La Habana, en nuestro tiempo. Vemos la típica algarabía de la ciudad, esa que, en palabras de Antonio Burgos, era “Cádiz con más negritos”, siendo la Tacita de Plata “La Habana con más salero”. Conocemos a Andrés, un viejito entrañable que hace música en las calles de la ciudad; lleva con él una especia de mono, aunque realmente es un kinkajú, pariente de los mapaches pero no de los primates (aunque parezca serlo...). Nos vamos enterando de cómo el kinkajú, al que llaman Vivo, fue adoptado por el viejo músico, con el que forma un peculiar dúo musical. El kinkajú, que a la manera de las fábulas de Esopo o Samaniego, tiene la facultad de hablar, glosa para el espectador la gran compenetración entre él y Andrés, actuando Vivo como narrador de la historia, aunque el animal, en su interacción con el viejo y otros humanos, no habla, buscándose ahí quizá una clave más (o menos...) realista. Se nos cuenta que Andrés recibe carta de Marta, desde Miami, quien fuera su gran amor de juventud. Ella, convertida en una gran diva de la canción latina, le invita a su último concierto en la capital de Florida, antes de retirarse; todos le animan a ir, menos Vivo, que se siente feliz con su vida en la isla... Nos enteramos, en flashback, de que Andrés, en el pasado, nunca le dijo a Marta que la amaba, y cuando se decidió a hacerlo la cantante fue fichada por un promotor musical y se marchó a Estados Unidos para no volver. Andrés le había compuesto una canción expresamente para ella, pero Marta nunca la llegó a escuchar...
Sony Pictures Animation, la división de animación de la multinacional japonesa Sony (propietaria de una de las grandes “majors” históricas de Hollywood, Columbia, que aquí también coproduce), tiene entre los títulos de su catálogo un puñado de films ciertamente interesantes, aunque quizá no sean los más populares que se hayan hecho en animación digital. Pero películas como Lluvia de albóndigas (2009), Spider-Man: Un nuevo universo (2018) o Los Mitchell contra las máquinas (2021), tienen igual calidad, en fondo y forma, que otras mucho más conocidas de Pixar o la división digital de Disney.
Sin embargo, nos parece que esta Vivo no está a esa misma altura: pero eso no significa que sea una mala película, porque se deja ver con benevolencia, no insulta a la inteligencia del espectador y nos presenta una agradable a la par que nostálgica cinta, un film sobre un amor que pudo haber sido y no fue, por los imponderables de la vida, y cómo, muchos años después, con la melancolía de lo que no llegó a ser, pudiera enmendarse al menos parcial, simbólicamente, con una postrera canción que deberá llegar a los oídos de la persona para la que fue creada.
Los temas de Vivo van en torno a cuestiones como la tensión entre la aventura, incluso en la edad avanzada (la de Andrés, que quiere ir a todo trance a despedirse de su antigua amada), y el conservadurismo de la zona de confort del kinkajú, aunque por encima de este asunto estará, por supuesto, un elogio absoluto sobre la permanencia del amor a través del tiempo, y especialmente sobre la amistad como valor sobre todas las cosas, como ancla del ser humano (y, en clave de fábula, también de los animales que nos aman y a los que amamos). Estamos también ante la típica aventura iniciática, con el kinkajú que habrá de (contra su propia voluntad) cumplir el deseo de su amigo Andrés y ser el portador de la canción a su amada Marta, y la de la sobrina del viejo músico, que en ese viaje hacia Miami habrá de madurar y superar la típica (y más bien insoportable...) rebeldía adolescente.
Pero todo ello está contado en una historia que parte de una anécdota argumental más bien endeble y poco creativa, resultando chocante como el extraordinario dibujo, con un movimiento de los personajes y de la cámara muy libre, sirve a una historia bastante cortita con sifón, en lo que nos parece una película de desbordante creatividad e imaginación visual, pero con una evidente menor calidad de la historia que se nos cuenta. Estamos entonces ante un film agradable pero más bien insignificante, quizá en exceso infantil, lejos de la tradición de, por ejemplo, Pixar, que se dirige a niños pero también (y casi principalmente...) a adultos. También es cierto que la película, no muy original pero que se deja ver, mejora cuanto más avanza, se va haciendo paulatinamente más creativa también en la peripecia argumental.
Formalmente los directores Kirk DeMicco (responsable como director y guionista del éxito de DreamWorks Los Croods) y Brandon Jeffords (experto en “storyboards” para pelis de animación, que hace con esta su primera película como director) juegan mucho con la cámara circular alrededor de los personajes, quizá buscando hacer más patente el sistema 3D en el que está filmada la película, con un excelente diseño del dibujo digital, que en algunas escenas se combina con acierto con el clásico dibujo animado tradicional en 2D.
Como aspecto llamativo, lo cierto es que las canciones, todas originales del nuevo ídolo del musical USA, el neoyorquino (pero de obvias raíces hispanoamericanas) Lin-Manuel Miranda, del que tenemos muy buen concepto (sus canciones para Vaiana, Encanto, y, sobre todo, En un barrio de Nueva York, eran estupendas), en este caso nos han parecido poco inspiradas, como hechas con el piloto automático, canciones con frecuencia hechas a base de versos ripiosos y más bien tópicos. Incluso la canción sobre la que gira todo el film, aquella que Andrés escribió para su amada Marta 60 años atrás, y que no llegó a entregarle en su momento, tampoco es precisamente la octava maravilla, con mucho ripio y lugares comunes.
Como curiosidades del film, el personaje de la sobrina de Andrés, que ayudará a Vivo a llevar la canción de marras hasta Marta, es una adolescente que será acosada (ah, el “bullying”, ese tema tan candente como execrable...) por tres odiosas compañeras fanáticamente ultraecologistas (aquí quizá hay una lectura “antiwoke”...), comandada por la que resulta ser la villana del film, en un personaje que parece un trasunto caricaturesco de Greta Thunberg, la famosa activista sueca contra el cambio climático.
Habrá también algunas referencias cinéfilas, como una especie de homenaje a El Libro de la selva, la archiconocida novela de aventuras de Kipling que popularizó Disney en su película homónima de 1967 (que en este siglo ya ha conocido –como otros clásicos disneyanos- el correspondiente “remake” con seres humanos y tecnología digital), a través de la aparición de una ladina serpiente, irónica y mordaz, que recuerda poderosamente al astuto ofidio de la obra kiplingiana. También, en esa misma línea de tributo cinéfilo, habrá ocasión para homenajear la famosa escena de E.T., el extraterrestre, con los protagonistas en bicicleta siendo perseguidos por los malos.
En definitiva, una película notable desde un punto de vista formal, llena de creatividad visual, pero bastante cortita en lo que se nos cuenta. Será que, de nuevo, hay que contradecir a Baudelaire con aquello de “hay que ser sublime sin interrupción”. Pues va a ser que no...
(17-03-2025)
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