Enrique Colmena

El personaje de Michael Sullivan en la espléndida "Camino a la perdición" supone, hasta ahora, el último hito en la carrera de un actor que ha sabido encarnar, como nadie, no sólo al americano medio actual, sino al americano perfecto.
Pero ese estatus hodierno es algo relativamente reciente, y antes de llegar a esa situación privilegiada, Thomas J. Hanks, que tal es su nombre completo, tuvo que recorrer una larguísima y con frecuencia zigzagueante distancia. Nacido en la localidad californiana de Concord, en 1956, su infancia no puede decirse que fuera precisamente feliz: sus padres se divorciaron y los años de su niñez son un continuo ir y venir, de acá para allá, en busca de un bienestar que no terminaba de llegar; ya de joven se traslada a Cleveland, donde comienza su carrera de actor.
Curiosamente, su primer papel en el cine tiene lugar en un género totalmente atípico en su carrera, y que no volvería a frecuentar, el de terror; es 1980 cuando interpreta un papel secundario en "Sabe que estás sola", del ítaloamericano Armand Mastroianni, y después realiza algunas incursiones, también en papeles episódicos, en series televisivas, entre ellas "Family ties", que en España se tituló "Lazos de sangre", protagonizada por un Michael J. Fox previo a su trilogía de "Regreso al futuro". El primer aldabonazo de Hanks llega en 1984 con la comedia romántico-fantástica "Splash", dirigida por Ron Howard, donde se enamoraba de una sirena con las largas piernas (es un contrasentido, cierto) de Daryl Hannah; aquel filme le descubrió como un joven valor de la comedia, dotado para hacer sonreír con facilidad al público, y de ahí a encasillarlo en el género sólo hubo un paso. Ese mismo año llegó a hacer incluso una comedia gamberra, "Despedida de soltero", de Neal Israel, con el grueso humor al estilo "Porky's" y "Loca academia de Policía", para afrontar en 1985 la adaptación al cine USA de uno de los grandes éxitos del cine francés de los años setenta: "El hombre con un zapato negro", a las órdenes de Stan Dragoti, le reafirma en su nuevo estatus de estrellita de comedia. Ese mismo año, en el rodaje de la por lo demás olvidable "Voluntarios", conoce a la actriz Rita Wilson, con la que se casa; y sigue aún casado, lo que ya es mérito en Hollywood; bien es verdad que fue ya su segunda mujer, tras Samantha Lewes, de la que se divorció aquel mismo año.
En 1986 tiene un patinazo comercial y crítico con "Esta casa es una ruina", espantosa comedia que parece un antecedente costeado de los Manolo y Benito de "Manos a la obra", y se atreve con la comedia intergeneracional en "Nada en común", de Garry Marshall, con resultados poco halagüeños. Fue un año de trabajo estajanovista, porque aún le queda tiempo para rodar, en Israel, una historia de amor romántica, filohebrea y cinematográficamente pésima: "Mil veces adiós", del talentoso cineasta Moshe Mizrahi, que tanto nos gustó en su anterior "Madame Rosa". Hanks enamoraba a Cristina Marsillach, que ya es imaginación suponer que la (escasamente talentosa, es cierto) hija del gran Adolfo pueda pasar por chica judía más o menos ortodoxa.
Su carrera no termina de levantar el vuelo, enfangado de nuevo en comedietas de usar y tirar; la de 1987 es "Dos sabuesos despistados", con Dan Aykroyd en plan "cine de colegas"; menos mal que en 1988 llega uno de sus títulos clave del período, "Big", primera colaboración con la directora Penny Marshall, que le permite desplegar parte de sus registros interpretativos al tener que hacer de niño de doce años en un cuerpo de treinta "tacos". El filme funciona bien y es acogido con buenas críticas; parece que Hanks, por fin, es algo más que un payasete gesticulante...
Animado por este éxito, Tom da un paso más, aunque seguramente demasiado pronto: en "Lo que cuenta es el final" afronta, con dirección de David Seltzer, una comedia dramática sobre un "showman" con problemas de comunicación con el público; sin embargo, el propio público de Hanks no terminó de entender aquel brusco cambio, y además la película no era nada del otro jueves: total, un fiasco.
Así las cosas, el bueno de Tom vuelve a la comedia, ahora con un compañero de reparto bastante más perro que Aykroyd: un chucho enorme, permanentemente babeante, con el que hace "Socios y sabuesos", bajo la batuta de Roger Spottiswoode, entre el sainete con bicho y el policiaco ligero. En 1990 Hanks lo intenta de nuevo, ahora con una extraña comedia agridulce, "Joe contra el volcán", con un hombre a punto de morir que viaja a una isla de Pacífico para ser un dios durante los días que le quedan de vida, y allí se enamora de Meg Ryan, en la primera de las tres veces que han coincidido en un reparto. No es ningún éxito arrollador, pero su personaje tiene los suficientes perfiles de interés como para llamar la atención.
