Película: Molly’s game

Aaron Sorkin es un dramaturgo y guionista de cine y televisión que goza de bien ganado prestigio. En cine ha escrito los libretos de films tan conocidos como Algunos hombres buenos (1992), precisamente sobre una obra teatral propia, La guerra de Charlie Wilson (2007), La red social (2010) y Steve Jobs (2015), entre otros; en televisión la serie más famosa que ha guionizado quizá sea El ala oeste de la Casa Blanca. Quiere decirse que Sorkin es un hombre avezado en cine, pero quizá tenga un problema: como profesional que procede del teatro, da preeminencia a la palabra sobre la imagen, y eso en cine, aunque no necesariamente, puede ser mortal. Porque el problema de los que idolatran la palabra y de alguna forma desprecian la imagen es que pueden dar tanta cancha a la primera en detrimento de la segunda que aquella termine comiéndose la película. Eso, me temo, es lo que ha pasado en buena parte de este por lo demás profesionalmente irreprochable film.

Molly Bloom (sí, como el personaje del Ulises de Joyce…) es una aventajada esquiadora (aunque sus hermanos resulta que son aún mejores en sus respectivas disciplinas). Su familia es de clase media-alta; su padre es un reputado psiquiatra, siendo como progenitor mucho más que rígido. La joven Molly, en las Olimpiadas, tropieza en una rama en su carrera más importante, la que debería llevarla al podio. La posibilidad de ese accidente era de una entre un millón, pero pasó. A partir de ahí, su vida cambia radicalmente cuando conoce a alguien que la introduce en el mundo de la organización de partidas de póker. Pronto se hace imprescindible en noches maratonianas en las que cientos de miles de dólares cambian de bolsillo; pero ese mundo la hará también vulnerable a gente con muy pocos escrúpulos…

El problema de Molly’s game, a mi juicio, es la mentada primacía de la palabra sobre la imagen en gran parte de su metraje. Sobre todo en la zona central, cuando la protagonista está inmersa en sus follones judiciales, los personajes hablan al ritmo de una metralleta; además no es palabrería banal, sino enjundiosa, pero a tal velocidad que termina siendo verborrea cuando no cháchara. Así las cosas, menos mal que un inicio con un montaje brillantísimo y un final donde, además de remansar tanta palabra, hace aparición esa cosa tan rara llamada ética, consiguen equilibrar un film al que sobran diálogos y “speeches”, como el que el abogado de la protagonista larga ostentosamente en la vista oficiosa con el fiscal, palabras bonitas, pero tan huecas.

Por supuesto, la película formalmente es de imposible recusación: exquisita en la puesta en escena (Sorkin a ratos parece Scorsese, que son palabras mayores), magnífica en el montaje, espléndida la fotografía de la danesa Charlotte Bruus Christensen (por cierto, en una disciplina en la que las mujeres escasean), deliciosa la música  de Daniel Pemberton. En cuanto a la interpretación, Jessica Chastain confirma que, como habíamos pronosticado hace ya algunos años, es la más firme candidata a heredar el trono de Meryl Streep como la mejor actriz de Hollywood. Peor está Idris Elba, al que no termino de ver como el distinguido abogado que, casi contra su propia voluntad, llevó los asuntos legales de aquella cabeza hueca (sin embargo tan bien amueblada) de Molly Bloom; me hubiera parecido una mejor elección, por ejemplo, Mahershala Ali, Oscar 2017 por su matizado trabajo en Moonlight, o incluso Chiwetel Ejiofor. Tampoco me creo demasiado a un Kevin Costner cuya composición de entregado padre parece más falsa que Judas…


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141'

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Molly’s game - by , Jan 10, 2018
2 / 5 stars
Tropezar con una rama