Alfred Hitchcock intervino en la Segunda Guerra Mundial a través de varios cortos, bien de índole documental, bien de ficción, en algunos casos sin acreditar como director. Pero su película que, ciertamente, está más claramente incardinada en ese horrible conflicto sería esta Náufragos, rodada en 1943 (cuando aún la suerte de la guerra era incierta) aunque estrenada en 1944. Por supuesto, el cine de Hitchcock, ni siquiera este que buscaba, aunque fuera de forma indirecta, mantener la tensión probelicista del país en aquellos aciagos tiempos, no era un cine maniqueísta sino que jugaba fundamentalmente con la sutileza, a veces incluso con la ambigüedad calculada.
Fiel a una de sus características esenciales a lo largo de su carrera, en especial desde que se mudó profesional y personalmente a Estados Unidos, como fue la búsqueda de elementos sorprendentes para el espectador, en Náufragos situó la totalidad de la trama en un único escenario, además un escenario tan peculiar como un bote salvavidas (el título original, Lifeboat, es precisamente eso, “bote salvavidas”). Y es que a aquel gordo genial le encantaban este tipo de retos, como lo sería pocos años después rodar (supuestamente...) toda una película en un único plano secuencia en La soga.
La acción en esta película se ambienta en el tiempo de su rodaje, hacia 1943, en alta mar. Vemos la chimenea de un barco que se hunde, y poco después, en medio del mar, un bote salvavidas ocupado por una mujer perfectamente vestida y peinada, mientras filma con su cámara a un hombre al que recogen, un marinero de la sala de máquinas del barco hundido (por un ataque de la Armada alemana, la temible Kriegsmarine), donde viajaba también la mujer. Ella es la famosa periodista Constance –conocida como Connie- Porter. El recién llegado al bote no hace buenas migas con la mujer; en un accidente fortuito el hombre le hace perder la cámara, lo que enfurece a la periodista. Siguen recogiendo náufragos del agua, entre ellos un herido en una pierna; también rescatan a una mujer y a su bebé, pero el niño está ya muerto. Cuando rescatan a un tripulante alemán, las cosas empiezan a ponerse complicadas...
Sobre una historia original de John Steinbeck, la película, en buena medida, además de un “tour de force” (mantener toda la acción en un único escenario tan limitado como un bote salvavidas), es un estudio psicológico, un estudio de personajes, aunque algunos de ellos queden un tanto desvaídos; pero otros están ahí, muy evidentes, empezando por la protagonista absoluta, Connie, una mujer de colmillo retorcido, forjada en mil guerras de la vida, lo que hoy día llamaríamos una “mujer empoderada”, hasta el maquinista del barco, motejado de (y él no lo niega...) comunista, pasando por el ricachón que, sin embargo, parece buena persona (sí, ya sé que esto es difícil de creer...), o el marino alemán, que aparece aquí como un supremacista en toda regla, un darwinista carente absolutamente de compasión, o el marino yanqui herido, un hombre entrañable. Un amplio muestrario del género humano, entonces, en el que se dan las habituales posturas contrapuestas cuando se encuentran ante dilemas tales como qué hacer con el alemán rescatado, si lanzarlo al agua para que muera o mantenerlo como prisionero de guerra, la típica dicotomía entre humanistas o pacifistas y vengativos o belicistas. Posturas que, por supuesto, irán evolucionando, hasta el punto de concitar, en algún momento, una rara unanimidad (alguien dijo que todos, sometidos a la presión adecuada, somos capaces de matar...). A lo largo del film se planteará más de un dilema ético, o moral, que finalmente Hitch no resuelve, en un final en anticlímax que vendrá a dejar en manos de la Providencia lo que habría que hacer con el pueblo alemán, como responsable último de las barbaridades cometidas durante la Segunda Guerra Mundial.
Formalmente, Hitchcock, además de apañárselas estupendamente (qué bien planificaba este tío...) para que la película, con tan escaso escenario, no resulte en ningún momento aburrida ni teatral, utiliza mayoritariamente el recurso de plano más lógico, el plano medio, sin desdeñar algunos primeros planos o planos detalle que, como siempre en Hitch, nunca son neutros, ni inocuos, como esa bota suelta del marino enfermo, símbolo del miembro gangrenado que han tenido que amputarle, y también un arma más en el posterior linchamiento de uno de los personajes (esto de no hacer espóileres es una lata...), como si el marino amputado también participara de esa ejecución sumarísima.
La historia se sigue con interés, con sus interludios melodramáticos (la madre que pierde a su bebé y se queda sin estimulo vital alguno), pero también de enfrentamientos entre los diversos personajes, a su manera una especie de microcosmos del mundo, e incluso con sus líneas secundarias sentimentales, como el idilio que, contra toda esperanza, surge entre la periodista de colmillo retorcido (un espécimen típico del capitalismo) y el comunista (vamos, su teórica némesis).
De hecho, esta línea sentimental entre el estricto marxista y la reportera de vuelta de todo resulta sumamente curiosa y atractiva, dos mundos enfrentados pero que, en una situación excepcional, pueden llegar a compartir una intimidad sexual, como forma de consolarse mutuamente del miedo al incierto futuro que les espera en la barca a la deriva en un océano infestado de nazis. Una de esas escenas, por cierto, resulta de apreciable calado sexual para la época (con el rijoso Hitch a los mandos, no es raro...), con ella grabando en el pecho desnudo de él sus iniciales con un pintalabios.
Y eso que el personaje principal, esa Connie Porter, es bastante insoportable, llamando a todos “encanto”, a pesar de lo cual será el rol que más evolucionará durante el transcurso de la película, desde la cínica periodista del principio hasta la mujer sensata, incluso enamorada, en la que se irá convirtiendo paulatinamente, perdiendo por el camino los bienes materiales en los que se escudaba (la máquina de escribir, la cámara tomavistas, el brazalete de diamantes...), con los que se irá deshaciendo también, queriendo o sin querer, de todos aquellos tics, vicios o vilezas acumulados durante tantos años de dura batalla en un mundo gobernado por hombres. Y es que Connie, inicialmente, resulta ser un cierto arquetipo de vampiresa, aunque de corte profesional, una tipa de colmillo retorcido, una escéptica que solo mira por su propio interés, pero al que los trágicos sucesos que se van desarrollando en aquel cascarón donde sobrevive el grupo de náufragos, modificará su carácter, lo hará más bonancible y cercano. Aunque cuando llegue la salvación, a lo mejor regresa la mujer de mundo, a lo mejor se vuelve a poner la máscara de la mujer que, en realidad, no es...
Con escenas magníficas, como la del asesinato del marino amputado, perfectamente medidas en su creciente tensión (y es que estaba Hitch a los mandos del timón –nunca mejor dicho...-), se puede decir sin faltar a la verdad que la película ha envejecido muy bien, se mantiene como el clásico que es, sin que le pesen para nada las ocho décadas que tiene a sus espaldas cuando escribimos estas líneas. El bote salvavidas como escenario único resulta creíble, a pesar de que la gran mayoría del film está rodado en estudio; sin duda, el matizado blanco y negro ayuda a dar sensación de verosimilitud a la película.
Buen trabajo actoral, en un elenco muy coral, aunque es evidente que el protagonismo recae fundamentalmente sobre la gran Tallulah Bankhead, ella misma el epítome de la vampiresa, una mujer libre en un tiempo en el que eso era pecado mortal.
(04-03-2025)
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