Hayao Miyazaki (Tokio, 1941) es, como sabe el buen aficionado al cine en general, y no digamos al anime en particular, la gran referencia del cine de dibujos animados en Japón y uno de los grandes nombres a nivel mundial. Buena parte de esa fama la consiguió, además de por sus generalmente muy interesantes películas, por haber sido uno de los creadores (y seguramente el más determinante) del famoso Studio Ghibli, sello japonés que elevó el anime a otro nivel, confiriéndole una sugestiva mezcla de aventura, fantasía y densidad dramática, consiguiendo la rara proeza de que sus películas interesen no solo a los niños y adolescentes, sino (y sobre todo…) también a los adultos.
Pero antes de que Miyazaki, junto al también director Isao Takahata y el productor Toshio Suzuki, crearan Studio Ghibli en 1985, todos ellos ya llevaban años trabajando en la industria del anime. Miyazaki, en concreto, había comenzado como humilde animador de películas en los primeros años sesenta, para, ya a principios de los setenta, dar el salto a la dirección de esos audiovisuales en los que hasta entonces solo contribuía a su animación. Pronto fue evidente que tenía un talento especial para combinar aventura juvenil y cierto tono adulto, en series como Lupin III y Conan, el niño del futuro, lo que haría que se le concediera la oportunidad de realizar este su primer largo, El castillo de Cagliostro, con guion del propio Miyazaki, a partir de la novela gráfica de Monkey Punch, a su vez inspirado en los personajes creados en las novelas de Maurice Leblanc, que buscaba una especie de Sherlock Holmes a la francesa.
La historia comienza con Lupin, el famoso ladrón de guante blanco, acompañando de un colega, robando ambos un casino y huyendo en un Fiat 600, si bien al final se dan cuenta de que el dinero es falso… En estas están cuando ven que una chica es perseguida en coche, así que ellos también marchan tras los perseguidores; al final consiguen salvar a la bella, pero la cosa no queda ahí, porque la chica, vestida de novia, corre de nuevo perseguida por un barco, que la captura. Antes de que la atrapen, Lupin encuentra en el pañuelo de ella un anillo con el símbolo de una cabra, el símbolo de la casa de Cagliostro, así que el ladrón deduce que la chica puede estar en ese castillo, así que hacia allá se dirigen…
Como parece lógico, aunque el dibujo de este El castillo de Cagliostro recuerda mucho al que posteriormente desarrollaron en Studio Ghibli tanto Miyazaki como Takahata, y otros cineastas de la casa, aquí todavía carece de su estilización, es como más rupestre, más tosco, a veces incluso un poco acartonado. Inspirado, como queda dicho, en un clásico del anime (Lupin III, que así se llamaba la versión japonesa, con cuya serie ya comentamos que debutó Miyazaki en la realización), parece evidente que estamos ante lo que podríamos denominar el período pre-Ghibli, el período en el que se estaba “cociendo” el estilo que después haría famoso al estudio y a sus creadores, un tipo de dibujo más infantil que el que años después impuso como canon el estudio, un dibujo el de esta peli en el que incluso los fondos resultaban bastante más cutres de los que más tarde estandarizaría Ghibli.
Ciertamente la película es entretenida, con muchas más escenas de acción de las que después tendrían normalmente las pelis de Ghibli, en un producto bastante ingenuo que era evidente estaba claramente dirigido al público infantil, el que en aquellos años disfrutaba con series como las míticas Heidi o Marco. De hecho, el movimiento no está todavía demasiado conseguido, advirtiéndose que aún faltaba bastante para conseguirse los estándares de calidad del entonces aún nonato Studio Ghibli; también faltan aquí dos de las características esenciales de las obras del que posteriormente sería mítico estudio, el acentuado tono ecologista y animalista que identificó desde el principio las pelis del estudio, y también el protagonismo de fuertes personajes femeninos, siendo aquí el rol de la chica coprotagonista muy frágil y tradicional.
Tiene, eso sí, un buen ritmo narrativo, siguiéndose con agrado la peripecia argumental, bastante fantasiosa, una peripecia en la que, aunque en clave de comedia, se le confiere a su héroe un cierto tono de comedia, siendo capaz de escalar paredes y saltar decenas de metros, constituyendo con ello un protagonista entre lo cómico y lo heroico.
La historia, por cierto, recuerda en buena medida la de un cuento de hadas clásico, con su princesa, su castillo, su príncipe azul (aunque sea un ladrón, aunque, eso sí, de cuello blanco…), su villano que quiere desposar a la bella en contra de la voluntad de ésta, su liberación de la princesa por parte del príncipe, etcétera.
Hay algunas escenas muy llamativas, como la que tiene lugar ya al final de la película, en la que Lupin y el conde de Cagliostro se enfrentan a espada entre los engranajes del gigantesco reloj del castillo, en una escena de acción muy original. También es cierto que algún personaje, quizá inevitablemente, recuerda a los de la entonces mítica serie Heidi, como el amigo mayor de la princesa, que recuerda poderosamente al abuelito de la prota de aquella famosa serie.
En resumen, un interesante aunque algo alicorto ensayo de lo que pocos años después, a raíz del gran éxito de Nausicaä del Valle del Viento, sería Studio Ghibli, probablemente la más interesante de las referencias del anime japonés de todos los tiempos.
(30/03/2026)
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