Pero como hasta entonces parece que no había acierto sin posterior pifia, ese mismo año vuelve a suceder: la adaptación de la novela de Tom Wolfe "La hoguera de las vanidades" se salda con uno de los batacazos comerciales y críticos más sonoros de la época; y es que ni Brian de Palma era el director adecuado, ni el trío Hanks-Bruce Willis-Melanie Griiffith tenía química alguna. Aquel fracaso debió dejarle como secuela un hambre desmedida, porque en su siguiente filme, "Ellas dan el golpe", rodada dos años después, de nuevo bajo la dirección de Penny Marshall, Tom aparece gordo como un cerdo, interpretando a un entrenador de béisbol de un equipo de mujeres formado, entre otras, por Geena Davis y Madonna; pero esta vez la liga entre Hanks y Marshall no funciona. Su segundo encuentro con Meg Ryan se salda con un resultado mucho más fructífero: "Algo que recordar", inspirado libremente en el clásico "Tú y yo" de Leo McCarey, resulta ser una agradable comedia romántica que lo presenta ya como un hombre asentado, joven pero razonablemente maduro, lejos del alocado zagalón de sus primeros filmes. Ése es también su primer encuentro con Nora Ephron como directora, con la que repetirá años después.
Pero es ese año de 1993 el que, tras el aviso que supone el filme con Meg Ryan, supondrá su definitivo entronizamiento como un actor serio: "Philadelphia" se constituye de inmediato en un gran éxito de público, algo menos de crítica, pero de todas formas reconociendo todos el notable trabajo actoral de Hanks en un difícil personaje, el de un abogado homosexual que enferma de sida y se enfrenta a su bufete cuando éste lo despide por su mal; esta reivindicación de la dignidad de los enfermos de la epidemia del siglo XX golpeó en muchas conciencias, y aunque es cierto que era una película más bien tramposa, hay trampas y trampas, y éstas eran asumibles dado el fin que perseguían, el de sensibilizar a la opinión pública sobre la tremenda plaga y su consideración social. Su interpretación le reporta un Oscar, que un Hanks casi tan sensibilizado como su personaje en el filme agradece entre lágrimas.
Pero ya se sabe que lo importante no es llegar sino mantenerse, y Tom golpea dos veces. Al año siguiente hace "Forrest Gump", que se convierte inmediatamente en un filme de culto, un éxito inenarrable, la historia de las tres últimas décadas de Estados Unidos, a través de la mirada más bien boba de un sucesivamente niño, joven, hombre, que hace de su absoluta y desarmante simpleza su principal virtud. Probablemente la mejor película de su director Robert Zemeckis, supuso un fortísimo impacto en todo el mundo, y le proporcionó su segundo Oscar consecutivo.
A partir de ese momento Hanks no es que sea ya un gran chico, como decía Coppola, sino que es un gran hombre. Selecciona sus proyectos, aunque no siempre acierta: "Apolo 13" es la verídica historia de la tripulación espacial que a punto estuvo de irse al garete, y cómo consiguió volver a la Tierra. Tom encarnaba al comandante de la misión, y de hecho era una de las mejores bazas del filme, junto a un siempre excelente Ed Harris, aunque esta segunda colaboración con Ron Howard como director no fue precisamente un éxito. 1996 es el año de su debú como director, con "The wonders", con la historia de un pretendido grupo de músicos pop de triunfo y evaporación fulminante, una cosita sin gran aliciente.
Se toma dos años para el siguiente proyecto, uno de los más ambiciosos de su carrera, el capitán que comanda el grupo de salvamento en la película de Steven Spielberg "Salvar al soldado Ryan", donde subirá un peldaño más en la consideración de sus conciudadanos, ahora como héroe de la Segunda Guerra Mundial, un hombre anónimo involucrado en el conflicto bélico sin pretenderlo; tan esforzado trabajo le supuso una nueva nominación al Oscar, aunque esta vez se quedó sin estatuilla. Ese mismo año de 1998, quizá como relax de tan durísimo rodaje, interpreta su tercera comedia romántica con Meg Ryan, "Tienes un e-mail", de nuevo con Nora Ephron en la dirección, versión libérrima de la comedia de Ernst Lubitsch "El bazar de las sorpresas". En 1999 hace para Frank Darabont "La milla verde", sobre el texto de Stephen King, donde aporta su presencia de hombre de bien a un curioso personaje, el de un jefe de carceleros en el corredor de la muerte, y ciertos sucesos milagrosos que allí acontecieron.
En 2000 vuelve a trabajar con Zemeckis en "Náufrago", un ambicioso proyecto, una libérrima revisión del mito de Robinsón, con implicaciones existencialistas, que supone otro éxito de público, un gran trabajo interpretativo y otra nominación sin Oscar, aunque confieso mis prevenciones sobre una historia aburrida y fatua.
Ese recorrido por personajes positivos, ejemplares, maestros, se cierra por ahora con el del gánster decente que Tom nos regala en "Camino a la perdición", donde hace el más difícil todavía: interpretar a un asesino a sueldo, a un mercenario de la pistola, a un matón que es capaz de disparar a sangre fría sobre su víctima, y que, a pesar de todo, el espectador se identifique plenamente con él y con su feroz venganza. Es cierto que mucho del mérito del filme está en la espléndida dirección de Sam Mendes, pero también es verdad que ese mismo personaje, con otro actor, difícilmente hubiera conseguido esa total identificación entre personaje y público.
Buen padre y esposo, amante de causas nobles, patriota sin patrioterismo (no sé si me explico...), sereno y tranquilo, Tom Hanks encarna a ese americano perfecto de principios del siglo XXI. ¿Cuánto tardará en interpretar, en la ficción o, quizá, en la realidad, el papel de presidente de los Estados Unidos?
Enrique Colmena