Película: La muerte de Stalin

Armando Iannucci, pese a semejante nombre, no es italiano (aunque tenga ancestros del país de la bota, obviamente) sino escocés. Es un guionista y director forjado en la exigente escuela de los dramáticos (en este caso más bien comedias...) de la BBC. En cine tiene una obra relativamente corta pero jugosa, en la que destaca la sátira In the loop (2009), sobre los entresijos, en clave cómica, de las administraciones británica y norteamericana en los tiempos en los que ambas preparaban en secreto la Guerra de Irak.

El humor de Iannucci, lo diremos pronto, no es flemático: su tono se aproxima mucho más al de un Alexander Mackendrick (citar la estupenda El quinteto de la muerte no es ocioso) que al de la elegante alta comedia de un Oscar Wilde. Aunque con una base histórica, lo cierto es que La muerte de Stalin se basa en la novela gráfica francesa La morte de Staline, original de Fabien Nury y Thierry Robin. Por supuesto, el tono no pretende rigor histórico, sino aproximarse con la lente de la parodia, por no decir el esperpento, a aquellos tiempos convulsos en los que el criterio de Stalin era ley, cuando cualquiera podía ser enviado a un campo de concentración, torturado o asesinado (aunque le llamaran a eso “ejecución”, es evidente que era asesinato) por el mero deseo del dictador.

En ese contexto histórico, La muerte de Stalin nos narra, en clave de comedia grotesca y negrísima, el día del fallecimiento del llamado “padrecito” (aunque más bien podrían haberle llamado “cabroncito”, o su superlativo, que hubiera sido más ajustado a la realidad), que aconteció, según parece, por un derrame cerebral provocado por sus problemas de hipertensión. A partir de ese momento, su camarilla más cercana (Kruschev, Beria, Malenkov, Molotov...) conspirará para hacerse con el poder, para lo que no pararán en barras, sirviendo cualquier cosa para derrotar al contrario, que a esas alturas ya era enemigo irreconciliable, aunque formalmente se mantuviera el trato de camarada y la supuesta consideración de amigo.

La muerte de Stalin es un film brillante, con notable ritmo, una desaforada sátira de un régimen, el estalinista de los años cincuenta, que había llegado al máximo grado de degradación posible, con el culto a la personalidad absoluta hacia el “padrecito”, que se sustentaba en el terror que infundía en toda la sociedad de la época, desde el grupo de burócratas que componía el Politburó o camarilla del dictador, hasta el último habitante de la más remota república soviética. Por supuesto que el que busque rigor histórico puede pillar un rebote, pero el film no juega en esa liga, sino en la de hacernos reír, más bien sonreír, ante la cobardía, la hipocresía, las maniobras rastreras del equipo de Stalin antes y después de su muerte: antes, para no incurrir en la ira del dictador, lo que supondría su inmediata ejecución y la de los suyos; después, para intentar hacerse con el poder omnímodo que férreamente mantiene siempre toda dictadura (y la comunista soviética duró más de setenta años...).

Con diálogos inteligentes y situaciones jocosas que, sin embargo, dejan un regusto amargo (las ejecuciones, individuales o en masa, están dadas con una trivialidad que conviene al valor que aquel régimen abyecto daba a la vida humana: ninguno), el film gana, y de qué manera, con la afortunada intervención de un puñado de notables intérpretes, casi todos británicos, con la incursión de algún yanqui. Entre los primeros, me quedo con el espléndido personaje (Beria, nada menos, el terrorífico jefe del NKVD, el servicio secreto antecesor del KGB) que compone Simon Russell Beale, un eximio actor inglés (aunque nacido en Malasia por aquello del destino profesional de su padre) que, sin embargo, no se prodiga mucho en cine, dedicándose mayormente al teatro: verle en la película es entonces un regalo que nos hace, un Beria melifluo que combina la mala leche con un aparente “buenrollismo”. De los norteamericanos me quedo con un Steve Buscemi notablemente cambiado para el papel, que interpreta a Nikita Kruschev, quien finalmente se llevaría el gato al agua en esta crisis (no es “spoiler”, está en los libros de Historia, y su ascensión –y caída— dentro de la URSS es más que conocida), un personaje también con muchas capas y pliegues. Y, por supuesto, el generalote hipermasculinizado que hace Jason Isaacs, tronchante si no fuera porque ejemplifica un arquetipo temible, y tan real.

Obra que hace del humor grotesco su “piéce de rèsistence”, La muerte de Stalin sirve, además de para echarnos unas risas agridulces, para recordarnos el peligro de depositar todo el poder en una única persona, o en un número muy limitado de ellas; en esos casos la arbitrariedad y la veleidad entran por la puerta mientras el sentido común, la decencia, la compasión y la honestidad salen por la ventana.


La muerte de Stalin - by , Mar 17, 2018
3 / 5 stars
Con la lente de la parodia