Película: Día tras día

Antonio del Amo es uno de esos casos en los que se puede decir sin temor a errar que la victoria del llamado bando nacional en la Guerra Civil Española supuso torcer la que podría haber sido una brillante carrera como cineasta. Del Amo, crítico de cine en su juventud, director de documentales para la república (con títulos como Mando único o Soldados campesinos), sufrió la persecución, la cárcel, el ostracismo tras vencer los franquistas en la contienda civil; a partir de ahí, por mera supervivencia, pero seguramente por algo tan humano como el miedo, Del Amo se dedicó a hacer cine como cualquiera de los cineastas que habían abrazado el franquismo por convicción, como el propio Rafael Gil, su amigo, que fue quien le dio la oportunidad de “redimirse” (por decirlo de alguna forma…) ante las autoridades del régimen de Franco. En esa línea debió hacer productos aceptables para la ideología dominante, aunque fuera traicionando (moderadamente…) sus principios.

De esta forma tuvo que hace vehículos a mayor gloria de la estrellita canora del momento, como El pescador de coplas, para enaltecer la voz de Antonio Molina, o la saga iniciada por El pequeño ruiseñor, en la que descubrió a la estrella infantil Joselito, que alcanzaría enorme popularidad tanto dentro como fuera de España. Pero también pudo colar, aprovechando los resquicios de un régimen en el que (digámoslo claramente) la inteligencia no era precisamente su fuerte, algunos films que dieron, con subterfugios, una imagen distinta de la España monocolor que el régimen intentaba fomentar con un cine teledirigido.

Así, Antonio del Amo haría películas que han sido justamente valoradas, como Sierra maldita, o esta Día tras día, que bebía evidentemente en las aguas del Neorrealismo que desde pocos años antes habían puesto de moda en Italia cineastas como Rossellini, De Sica o Visconti. Por supuesto que, para edulcorar el mensaje social que llevaba, Del Amo se vio obligado a plantear el film como una fábula moralista que narraba en primera persona un cura tan afable como presto al cachetazo parar “enderezar” a los que se torcían.

La acción se ambienta en Madrid, fundamentalmente en el Rastro y alrededores; entre tan curiosa fauna pululan algunos elementos a los que el cura del lugar presta especial atención, sobre todo a Anselmo, un pillastre que quedó cojo por un accidente algún tiempo atrás, lo que le está llevando a una deriva hacia la pequeña delincuencia, al no poder jugar al fútbol que es lo que más desea; otro de los personajes que requiere su mirada es Ernesto, un veinteañero que, como se dice en el siglo XXI, es un “nini”: ni estudia ni trabaja. Con muchos pájaros en la cabeza, muy contento de haberse conocido, encadena un empleo tras otro, de los que siempre es expulsado por su vagancia irredenta y su notable capacidad para resultar desagradable, cuando no insultante. Pero el cura maquina poner remedio a ambos desastres vitales…

Sin ser una gran película, al estar lastrada inevitablemente por la moralina democristiana (bueno, sin el “demo”…) inevitable en la época y en el cine del régimen, lo cierto es que Día tras día acertaba en su pintura de tipos que no se ajustaban a los cánones de oropel que el franquismo exaltaba: pendencieros, malencarados, con tendencia a la picaresca nihilista, prestos a la violencia verbal y física … Ese retrato social de gente extramuros del régimen es quizá lo mejor de esta fábula neorrealista, contada en primera persona por el cura, que se dirige a cámara como el actor-narrador de la tragedia griega clásica, aunque, desde luego, sin su altura. Los días arrancados del taco del almanaque, que salen volando como  las hojas de los árboles, actúan como metáfora de la vida que pasa, día tras día, aunque en la vida real no existan curas componedores y un punto milagrosos como el personaje de este film, que lo arreglan todo.

Queda entonces un film curioso, en absoluto deleznable, en el que es interesante detectar al Antonio del Amo izquierdista bajo el superficial baño de franquismo al que se tuvo que plegar.

Buen trabajo actoral, con un Mario Berriatúa que consigue con acierto resultar antipático, y un Manolo Zarzo que debutaba de esta forma en la gran pantalla con apenas 19 años, un segurísimo actor secundario que, sesenta y muchos años después, sigue jubilosamente en activo.
 


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Duración

90'

Año de producción

Día tras día - by , Feb 08, 2018
2 / 5 stars
Un nini en los años cincuenta