C I N E E N S A L A S
Paolo Sorrentino, a la chita callando, se ha convertido en uno de los pocos cineastas de prestigio del actual cine italiano. Difunta ya las generaciones del neorrealismo y del postneorrealismo, los directores itálicos de cierta talla que quedan en activo no son precisamente legión: tenemos a los septuagenarios u octogenarios Nani Moretti, Gianni Amelio y Marco Bellocchio, y también a gente más joven, como el irregular Luca Guadagnino, Alice Rohrwacher o Matteo Garrone, pero poco más. Así que Sorrentino podríamos decir que es el tuerto en el país de los ciegos; a ver, no es que su cine no tenga interés, porque en general lo tiene (Il divo, La gran belleza, La juventud…), salvo que se ponga estupendo y demasiado esnob (estamos pensando en Parthenope, por ejemplo), pero es verdad que, ni de lejos, le llega ni a la altura de los zapatos a algunos de los maestros a los que, evidentemente, admira y procura imitar, como hizo en La gran belleza con respecto al Fellini de La dolce vita.
Eso no quita, como decimos, para que sus películas sean apreciables, como ocurre con esta interesante, peculiar, como todo el cine de Sorrentino, La Grazia, estrenada en España así, con su título original, quizá porque queda más “cool” (o más “grazioso”, no queda claro…). La historia, ficticia, se ambienta en lugares del nivel del Palacio del Quirinal, sede de la presidencia de la República Italiana, donde conocemos a Mariano de Santis, jefe del estado al que le quedan seis meses para que termine su mandato. En ese tiempo, que en Italia es conocido como el “semestre bianco” (algo parecido a lo que los norteamericanos llaman “el pato cojo”), el último período en el poder en el que, se supone, uno se despide sin meter demasiado la pata ni entrar en controversias que puedan enturbiar su legado. Pero la hija del presidente, Dorotea, igualmente jurista de prestigio como su padre, está empeñada en que, antes de irse del cargo, firme una ley de eutanasia para que aquellas personas sometidas a un sufrimiento insoportable puedan, voluntariamente, acabar sus días con asistencia del estado. También hay otros dos temas vidriosos, sendas peticiones de indulto sobre los que De Santis debería decidir antes de irse del Quirinal. Pero, para exasperación de su hija, el padre no hace sino darle patadas hacia adelante a esos espinosos temas, mientras lidia con una obsesión que le persigue desde hace cuarenta años, cuando su esposa (fallecida unos años atrás) le fue infiel con alguien, que no sabe quién es…
La Grazia, como todo el cine de Sorrentino, tiene ganada la partida de la forma, del continente: la película es estilosa, exquisita, con una puesta en escena moderna, un montaje exacto, una filmación creativa e irreprochable. Su tema central tiene su interés, esa duda metafísica sobre qué hacer cuando se tiene una responsabilidad tal, la de poder decidir si alguien que quiere morir pueda hacerlo no ya clandestinamente, sino por las claras e incluso con la asistencia del estado para que pueda cumplir su deseo. Ese es el tema candente, y Sorrentino parece tomar partido (que no desvelaremos, claro, para no “espoilear”…), como veremos, a través del protagonista, que nos parece que aquí actúa como “alter ego” del director. Al margen de la decisión, aboga Sorrentino por conceptos de sumo interés, como la necesidad de dudar, de reflexionar, de darse tiempo para aquellas cuestiones realmente importantes, lejos de la celeridad de la vida moderna, en la que todo tiene que ser para ya. Esa quizá sea una de sus cualidades, la de apostar porque las decisiones de calado sean suficientemente pensadas, incluso aunque parezca para los demás que lo que se quiere es echar balones fuera o establecer huidas hacia adelante.
Hay también otros temas de quizá menor interés, como esa obsesión por la persona con la que su esposa le engañó cuatro décadas atrás, una obsesión que, digámoslo claramente, no parece casar demasiado bien con el carácter parsimonioso, humanista, acendradamente democristiano (de los de la vieja usanza) de este presidente que aparenta estar inspirado en el actual jefe de estado italiano, Sergio Mattarella; de hecho, Sorrentino tiene dicho que la película parte de un caso real, el de un indulto concedido por el presidente Mattarella a un hombre condenado por matar a su mujer enferma de Alzheimer, historia que aparece aquí también, aunque con otros ropajes (y quizá no el mismo resultado…).
La película sería, en buena medida, una alegórica radiografía de la sociedad italiana actual, con participación de todos sus estamentos, o al menos de los más relevantes, intentando con ello hacer una visión global del país en nuestros días: así, por su cargo, el presidente De Santis tendrá que relacionarse con políticos, militares, juristas, religiosos, gente del arte (incluido el rap…), asesinos convictos y confesos… toda una fauna de personajes, algunos de ellos tan estrafalarios como ese papa, que resulta ser negro, con voluminosas rastas en frondosa coleta, además de pendientes en las orejas, un papa que a buen seguro hubiera hecho las delicias del Fellini de aquella memorable película, Roma, en la que el de Rimini ponía a los prelados a desfilar por una pasarela como vistosos modelos con sus casullas y capelos. Este exabrupto parece buscar premeditadamente el alejamiento de la Italia contemporánea real, como también el hecho de que aparezca un primer ministro varón como jefe del ejecutivo, y no una primera ministra (que sería Meloni, obviamente), tal vez para evitar polémicas en cuanto a paralelismos o comparaciones.
Un atroz dilema moral, incluso más de uno, sería el eje y centro sobre el que pivota la historia; un atroz dilema moral que se resuelve sin aspavientos, sin grandes declaraciones ni alharacas, casi con sordina, como se marcha el presidente al final de su mandato. Un atroz dilema, el de firmar, o no, la ley de la eutanasia, un tema que, en el fondo, se corresponde, como dice la hija del presidente, con la respuesta a una sola pregunta: ¿De quién son nuestros días?
La gracia del título sería entonces, en palabras del protagonista, algo así como la belleza de la duda, en el fondo un elogio de la duda en contra del totalitarismo de la certeza, esa creencia absoluta en las propias convicciones que con tanta frecuencia ha generado barbaridades sin cuento.
Eso sí, siendo una película muy visual, a veces coge carrerilla con los diálogos, que de todas formas nunca son inanes, sino con contenido, aunque en ocasiones Sorrentino, como guionista, incurre en el tópico de la torpe adulación: “es usted muy inteligente”, “tiene usted una gran sensibilidad” (por favor…).
Por supuesto, la película es en buena medida Toni Servillo, actor fetiche de Sorrentino, para el que ha actuado ya en siete films, en una colaboración ciertamente feraz. Servillo hace un presidente cauto, recto, reposado y reflexivo, aunque también intermitentemente presente fogonazos de (un tanto inexplicable, la verdad…) rabiosa ira cuando recuerda aquella infidelidad de su esposa que tuvo lugar (literalmente…) en el siglo pasado…
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