CINE EN PLATAFORMAS
ESTRENO EN MOVISTAR+
El tema del hombre (también de la mujer, pero menos) que se encuentra de buenas a primeras, por razones diversas, con un niño o niña al que criar, sin que haya tenido mayor interés previo en ello, tiene cierta tradición en el cine, y más en el reciente, como en Sin instrucciones (2024), de Marina Seresesky, en la que Paco León tiene que cuidar a una bebé que le cae como llovida del cielo. Hay otras muchas, en ocasiones ni siquiera con vínculos de sangre, como en aquella vieja comedia francesa, Tres solteros y un biberón (1985), de Colin Serreau, que tuvo tanto éxito en los USA que hicieron su propia versión, entonces llamada Tres hombres y un bebé (1987) con ¡Leonard Nimoy! (sí, el Spock de Star Trek…) como director.
Esta Wolfgang (Extraordinario) tiene como peculiaridad (todas tienen que tener algo especial, claro…) el hecho de que el niño a cuidar, el Wolfgang del título, esté afectado por el síndrome de Asperger (ya saben, esas personas con serias dificultades para la empatía emocional, muy maniáticas y a las que les cuesta mucho entender las metáforas, símiles y frases hechas…); para más inri, como también suele ocurrir con los Asperger, es un superdotado mental, con un coeficiente intelectual del 152. El niño acaba de perder a su madre, de una forma que en principio no conocemos. Se hace cargo de él entonces su padre biológico, Carles, actor de medio pelo, al que la madre del niño descargó de los cuidados del chiquillo cuando nació, al haber sido fruto de una corta relación en la que ninguno de los dos tenía intención de crear una familia. Pero cuando la madre muere será el padre quien se haga cargo del crío (ya con 9 años), por expreso deseo de su progenitora. Como cabía esperar, el niño, con su cuadriculada “mochila” psicológica a la espalda, no hace buenas migas con un hombre con una desmañada vida personal.
Javier Ruiz Caldera (Barcelona, 1976) es un director español que se inició en cine a principios de este siglo. Su carrera siempre ha estado dentro de los márgenes de lo que se puede llamar “cine industrial”, un cine que busca el entretenimiento, sin mucho más, un cine por supuesto absolutamente legítimo, pero que es improbable que le dé un lugar en la Historia del Cine Español ni tampoco le haga ganar ningún Goya. Es cierto que ha ganado en tablas y seguridad, desde la endeble Spanish Movie, su debut en el largo comercial, hasta este Wolfgang (Extraordinario), desempeñándose generalmente dentro del género de comedia (3 bodas de más), a veces dentro del subgénero adaptaciones de cómics (Anacleto, agente secreto, Superlópez), y en su última etapa centrándose más en series para las voraces plataformas (Mira lo que has hecho, El otro lado).
Con Wolfgang (Extraordinario) tampoco parece que Ruiz Caldera alcance ningún Olimpo artístico, pero tampoco comercial (su recaudación en España no ha llegado a los 4 millones de euros; fuente: web del Ministerio de Cultura). Es cierto que la película se deja ver con agrado (al margen de que el personaje del niño con frecuencia es literalmente aborrecible, pero esa es otra historia…), en una de esas comedias (aquí quizá mejor dramedia) que basa su comicidad, o su amenidad, en el choque de opuestos, con un crío que, por mor de su condición de Asperger (agravado por otra circunstancia, muy trágica, que no se desvelará hasta casi el final del film), es todo lo contrario del protagonista; el niño, de mente brillante, maniático, estricto hasta la náusea, con dificultad para empatizar con nadie; el inesperado padre sobrevenido, bastante vivalavirgen, desorganizado, voluntarioso, en el fondo un pobre hombre desbordado por esta nueva responsabilidad que, aunque le pone mucha disposición, no sabe cómo afrontar.
El problema de los Asperger en el audiovisual es que, inevitablemente, recuerdan la figura de la persona con ese condicionamiento por antonomasia del cine y la televisión, el personaje de Sheldon Cooper, el más peculiar (y con frecuencia insufrible) de los que habitaban aquella serie que cambió la tele, The Bing Bang Theory. Ahora, por mucho que se quiera, cuando aparece un Asperger en una pantalla la referencia a aquel personaje que interpretaba Jim Parsons es imposible de soslayar (sin ir más lejos, compruebe el lector el titulillo de esta crítica…).
Porque la película presenta al chico Asperger como un pequeño dictador, aunque por supuesto no tenga la culpa de serlo, un niño que necesita absolutamente seguir sus normas y sus reglas, que son las que le dan seguridad y estabilidad. Si en la vida de una persona de estas características irrumpe alguien de existencia caótica, que no tiene ni idea de cómo tratarlo, el choque de trenes está servido. Y lo curioso es que, aunque quizá no fuera la intención de Ruiz Caldera y sus guionistas (sobre la novela original de Laia Aguilar), lo cierto es que, a veces, la historia no deja demasiado bien parado al niño con su arrogancia, también con su menosprecio hacia todos los que tiene un CI inferior (o sea, casi todo el mundo…), como si el hecho de tener ese coeficiente intelectual tan alto fuera mérito suyo, y no una mera carambola del destino. Tenemos entonces una mirada quizá involuntariamente no demasiado amable sobre el insoportable crío, aunque no sea esa la intención del film, algo que se mitigará hacia el final cuando se desvele la callada tragedia que porta el niños sobre sus pequeños hombros.
Por su parte, el padre, como es habitual en estos casos, no sale tampoco demasiado bien parado, desde criticarle su anterior falta de compromiso cuando el niño nació hasta reprocharle que creyera que esta gran novedad en su vida no iba a suponer cambio alguno en su ajetreada existencia de actorzuelo de medio pelo, que sigue intentando triunfar, aunque ya es evidente para todos (menos para él…) que se le pasó el arroz hace tiempo. Hay en ese sentido algunas reflexiones sobre qué es ser progenitor, aunque sean del jaez más bien perogrullesco de que no es sólo ser padre, sino ejercer realmente como tal.
Los giros del guion, en general, se ven venir, en una película cuya filmación es correcta, sin alharacas, y en la que, como era de esperar también, al final habrá una aproximación vital entre ambos caracteres contrapuestos, como mandan los cánones de la película “feel good” (para sentirse bien) que, en el fondo, no deja de ser.
Buen trabajo del elenco actoral, en especial del protagonista, Miki Esparbé, que ya nos tiene sobradamente demostrado que es un solvente intérprete tanto cómico como dramático; aquí tiene que utilizar ambos recursos, y lo hace muy bien. El pequeño Jordi Catalán, en su segunda aparición ante una cámara, resulta correcto en su peculiar personaje, que tiene que transmitir con una evidente economía de medios gestuales.
(28-08-2025)
110'