Película: Sed de mal

Tras una década, la de los años cuarenta, que supuso la eclosión creativa y la primacía de Orson Welles en el cine, tras el fastuoso estreno de su ópera prima, Ciudadano Kane (1941), que puso patas arriba el lenguaje cinematográfico que habían inventado décadas atrás Griffith y Eisenstein, lo cierto es que los años cincuenta no fueron tan buenos para el gran director. Solo pudo hacer tres largometrajes (aparte de algunos cortos y trabajos televisivos), además generalmente rodados en difíciles condiciones económicas, lo cual no quiere decir en ningún caso que fueran malas películas: al contrario, tanto Otelo (1951), como Mister Arkadin (1955), y, sobre todo, Sed de mal (1958), son grandes cintas, y en concreto esta última, una de sus obras maestras absolutas, a la altura de sus cimas, que serían, a nuestro entender, la mentada Ciudadano Kane, El cuarto mandamiento (1942), La dama de Shanghai (1948), Campanadas a medianoche (1965) y esta Touch of evil que en España se tituló, con notable eufonía, Sed de mal.

Frontera entre México y Estados Unidos, exterior, noche. Un coche descapotable en el que hemos visto que se ha colocado una bomba de relojería es ocupado por una pareja; los seguimos a través del trayecto hasta llegar a la barrera entre los dos países, mientras seguimos también a otra pareja, que en este caso se desplaza andando. Estos son Miguel Vargas, alto cargo de la Policía mexicana, y su esposa norteamericana, Susan. Cuando ambos cruzan la frontera, a unos metros de ellos estalla el coche con la bomba. El mexicano entonces intentará desentrañar el crimen, aunque el policía norteamericano Harry Quinlan, de torticeros métodos, pondrá todo de su parte para torpedear la investigación y hacer que los resultados se ajusten a sus intereses particulares...

Welles sorprende desde el primer minuto: la imagen inicial es un primer plano de la bomba de relojería, comienzo de un larguísimo y complejísimo plano secuencia que durará algo más de tres minutos, un auténtico prodigio técnico que esconde, a su vez, toda una declaración de intenciones, una sutilísima descripción de ese submundo extraño que supone toda frontera, aún más la frontera entre USA y México, tan recelosos uno del otro, tan fascinados también, aunque quizá por distintos motivos: el exotismo para los yanquis, el bienestar material para los aztecas.

A partir de ahí, todo será portentoso: la descripción de los personajes principales: el policía mexicano, voluntariamente pintado aquí como un hombre recto, un esposo intachable, el típico héroe que normalmente en el cine norteamericano era un WASP y que aquí sin embargo tiene piel un tanto oscura y habla español (aunque bajo el bigotito de Vargas estuviera el muy blanco y anglosajón Heston); la mujer del policía mexicano, una norteamericana rubia totalmente entregada a su marido y (es cierto) con menos seso que un mosquito, dejándose engatusar por cualquier pelagatos sin darse cuenta de las continuas celadas que le tienden; y, sobre todo, el personaje del madero yanqui, Quinlan, aquí un malo-malísimo que, sin embargo, y como no podía ser menos en Welles, también tiene sus razones, aunque no puedan ser compartidas ni mucho menos justificadas.

Con una notable utilización de una banda sonora con aires incipientemente rockanroleros y también jazzísticos de Henry Mancini, con una matizadísima fotografía en blanco y negro de Russell Metty, que acentuaba la atmósfera tórrida de la frontera, cartografiando en primeros planos los rostros sudorosos de los protagonistas, en especial el del poli yanqui Quinlan, todo un mundo de malicia, Sed de mal es una de las obras mayores de los años cincuenta, una radiografía de luces y sombras de corte casi expresionista sobre el hampa fronteriza y sus sinuosos persecutores, y, por supuesto, una de las grandes películas de la Historia del Cine, una modélica mixtura de fondo y forma, avanzadísima para su época (como todo el cine de Welles, que siempre se movió muy por delante de su tiempo); todo ello en un thriller “noir” basado en la novela Badge of evil, de Whit Masterson (seudónimo que utilizaban Robert Allison Wade y H. Bill Miller cuando escribían en comandita),  que alcanza, en manos de Welles, aromas como de Shakespeare.

Heston hace un correcto trabajo como el policía mexicano tan enamorado de su esposa (aunque un tanto irresponsable en su actitud con respecto a ella) como intachable en su conducta como alto oficial de la Justicia de su país. Leigh acentúa un perfil manifiestamente pasivo, como era tan frecuente en la época para las mujeres, y su papel actúa como catalizador involuntario de los hechos. Pero el que se los come a todos, literalmente, es Welles, con un aspecto físico mucho más deteriorado que el que presentaba solo diez años atrás en La dama de Shanghai, donde era el galán, mientras que aquí, ya con muchos kilos de más encima, ello le permitió componer un villano fascinante, un hombre zarandeado por la vida que se cobra cruel venganza de ella haciendo que la justicia sea la que a él le plugue, y no la que se ajuste a la verdad de los hechos.


Sed de mal - by , Jul 25, 2018
5 / 5 stars
Todo empieza con una bomba de relojería...