Enrique Colmena

31/03/2026

Continuamos en esta segunda parte del díptico con la glosa que estamos haciendo sobre algunas de las películas que han tratado, de una forma u otra, el golpe de estado (y sus consecuencias) dado por el ejército argentino contra la legalidad constitucional en su propio país, el 24 de marzo de 1976, de lo que ahora se cumple medio siglo.

El documental también ha participado en la revisión e información sobre lo ocurrido a partir de aquella aciaga fecha, y lo hizo de forma prácticamente coincidente con el advenimiento de la democracia, en dos films que supusieron toda una lección de Historia: en la primera parte, titulada La República perdida (1983), el montador Miguel Pérez debutó en la dirección cinematográfica con una película ciertamente magistral, un documento que nos contaba la historia de su país entre 1930 y 1976, un tiempo en el que se alternaron los gobiernos democráticos con los militares surgidos de golpes de estado, un tiempo también en el que Argentina pasó de ser el país más próspero de toda Latinoamérica a un país con graves problemas económicos, y donde se fueron poniendo las bases para la tragedia del golpe de estado de 1976. En la segunda parte, titulada La República perdida II (1986), se nos contaba lo ocurrido en el país desde que los milicos encabezados por Videla tomaron el poder por la fuerza y ejercieron una represión arbitraria e intolerable contra sus propios conciudadanos.

Esa tortura sistemática la veremos plasmada, ya con los ropajes de la ficción (pero inspirada en hechos reales) en la película Garaje Olimpo (1999), con dirección del chileno Marco Bechis, en la que se nos relatan algunos de los casos documentados de torturas, violaciones y asesinatos que tuvieron lugar en ese lugar, uno de los centros de detención en los que se ejecutó ese tipo de terrorismo de estado, como lo fuera sobre todo la tristemente famosa ESMA, la Escuela Superior de la Marina, donde se practicaron por orden del gobierno militar muchos de los crímenes de lesa humanidad que años más tarde recogería Ernesto Sábato en su famoso informe Nunca más.


La dictadura argentina vista desde el siglo XXI

Con la perspectiva que da el tiempo, casi dos décadas después, el cine ha ido ofreciéndonos historias incardinadas en aquella época ominosa, en aquel septenio en el que aquellos a los que el país había entregado armas para la defensa del estado las volvieron contra su propia gente. Nos encontraremos entonces con historias como la que cuenta Kamchatka (2002), dirigida por el veterano Marcelo Piñeyro, una visión desde los ojos de un niño, miembro de una familia que, cuando se produce el golpe militar, tendrá que huir para salvar la vida, convirtiendo la vida del clan, y la del crío, en un continuo sinvivir, siempre escondiéndose, siempre escapando de un lugar a otro. 

Es curioso que en el plazo de solo unos pocos años el cine (en ambos caso “off-Argentina”) planteara sendos acercamientos al tema de la represión de la dictadura con irisaciones claramente fantásticas, incluso terroríficas: una de esas dos pelis fue Imagining Argentina (2003), producción británica dirigida por Christopher Hampton, en el que un director teatral (nuestro Antonio Banderas) tiene el raro poder de averiguar dónde están los desaparecidos simplemente por la imposición de manos, en una mezcla de denuncia y realismo mágico más bien indigesta; bastante mejor fue la segunda de esas películas, titulada Aparecidos (2007), humilde producto hispano-argentino dirigido por nuestro paisano Paco Cabezas, en la que esa mezcla estaba mucho mejor articulada, en un producto sugestivo con algunas ideas creativas ciertamente subyugantes. 

La mirada hacia los que vejaron, torturaron y masacraron la encontraremos en Capitán Kóblic (2016), de Sebastián Borensztein, en la que la historia se centra precisamente en uno de los pilotos de los llamados “vuelos de la muerte”, en la que los militares arrojaban desde aviones a los secuestrados, previamente drogados, sobre el Río de la Plata, para que desaparecieran de la faz de la Tierra. Uno de esos pilotos, aguijoneada su conciencia por lo que está contribuyendo a hacer, huye, pero en el lugar a donde escapa se encontrará con otra realidad no precisamente amable. 

