Película: El sacrificio de un ciervo sagrado

Muerto el gran Theo Angelopoulos, Yorgos Lanthimos es el único cineasta griego de fama internacional cuando se escriben estas líneas, en la década de los años diez del siglo XXI. Saltó comedidamente a la fama en los años cero con su impactante Canino (2009), que planteaba un tema parecido al de El bosque (2004), de M. Night Shyamalan, pero con un desarrollo distinto. Ahí ya presentó como una de sus marcas de fábrica escenas de fuerte impacto, que llamaran la atención, como así fue. A este primer aldabonazo que nos hizo pensar que había un director interesante (aunque quizá por aquel entonces todavía demasiado dado a la provocación más o menos inane) le siguió Alps (2011), con un tema vidrioso, la existencia de un grupo de gente que se alquila (sic) a familias que han perdido a un ser querido para sustituirlos, para ser recipiendarios del cariño que los muertos ya no podrán recibir más. Curiosa pero irregular, de nuevo con tendencia al efectismo de cara a la galería, sin embargo volvió a confirmar que Lanthimos era un tipo al que había que tener muy en cuenta. Tanto, que su siguiente film, Langosta (2013), fue ya una coproducción entre varios países (entre ellos Francia, Reino Unido e Irlanda) y con un reparto de lo más internacional, con Colin Farrell, Rachel Weisz y Léa Seydoux, entre otros, en una historia distópica que, de nuevo, apostaba fundamentalmente por la provocación, aunque anunciaba una capacidad de estilo que, ciertamente, no había mostrado en sus anteriores films.

Cincinatti, en el Estado de Ohio (USA), en nuestros días: el Dr. Murphy es un reputado cirujano cardiólogo, casado con una también prestigiosa oftalmóloga, y con dos hijos, una adolescente alrededor de los 14 años y un chico en torno a los 8. Forman una familia idílica, de una felicidad que parece auténtica, no impostada. Sin embargo, el doctor mantiene contactos desde hace algún tiempo con un chico de 16 años, Martin, al que invita a desayunar, hace regalos y frecuenta su compañía; pronto nos enteramos de que el muchacho es hijo de un hombre que falleció en la mesa de operaciones del protagonista, que había bebido antes de la intervención. El doctor se siente de alguna forma obligado a compensar al chico, que se muestra extraordinariamente atento con su amigo maduro. Pero en un momento determinado, el hijo menor de la familia siente que sus piernas ya no le sostienen y deja de andar; entonces, Martin comunica al doctor que esa enfermedad no tiene nada de natural, y que no es sino el inicio de un proceso al que sólo el médico puede poner fin tomando una decisión insoportable.

Con El sacrificio de un ciervo sagrado se puede decir sin mentir que Lanthimos hace su mejor película; aunque no desdeña su atracción por golpear al espectador (ese comienzo del film, con un plano detalle de un corazón latiendo en vivo y en directo, en una operación a ídem abierto, en un regusto cuasi pornográfico por mostrar imágenes innecesariamente impactantes), pronto observamos que el director griego ha ganado en experiencia, en poso cultural, en dominio de la cámara, con elegantes, larguísimos travellings y un exquisito gusto  por el encuadre, y que su historia, de nuevo percutante, es ahora más plausible (a pesar de su imposibilidad física y cuasi metafísica), entroncando nada menos que con uno de los mitos por excelencia de la Grecia Antigua, el de Ifigenia, hija de Agamenón, rey de Micenas, cuyo sacrificio fue demandado a su padre por el augur Calcas para conseguir el favor de los dioses, enfadados con el monarca por haber cazado un ciervo sagrado. El mito, desarrollado también por autores posteriores en muy diversas facetas artísticas (Racine, Gluck, Goethe, entre otros), se plasma en la antigüedad helena fundamentalmente en dos tragedias de Eurípides, Ifigenia en Áulide e Ifigenia en Táuride, con historias cuyo desenlace varía, pero partiendo ambas del imperioso mandato de los dioses de sacrificar a la hija de Agamenón.

Estamos, entonces, ante una actualización libérrima del mito de Ifigenia: el protagonista, para salvar su familia, habrá de matar a uno de sus miembros, a su elección; si no lo hace, todos morirán, menos él. Además del mito de Eurípides, es evidente que aquí tenemos también una formulación muy libre de la ley del Talión, el ojo por ojo: la muerte de uno de los familiares del doctor Murphy vendrá a compensar el desequilibrio producido cuando la negligencia del médico hizo que el padre de Martin muriera en la mesa de operaciones.

Talión e Ifigenia en nuestros días: una historia que no busca el realismo, aunque lo sea de forma abrumadora, salvo por el excurso fundamental que se produce cuando el mero pronunciamiento del muchacho hará que su profecía, como la del augur Calcas, tome cuerpo, se haga realidad. Una historia entonces donde lo natural y lo sobrenatural se dan la mano con fluidez, donde cierto telurismo que tan bien conviene al tema hace acto de presencia, donde la ciencia, con toda su parafernalia tecnológica, con sus avanzados conocimientos, fuera incapaz de oponerse a la mera enunciación de un castigo inexorable en los labios de un arrapiezo que aún no usa cuchilla de afeitar. Cine duro envuelto en elegantes formas, una familia supuestamente ejemplar, expuesta poco a poco a presentar sus vergüenzas: el padre, alcohólico que no quiere reconocer que lo es; la madre, con cierta tendencia al devaneo extramatrimonial; los hijos, egoístas hasta la náusea, materialistas sin medida.

En ese contexto, el último tramo es de vértigo, con la familia abocada a un convulso final tras el que nada será igual. O sí. Film tremendo en su formulación, en su exposición, en su ejecución, tiene errores, pero se les perdonan por la forma en la que es capaz de atrapar al espectador en su terrorífica trama, un drama del que no hay forma de escapar, un diabólico “cul-de-sac”, un callejón sin salida. Por cierto que habrá que poner en valor también, además de a Lanthimos, a su coguinista  Efthymis Filippou, su habitual libretista desde los tiempos de Canino. Curiosamente, Lanthimos no ha dejado de lado sus raíces, sino que en esta nueva etapa tan cosmopolita se ha rodeado de sus colaboradores de siempre: además de Filippou en el guion, la fotografía la firma Thimios Bakatakis y el montaje es de Yorgos Mavropsaridis, ambos también habituales en el anterior cine del director griego.

En cuanto al reparto, Colin Farrell compone muy atinadamente a este zarandeado médico de idílica vida al que el destino, en forma de mito griego, le devuelve a la ley de la selva de la que el ser humano creyó alguna vez haber escapado. Nicole Kidman vuelve por sus fueros, afortunadamente recuperada para el buen cine, cuando últimamente parecía embrutecida en productos que no le hacían justicia o en papeles de relleno; el adolescente Barry Keoghan, al que ya vimos en Dunkerque, tiene un rostro abotargado que parece carente de emociones y que conviene perfectamente a su personaje, el siniestro augur que relatará las desgracias por venir y el inicuo, único modo de evitarlas.


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121'

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El sacrificio de un ciervo sagrado - by , Dec 03, 2017
3 / 5 stars
Ifigenia en Cincinatti