coliseos del país. La desgraciada carrera musical terminará con el divorcio de la pareja y un oscuro destino para la desafortunada mujer.


Un guion con personajes de la vida real


El guion de Ciudadano Kane, que, en principio, se llamó “American”, fue escrito por Herman Mankiewicz (hermano del reputado director Joseph L. Mankiewicz), auxiliado por un pequeño grupo de colaboradores. La autoría de Welles ha sido motivo de disputas personales y de litigios legales entre ellos durante todo el proceso de pre-producción y rodaje, aunque el Óscar de 1941, al mejor guion original, fue concedido a ambos; ello sería motivo suficiente para finalizar la discusión y dejar esculpidos para siempre ambos nombres en los créditos de tan histórico film.

Desde las primeras versiones del guion, parecía quedar claro que, cuanto se contaba en aquellas páginas, eran directas alusiones al magnate de la prensa conservadora (y de tantas otras actividades sociales y políticas) William Randolph Hearst, así como a su amante, la actriz Marion Davies, para quien había creado la productora “Cosmopolitan Pictures”, la cual se encargaba tanto de publicitar, a bombo y platillo, su filmografía, como de redactar generosas críticas en la cadena de periódicos de su benefactor.

Las presiones de ambos personajes para impedir el estreno de Ciudadano Kane no se hicieron esperar y continuaron durante un tiempo de formas muy diferentes, que incluían campañas de prensa, denuncias de abogados, boicot publicitario, etc. Welles negó, por activa y por pasiva, que su película se refiriera a Hearst; aunque, tras el estreno, pocos se atrevían a darle la razón. Hearst y Davies habían sido duramente criticados en la película y, entre otras muchas cosas, “Xanadú”, el gigantesco palacio habitado por Susan, la segunda esposa de Kane, mucho tenía que ver con “La casa grande”, una mansión de ciento diez habitaciones que el poderoso hombre de la prensa había mandado construir en San Simeón, cerca de la playa de Santa Mónica, para su protegida. Mankiewicz, como periodista y escritor, asistió en varias ocasiones a las fiestas de los Hearst, lo que le permitió comprobar vicios y aficiones de la actriz (la bebida, los puzles), o del empresario (las excursiones colectivas de sofisticados pícnics). La película da ejemplo de ello.


"Cantantes" de ópera, maridos generosos


En Ciudadano Kane se opta por la ópera, por su pésima interpretación y por una mala cantante para desarrollar alguno de los aspectos dramáticos de la historia. Por ello, deben tenerse en cuenta otros posibles modelos de artistas o cantantes que pudieran relacionarse con los de la película, tal como Sybil Sanderson, la primera compañera de Hearst, cantante de ópera, cuya presentación en el Metropolitan se vio reflejada en las páginas de los periódicos del magnate con exagerados comentarios y generoso espacio. Además, el compositor Massenet escribió para ella una partitura que, posteriormente, Bernard Herrmann, encargado de la dirección musical de la película de Welles, transformó en una parodia de Mary Garden, prima donna de la ópera de Chicago, y escribió un “Salammbo” (no el “Salammbô”, de Ernest Reyer) cuya característica consistía en que la melodía superaba ampliamente las cualidades de la cantante, de manera que ésta se veía obligada a interpretar con tonos excesivamente elevados para su limitada voz; la intencionada y estruendosa orquestación ayudaba al desastre.  

Otros nombres podrían haber servido de inspiración al guionista Mankiewicz: Harold McCormick, casado con Ganna Walska, una “mediocre soprano”, o Samuel Insull, millonario de Chicago que construyó un teatro de la ópera, aunque la historia no aclara para qué miembro de la familia (esposa, hija) se hizo la inversión. Cuando los  historiadores mencionan ejemplos de la vida real en los que pudo inspirarse el guionista Mankiewicz, no aparece el nombre de Florence Foster Jenkins, a pesar de la coincidencia cronológica y los puntos de razonables parecidos entre las “actuaciones” de esta mujer y los de la esposa del “ciudadano”.


La cantante Susan según ella misma


Dado que la estructura de Ciudadano Kane es una suma de diferentes bloques, pertenecientes a cronologías distintas, enunciadas por personajes diversos y mostrados al espectador bajo la técnica del flash-back, el personaje de Susan, la malograda cantante de ópera, está evocado tanto desde el recuerdo propio como desde el ajeno. Así, en el primer tercio de la película, conoceremos a Kane divorciado de su primera esposa, Emily (Ruth Warrick), sobrina del presidente de los Estados Unidos, y el casamiento con Susan de quien, por medio de procedimientos audiovisuales, oiremos compases de sus futuras interpretaciones y de la construcción, regalo de su  marido, tanto del teatro de la ópera de Chicago como de la monumental residencia “Xanadu”.

Tras un fallido intento de obtener una entrevista con Susan por parte del personaje denominado Thompson (William Alland), conocemos la situación social de la exmujer de Kane: canta en el “nightclub” “El Rancho” y está alcoholizada. Un fundido en negro cierra esta secuencia, pero el investigador conseguirá su propósito al obtener la esperada entrevista en otro tramo del film. Mientras tanto, un nuevo flash-back, ahora evocado desde el recuerdo del periodista Leland (Joseph Cotten), nos permite conocer cómo se produjo el ocasional encuentro entre Susan y Charles: en la calle, de noche y a oscuras, el traje del caballero ha quedado embarrado por salpicaduras de un coche mientras ella sale de un establecimiento con intenso dolor de muelas; los desconocidos se ofrecen mutuo apoyo y ya, en la habitación de ella, queda garantizada la amistad. El amor llegará seguidamente.