Con frecuencia aquellos sórdidos años son vistos como paisaje en el que se desarrolla una historia, como ocurre en Rojo (2018), de Benjamín Naishtat, aunque este film realmente se ambienta poco antes del golpe de estado, cuando la gente ya barrunta que algo malo se avecina, cuando ya hay una sensación generalizada de que puede producirse un golpe de estado de un momento a otro. En ese contexto, y en una zona rural, veremos una historia con un muy potente comienzo que sin embargo después se desinfla, en una película que parece querer abundar sobre la indiferencia culposa con la que la gente de a pie contempló la inexorabilidad del golpe militar. 

Ese mismo escenario de fondo de la dictadura estará en Azor (2021), dirigida por el suizo Andreas Fontana (pero buen conocedor del país argentino, donde vivió varios años), sobre un estamento poco visto como protagonista en este tipo de cine, las altas esferas, las compañías financieras, los plutócratas, y cómo todos ellos se enriquecieron a costa del patrimonio de los desaparecidos, fueran estos gente pobre, como era lo más normal, o incluso de los hijos descarriados de “gente de bien”, cuando éstos sacaban las patas por alto, como se dice en mi tierra, y se rebelaban contra la abyección de la represión dictatorial. 

Todos aquellos desmanes fueron enjuiciados en la propia Argentina poco después de terminar la dictadura, con el fiscal Julio César Strassera acusando en nombre del gobierno a los altos mandos del régimen militar, lo que Santiago Mitre llevó a la pantalla en Argentina, 1985 (2022), donde Ricardo Darín da vida a ese servidor público, un personaje real que, literalmente, se jugó la vida para llevar adelante aquel proceso que fue lo más parecido a un campo de minas, por no decir a unas arenas movedizas, con grave riesgo para su integridad física, pero también la de sus seres queridos, en un percutante film, que tuvo gran éxito donde quiera que se exhibió, consiguiendo incluso premios como el Globo de Oro, el Goya y un galardón en el prestigioso festival de Venecia.  

El último film que vamos a comentar en esta glosa de algunos de los títulos que han tocado, de muy diversa forma, la dictadura argentina de 1976-83, es una producción española, Dispararon al pianista (2023), hecha con animación tradicional, la conocida como 2D, y encima dirigida por un cineasta que no es perito en el “cartoon”, Fernando Trueba, aunque es cierto que años atrás hizo, también junto a Javier Mariscal, que aquí codirige con él, otro film de dibujos animados, la muy carnal Chico & Rita. En Dispararon…, aparte de homenajear en el título a la famosa peli de Truffaut (Tirad sobre el pianista, por supuesto), se nos cuenta la verídica historia de un pianista brasileño, Tenório Jr., que tocaba con gente como Vinicius de Moraes o Caetano Veloso, entre otros grandes de la “bossa nova”, y que tuvo la mala suerte de, estando en la Argentina de la dictadura para una actuación, ir a comprar cigarrillos a las dos de la mañana, lo que, para el siniestro sicario de turno, debió ser un gravísimo delito de terrorismo, porque lo secuestraron y hasta hoy… 

El cine, entonces, como siempre, sirve de notario de barbaridades como éstas, pero también crea ficciones a partir de esos escenarios de horror, siempre bajo la premisa de denunciar actitudes criminales, más aún si éstas parten de las estructuras del estado que deberían ser de todos, no de unos pocos, pero también buscando hacer films que trasciendan el mero (y, por supuesto, tan legítimo…) deseo de entretenimiento. 

Ilustración: Ricardo Darín y Peter Lanzani, en una escena de Argentina, 1985 (2022), de Santiago Mitre.