Película: Disobedience

Sebastián Lelio da el salto al cine internacional con esta Disobedience, coproducción anglo-irlando-norteamericana, primera de su carrera rodada en idioma inglés y fuera de su país, Chile. No será la última: cuando se escriben estas líneas ha terminado de rodar, en este caso en Estados Unidos, el “remake” americano de su película Gloria (2012). Sin embargo, no estoy seguro de que esa internacionalización le convenga demasiado. Si en la mentada Gloria, pero también en La mujer fantástica (2017), con la que consiguió el Oscar a la Mejor Película en Lengua No Inglesa, Lelio estaba en su salsa, contándonos historias que maneja bien y en las que se siente cómodo, en esta Disobedience, en lengua bárbara y con claves muy distintas de las de su Chile natal, lo encontramos inseguro,  sin conseguir dar con el tono adecuado a una historia que, por lo demás, se presentaba como muy estimulante.

Sobre la novela homónima original de la escritora inglesa Naomi Alderman, Lelio y su coguionista Rebecca Lenkiewicz (de la que recordamos su interesante libreto para la polaca Ida) nos narran la historia de Ronit, una mujer judía que vive en Nueva York, a donde marchó para escapar de la asfixiante atmósfera opresiva de su hábitat natal, el barrio judío de Londres, y de su familia, sobre todo de su padre, el estricto rabino de la ortodoxia hebraica, un “gigante de la Torá”, como le llaman, pero también una losa para un espíritu libre como el de su hija. Ronit vuelve a Londres cuando su padre muere de repente, y se encuentra con las reticencias de la comunidad a la que pertenecía, pero también revive el amor de adolescencia que mantuvo con su amiga Esti.

El problema de Disobedience es, quizá, que Lelio y su coguionista no han dado con el tono adecuado para este film que es a la vez drama sobre la rebeldía en una comunidad ultraortodoxa, historia de amores lésbicos, en la que Lelio se pasa tres pueblos, con una escena en la que las actrices están más que sobreactuadas, y relato de la necesidad de que, como decía el rabino difunto (antes de estar difunto, se entiende...) en su declamación inicial, el ser humano conviva con el privilegio pero también con la carga de la libertad de elegir, a diferencia de los ángeles, cuya naturaleza les impide hacer otra cosa que los designios de Hashem, el Yahveh de la Torá, y de los animales, regidos exclusivamente por sus instintos. Esa libertad de elegir que será, a la postre, el tema fundamental del film, está dado sin embargo de manera embarullada, en una serie de escenas que no terminan de encontrar el punto, el tono, la forma. Tampoco el ritmo impreso por Lelio es precisamente el adecuado, pecando de una morosidad, de una premiosidad que juega en contra del interés de lo que se nos cuenta, abocando al espectador al bostezo, al aburrimiento, a mirar la hora cada dos por tres.

Así las cosas, queda una película esforzada, bien rodada, sin subrayados (como sí los había, por ejemplo, en La mujer fantástica, aunque estaban plenamente justificados), pero conceptualmente renqueante, sin saber muy bien a cuál de las varias cartas a las que juega quedarse. Tal vez el microcosmos de la ortodoxa comunidad judía que sigue a pies juntillas las enseñanzas del Talmud y de las tradiciones de hace varios milenios, se le haya hecho insuperable a Lelio y no ha sabido lidiar con este tema tan complejo en el que ciertamente es difícil acertar; más aún si no perteneces, ni remotamente, a esa cerrada comunidad ni a su etnia.

Las dos Rachel, Weisz y McAdams, se entregan absolutamente a sus personajes, como ya estamos acostumbrados en estas por lo demás estupendas actrices; pero, como queda dicho, y probablemente por una errónea dirección de Lelio, están poco creíbles en la escena erótica, lo que daña irremisiblemente al film, cargándolo de falta de credibilidad, de artificiosidad, como si fuera una escena de otra película, como si fuera un intruso en una onda distinta, sin conexión con la historia que se nos narra. Por otro lado, Weisz ha estado tan implicada que incluso ha participado como coproductora. Del resto me quedo con Alessandro Nivola, actor norteamericano de evidente origen italiano, pero que también tiene ancestros judíos, por lo que su personaje de rabino “in pectore” no se puede decir que esté pillado por los pelos.


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114'

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Disobedience - by , May 26, 2018
1 / 5 stars
La libertad de elegir