Susan: obediente esposa, fracasada cantante


Por su conversación, sabremos que Susan trabaja en un comercio dedicado a la venta de partituras, dado que ella reconoce sus pocas aptitudes para el canto. Kane se empeña en convertirla en cantante; los sucesivos cambios de ámbitos y decoraciones en posteriores secuencias demuestran que el acaudalado amante conseguirá no sólo que lo haga en privado sino también públicamente. La vida de Charles Foster se enreda entre divorcio de Emily, boda con Susan y fracaso en sus aspiraciones políticas. El incipiente deseo de convertir a su nueva esposa en afamada cantante de ópera es un imperativo personal que llevará a sus últimas consecuencias, cueste lo que cueste en el plano económico y en el social.

La portada de un periódico informa de la futura construcción de un teatro de la ópera en Chicago, a la vez que se presenta a Susan ejercitándose en la ingrata tarea de cantar aquello que sus facultades no le permiten y que su marido, con su tozudez habitual, le obliga a ejecutar. El teatro es presentado desde diversos ángulos y con distintos personajes, desde la propia obediente cantante hasta unos tramoyistas que se miran aterrados ante la calidad de lo que oyen. Otro flash-back distinto, nuevamente aportado por Thompson, vuelve a situarnos en el nigth-club “El Rancho” donde Susan, ahora dispuesta a conceder la entrevista, nos recordará, con sobrada insatisfacción, su obligada dedicación a la ópera por capricho de un marido que la maltrataba de semejante forma.


Matiste, el profesor de canto


La secuencia evocada se construye con la clase de canto recibida por Susan y la intervención de su marido, testigo de la misma. El profesor, señor Matiste, se esfuerza con su alumna mientras el pianista ataca el teclado. Perdida su paciencia, puesta en juego su reputación, abronca a la cantante a quien espeta sus negadas facultades para lo que es incapaz de aprender; dispuesto a dejar la clase, es interrumpido por Kane quien, imperativamente, exige seguir la docencia puesto que se le contratado para ello y no para formular opiniones. Por si no fuera suficiente, el magnate le explica que su cadena de periódicos ejercerá la crítica más positiva sobre la cantante y sobre quienes han conseguido elevarla a la categoría de diva. Dejemos constancia de que el señor Matiste está interpretado, como antes hemos dicho, por el español Fortunio Bonanova, actor en los incipientes años del mudo hispano (es Don Juan Tenorio en la versión de los hermanos Baños, filmada en 1922) y afincado en Hollywood posteriormente. Orson Welles ha calificado la interpretación de nuestro paisano como excelente por cuanto la modulación de sus gestos, en perfecto acorde con las notas musicales, frente a la crispación de sus nervios, funcionaron de forma magistral en secuencia tan significativa como, igualmente, en las sucesivas del teatro.

En la siguiente, veremos a Susan estrenando la ópera en Chicago. Los posicionamientos de la cámara difieren de los que ya conocemos, dado que el personaje narrador es otro, es decir, ahora, la propia cantante. Una diversidad de planos van mostrando el estado anímico de los distintos personajes, desde el propio Kane al crítico teatral Leland, desde el señor Matiste a Berstein (Everett Sloane); los signos de aburrimiento encabalgan con los de hastío y las negativas a lo que se oye funcionan como elementos de generalizada desaprobación. Sin embargo, el público aplaude; cuando deja de hacerlo, Kane, en pie, solo, seguirá haciéndolo frenéticamente.


Susan: de la Ópera a "El Rancho"


Los periódicos son unánimes en sus adversas críticas (incluido el “Inquirer”, texto que comienza escribiendo Leland y acaba haciéndolo el propio Kane) sobre el “espectáculo” ofrecido por Susan, quien abronca al esposo sobre las continuadas exigencias y su decisión irrevocable de no cantar más. Kane se niega y, de forma agresiva, impone su ley. En efecto, la esposa seguirá cantando en distintas grandes ciudades y la prensa dando fe de la vida de la cantante y de sus condiciones para llevarlo a cabo. “Salaambô” ya no se oirá más porque, el intento de suicidio de Susan, hace recapacitar, de una vez por todas, a Kane.

En “Xanadu”, la señora Alexander Kane es una prisionera en jaula de oro; los puzles de infinitas piezas ni siquiera sirven de entretenimiento y las excursiones colectivas, con exóticos picnics, como gustan a su marido, no rellenan un atisbo de esperanza en su defraudada existencia. El contraste entre su vida privada y pública es un continuado contrasentido. Los reproches acaban en maltrato físico y el resultado es la huida de Susan de esa monstruosa vivienda donde no ha disfrutado de un gramo de felicidad. Kane se queja: “No puedes hacerme esto”. El relato de la señora Susan Alexander acaba donde empezó: en el club “El Rancho”; allí, diez años después de su separación, sigue cantando cuando su alcoholizado cuerpo se lo permite.


Coda


Florence y Susan han sido dos “cantantes de ópera”, una de la vida real, otra de la ficción documentada. La inocencia de Florence la hace invulnerable al ridículo y, por tanto, feliz en sus públicos despropósitos. La humildad de Susan y la obediencia exigida por un despótico marido la convirtieron en carne de burla y, consecuentemente, en persona desgraciada.


Al lector:


En CRITICALIA, relacionado con este escrito, puede encontrar la crítica de Florence Foster Jenkins y el artículo Las películas mellizas, ambos firmados por Enrique Colmena.


Videos en Youtube:


Susan y Matiste en Ciudadano Kane (en inglés)
https://www.youtube.com/watch?v=HQ-atvHHWwc


Florence y McMoon en Florence Foster Jenkins:
https://www.youtube.com/watch?v=-T8BK9GOhsQ


 


Pie de foto: La actriz Dorothy Comingore, en el papel de Susan Alexander Kane, en Ciudadano Kane.