C I N E E N S A L A S
El cine sobre abusos de menores, y más si son dentro del núcleo familiar, es terrible, porque nos pone, como sociedad, ante el espejo de hasta qué punto no somos capaces de proteger a nuestros niños, y también porque nos interpela como comunidad en la que hay personas capaces de perpetrar ese tipo de canallada con aquellos que no solo no pueden defenderse a sí mismos, sino que precisamente esos felones tenían la obligación de defenderlos.
Es un tipo de cine duro, muy duro, porque afecta personal, íntimamente al espectador, que inevitablemente se pone en la piel de esa familia y de cómo reaccionaría en su caso. Sobre este lacerante asunto los directores belgas Charlotte Devillers y Arnaud Dufeys, ambos neófitos, o casi (para ella, Charlotte, es su primer film como directora; Arnaud, por su parte, solo había rodado hasta ahora algunos cortos), han realizado este llamativo film de magra duración (no llega a los 80 minutos, en una época, la nuestra, en la que una peli que se repute importante no puede bajar de las dos horas, como si una mayor duración fuera muestra de mayor talento…), con mimbres mínimos: 350.000 euros de presupuesto (con esto en España casi no se hace ni un cortometraje), solo 13 días de rodaje, un único escenario, aparentemente una sala de vistas judiciales, y una macrosecuencia, la que ocupa la inmensa mayoría del metraje, con una duración de unos 50 minutos, rodada del tirón en la citada sala, aunque con varias cámaras, lo que evita un tan larguísimo plano secuencia, que de todas formas se da con frecuencia, en primeros planos de los personajes principales.
La historia se ambienta en una innominada ciudad belga (probablemente Bruselas), donde conocemos a Alice, que va con sus hijos menores, Lila, una adolescente de 17 años, y Étienne, un niño de 10; los tres van a un acto judicial en el que declararán para intentar evitar que el padre de los niños y exesposo de Alice, de apellido Goosens, consiga un régimen de contactos con los dos hijos de la pareja. Alice tiene denunciado a su ex por presunto abuso sexual sobre Étienne, lo que ha deducido de lo que le ha dicho el niño. Ese procedimiento penal va por su lado, pero aquí lo que se dilucida ante la jueza es si el padre puede, o no, tener acceso a sus hijos, a pesar de que ambos no quieren ni por asomo ese contacto…
Los directores, Devillers y Dufeys, aciertan con el tono: buscan que el espectador se sienta concernido por la historia, y lo hacen con un estilo nervioso, auscultando con frecuencia los rostros, sobre todo el de la madre, sobre la que gira toda la historia, una mujer con tendencia a las explosiones emocionales, precisamente por la situación de intenso estrés al que está sometida ante la posibilidad de que, especialmente su hijo menor, pueda volver, de nuevo, a tener contacto con su ex y padre del niño, en un enfrentamiento judicial en el que se lo juega todo.
Pero la directora y el director, con buen criterio, huyen de la historia maniquea, y el padre y exmarido no está pintado como el típico villano, sino que parece un hombre normal. No se posicionan, entonces, los guionistas y directores, aunque en la historia que vamos conociendo, a través de las declaraciones que vamos escuchando de los letrados (de la defensa y la acusación, pero también el llamado “letrado de los menores”) y de los testimonios de los implicados (los excónyuges), subyace la impresión de que las acusaciones contra el hombre tienen toda la pinta de ser ciertas y, por tanto, permitir un régimen de contacto de los menores con él sería como poner a Drácula a cuidar de un banco de sangre…
Ese tono no maniqueo, aunque con un sutil sesgo a favor de la posición de la madre, que se desprende de lo que estamos viendo y oyendo, pero sin cargar las tintas con buenos y malos, es una de las virtudes de esta pequeña película que, ciertamente, termina siendo grande por la forma en la que está contada, con nervio, filmándola con una cámara al hombro que en especial sigue casi obsesivamente a la madre, buscando con ello hacer entender mejor al espectador la situación de extrema convulsión en la que se encuentra la mujer, abocada sin remisión a tener que defender, en el corto espacio de apenas una hora, lo que para ella es obvio, pero que para la justicia es un caso más a estudiar y dilucidar; en este sentido, hay una crítica nada soterrada a la falta de empatía de las instituciones, esas que caen en errores de bulto como permitir que víctima y victimario (este último el que hace que la víctima lo sea…) estén juntos en la misma sala de espera, a pesar de haberse pedido expresamente por la madre que se impida tal circunstancia, o, con menos seso que un mosquito, siente juntos a los excónyuges en la sala de vistas, como si en vez de dirimir un caso de abuso fueran a casarlos otra vez…
La historia, aunque ficticia, está inspirada en la experiencia de Devillers, enfermera de formación y con conocimiento de casos similares al haber ejercido su profesión precisamente con menores afectados por abusos sexuales en el seno de la familia. De esa experiencia Devillers y Dufeys extraen esta historia que sabe a real, sobre todo por la forma en la que está expuesta, en un film que saca petróleo de sus propias limitaciones presupuestarias, filmando a sus actores y actrices con primeros planos o planos medios, auscultando permanentemente sus rostros: el de la madre en constante sufrimiento; el del padre, una esfinge; el de los letrados y la juez, neutralmente profesionales, aunque se advierten en ellos algunos signos, casi imperceptibles, de hasta qué punto lo que están escuchando les está haciendo mella. Todos ellos en una historia bajo presión, en la que los hechos se van conociendo a través de las intervenciones orales de las partes ante la magistrada, a través de las que el espectador se va haciendo una idea cabal de lo ocurrido, en un film que, a pesar de lo árido de la situación (unos pocos personajes, prácticamente un único e insípido escenario) nunca cansa ni aburre, porque lo que se nos cuenta nos tiene permanentemente en vilo, una historia bajo presión que parece va a saltar en cualquier momento, una historia en la que el espectador, por supuesto, tomará partido enseguida, pero donde, afortunadamente, no se le pastorea indecentemente como ocurre en otras cintas de temática similar.
Con una intensidad ciertamente agobiante (lo que es un mérito, no un reproche…), Yo te creo se ha convertido en un pequeño acontecimiento allá donde se ha proyectado; con sus escasos medios económicos ha conseguido nada menos que 6 premios Magritte (los Goyas belgas), así como 3 galardones en el Festival de Sevilla, y también laureles en certámenes como la Berlinale y Kiev.
Gran trabajo interpretativo de todos, actores y actrices: por supuesto de la protagonista absoluta, Myriem Akheddiou, una madre coraje con la que el espectador podrá sentirse identificado en su nerviosismo, en su volatilidad anímica, pero también en su voluntad inquebrantable ante un acto judicial que será determinante en el futuro de su hijo y de su familia, en un personaje bombón pero también en el que podría haber incurrido en excesos que afortunadamente no se producen, resultando realista y veraz. También interesante la composición de Laurent Capelluto, el exmarido y padre, que confiere a su personaje, desde un estudiado hieratismo, la necesaria seriedad, la aparente honestidad de un rol que huye de la villanía absoluta, aunque el espectador avisado lo “cale” pronto.
78'