Película: Como en un espejo

Esta película se ha podido ver en el ciclo que Cinesur Nervión Plaza (Sevilla) dedica al director sueco Ingmar Bergman, con ocasión del centenario de su nacimiento.

A principios de los años sesenta, Bergman había terminado la trilogía de Dios y la Muerte, compuesta por El Séptimo Sello (1957), Fresas salvajes (1957) y El manantial de la doncella (1960). Tras hacer una (atípica en su filmografía) comedia fantástica, El ojo del diablo (1960), el cineasta de Upsala afronta la primera de las tres películas que, andando el tiempo, serían conocidas bajo el epígrafe genérico de la trilogía del Silencio de Dios, una trilogía que, si bien el propio Ingmar no ideó como tal, a posteriori le dio carta de naturaleza, ante las evidentes conexiones temáticas y estéticas de esas tres cintas.

Isla de Farö, situada al sureste de Suecia (localidad donde, por cierto, vivió Bergman durante sus últimas décadas de vida). Cuatro personas se preparan para pasar unos días de recreo en su casa en esa costa. Son David, maduro escritor; su hija Karin; el esposo de esta, Martin; y el hijo pequeño de David, el veinteañero Minus. Todos han ido a la isla a pasar unos días de descanso al haber sido dada de alta recientemente Karin en una institución para enfermos mentales, tras haber experimentado una mejoría en su estado. Pero pronto nos damos cuenta de que esa mejoría es más teórica que real; Martin y David hablan en un aparte de la posible incurabilidad de la psicopatología de Karin, y cómo ello les afecta: mental, moral, materialmente...

Como en un espejo será la primera de las películas de la mentada trilogía que con el tiempo sería conocida bajo la denominación del Silencio de Dios, y que se completaría posteriormente con Los comulgantes (1963) y El silencio (1963). En esta nueva tríada fílmica la preocupación bergmaniana por Dios, la muerte, la vejez, el dolor, la redención, deja paso a un territorio mucho menos teológico, mucho menos religioso. Así, donde Dios era centro y eje de las historias que se contaban en sus anteriores películas, aquí será el ser humano alrededor del que girarán las tramas. En concreto, en Como en un espejo, Dios aparecerá como síntoma del deterioro mental de la protagonista: es entonces un espejismo, una aparición ectoplásmica debida a un desorden psíquico. Estamos ante la exclusión de Dios, relegado al papel de efecto patológico de un mal diagnosticado, perdiendo su entronización como elemento central de la vida del Hombre. Incluso cuando Karin evoca su presencia física, esta aparecerá con la muy prosaica figura de un helicóptero, en una imagen apenas velada tras un cristal translúcido, en lo que puede considerarse como un libérrimo, y en este caso tan apropiado (dado el tema) “deus ex machina”.

Un Bergman fieramente humano (gracias, Blas de Otero), mucho más humanista que teocentrista, nos hablará entonces de otros temas, fundamentalmente relacionados con el ser humano: la falta de comunicación (en este caso intergeneracional, entre padre e hijo), el amor y el valor, o la falta del segundo cuando el primero pide una prueba inasumible (en un delicioso teatrillo naíf, con resabios de las evanescentes comedias shakespeareanas), la “literaturización” de la vida (ese pecado del escritor que tiende a tomar como objeto de su obra toda su existencia, incluidas las gravísimas desgracias familiares), la autoestima (en el hijo que se sabe a años luz de la capacidad intelectual del padre, pero que busca continuamente su aprobación), entre otros asuntos, conforman una obra densa, compleja, admirablemente escrita por un Bergman que siempre brilló como guionista a igual altura que en su faceta como director, una historia con solo cuatro personajes, prácticamente un único escenario, la casa y los alrededores de la costa en Farö, y las cuitas de estos cuatro seres humanos a la intemperie de sus sentimientos: el fatalismo del mal de Karin, el egoísmo reduccionista de David, la fragilidad desvalida de Minus, el amor sin esperanza, sin ambages, de Martin.

Bellísimamente fotografiada en blanco y negro por el maestro Sven Nykvist, el habitual operador de Bergman, con un brillante juego de luces y sombras que ayudan a situar los momentos anímicos de los personajes, Como en un espejo, vista casi sesenta años después, sigue siendo una película espléndida, bien trenzada, en la que palabra e imagen mantienen un equilibrio perfecto.

Harriet Andersson, que fuera colaboradora habitual de Bergman (además de su pareja durante algunos años), está estupenda en un personaje difícil, en el que es fácil pasarse de rosca, pero que ella hace con una contención notable; Max Von Sydow, como siempre, magistral, como Gunnar Björnstrand, ambos actores puramente bergmanianos; y el joven Lars Passgard, a pesar de su juventud (tenía solo 20 años cuando hizo esta película, en la que además debutó en la gran pantalla) consigue mantener el tipo ante tan grandes intérpretes.


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89'

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Como en un espejo - by , Sep 14, 2018
4 / 5 stars
Un Bergman fieramente humano