CINE EN SALAS
David Trueba (Madrid, 1969) es un guionista, columnista, novelista y director de cine, que en esta última faceta viene desempeñándose desde los primeros años noventa del pasado siglo; no es un autor muy prolífico, porque desde que se puso tras una cámara, hace ahora 32 años, solo ha filmado 11 largos de ficción, además de algunos cortos, series y programas televisivos. Es un intelectual que goza de predicamento en España, y a lo largo de su carrera ha hecho algunas buenas películas, como La buena vida (1996), Soldados de Salamina (2003), sobre la novela homónima del entonces poco conocido Javier Cercas; Vivir es fácil con los ojos cerrados (2013), quizá su mayor éxito, que consiguió 6 Goyas, entre otros el de Mejor Película; y Saben aquell (2023), sentido biopic sobre el humorista Eugenio. Pero también ha hecho films manifiestamente olvidables, de los que quizá no se acuerde ni él…
Con Siempre es invierno nos parece que se queda entre esas dos grandes características de su cine, buenos films y pelis para olvidar. Porque Siempre es invierno (adaptación que el propio David ha hecho de su novela Blitz) nos parece que, efectivamente, como se suele decir, ni da frío ni calor. La historia se ambienta en nuestro tiempo, en Bélgica (no se cita la ciudad, pero está rodada en Lieja), donde vemos que han llegado Miguel, arquitecto aragonés, de Calanda (como Buñuel, los melocotones y los tambores de ídem), y Marta, actriz. Ambos viven juntos en Madrid, como pareja estable, y han ido a Bélgica para que Miguel participe en un concurso de ideas para diseñar un parque. Los recibe Olga, una francesa ya sexagenaria, de parte de la organización del evento, y que les ayudará en su estancia en la ciudad belga. Pero cuando la pareja está comiendo algo en un kebab, Marta le envía por error un Whatsapp a Miguel, dirigido realmente a su nuevo amante, un cantautor uruguayo, y entonces ya será evidente que (como rumiaban desde meses antes) la pareja saltará por los aires. Así las cosas, el concurso y todo lo que le rodea deja de tener sentido para el arquitecto…
A ver, Siempre es invierno, como decimos, es una película agradable, que se deja ver sin problemas: es un drama civilizado, culto, intelectual, en el que se cita a Schubert y a Brassens como si tal cosa, en el que una ruptura de pareja no es ningún dramón, aunque el aquí abandonado se quede, literalmente, perdido (como le dice un personaje en una escena al prota), hasta el punto de que, como el protagonista de la película Muy lejos (aunque por razones muy distintas), también Miguel se quedará en la ciudad europea a la que ha viajado, en vez de volver a España, y allí intentará aclararse: sin pareja, sin futuro (es socio de un gabinete de arquitectura con menos trabajo que tenía el ginecólogo de Fabiola…), el calor que le da la sexagenaria Olga cuando se lo encuentra desvalido y aterido en un banco del parque hace que ambos, náufragos existenciales cada uno a su manera, pasen una noche de sexo, aunque los dos sepan que aquello no va a ningún lado. Esta historia, la esencial, y que se desarrolla durante el mes de Enero (los meses del año van apareciendo en pantalla con letras gigantescas, para que no haya dudas…), ocupa la mayor parte del metraje; a partir de ahí, casi en pildoritas, veremos algunas cosas más que le suceden a este sinsorgo, a lo largo del resto de meses de ese año, en una sucesión de hechos que, si en el período de Enero resultaba más bien insulso, aquí ya parecen flashes, hasta acabar como era de prever, pero no desvelaremos. No es un “happy end”, pero se le parece, o al menos todo lo final feliz que David Trueba se puede permitir, que no es mucho, porque ya sabemos que tiende a la melancolía.
Queremos decir que Siempre es invierno es un film que no insulta la inteligencia, pero tampoco se aclara demasiado sobre qué quiere contarnos, más allá de que el prota se encuentre perdido en el amor, en el trabajo y, en general, en la vida. Pero con eso, David, ¿qué nos has querido decir, si es que nos ha querido decir algo?
La película está bien filmada, como es habitual en Trueba, que es un cineasta seguro y fiable, aunque aquí, sobre materia argumental propia, la verdad es que el problema radica en que no hay gran cosa que contarnos, y lo que se nos cuenta tampoco es que sea como para tirar cohetes. Se agradece, sí, el tono tranquilo y sereno, en el que lo más violento que hay es que el prota, en un arranque de ¿agresividad?, empuje a un arquitecto al que le tiene manía y éste se caiga del escenario en el que ambos participan en un debate (bueno, no se hace ni un moratón…); ah, y una bicicleta que en Lieja está a punto de atropellar a la pareja (y después nos quejamos de los ciclistas en el carril bici en Sevilla…).
Pero esa falta de agresividad, que se agradece en un film que, por supuesto, va de relaciones humanas, nos parece que contamina a la película y le transmite una languidez que, en nuestra opinión, no era lo que buscaba Trueba, en un largometraje que, a ratos, parece casi homenajear a Woody Allen, con una historia que muy bien podría haber escrito, dirigido e interpretado el propio cineasta neoyorquino, porque el Miguel protagonista de este Siempre es invierno tiene algo, incluso a ratos mucho, del personaje arquetípico (con diversos nombres y oficios, pero siempre en el fondo el mismo) creado por el director de Manhattan en sus películas. No en vano el propio David Trueba, recientemente, entrevistó a Allen para el documental de Movistar+ Un día en Nueva York con Woody Allen, en el que el cineasta madrileño demostró su conocimiento y admiración hacia el genio de la ciudad de los rascacielos.
Buen trabajo del doble ganador de un Goya, David Verdaguer, en un personaje que, ya lo decimos, tiene bastante del personaje creado por Woody Allen; Amaia Salamanca cumple, porque tampoco se le pedía mucho más. Mención especial para la eximia y veterana Isabelle Renauld, que aprendió interpretación de un grande como Patrice Chéreau, y ha trabajado a las órdenes de gente como Doillon, Angelopoulos y Mijalkov.
(19/11/2025)
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