Pelicula:

James Gray es un cineasta que comenzó en el thriller, con films como Cuestión de sangre (1994), La otra cara del crimen (2000) y La noche es nuestra (2007), para después adentrarse en los terrenos del drama romántico con Two lovers (2008), y en un tono muy distinto, El sueño de Ellis (2013). Ahora afronta la ciencia ficción con esta Ad astra. Sin embargo, en puridad, a Gray le da igual el género: sus películas hablan siempre de seres humanos, de sus conflictos sentimentales y de relación: padres, hermanos, cónyuges, parejas, amantes, amigos... todos ellos conforman su universo, los mimbres con los que construye sus historias, con independencia de que el ambiente sean los bajos fondos, una comisaría de policía, un hogar de clase media en Brooklyn o el espacio exterior, entre Marte y Neptuno.

La película sitúa Ad astra “en un futuro cercano”. Habrá que decir que lo de “cercano” hay que relativizarlo: si, como se nos cuenta en el film, hay bases terrícolas en Marte, donde ya habrían nacido (y serían adultos) marcianos de padres terrestres, quiere decirse que la acción debe situarse prácticamente a finales de este siglo XXI, que es cuando, razonablemente y si todo sigue conforme a lo hasta ahora previsto, podría darse esa circunstancia. En la película, Roy McBride es un capitán y astronauta, al servicio de SpaceCom, gigantesca y poco transparente corporación que gestiona todo el tema espacial de la Tierra. Su padre, el legendario H. Clifford McBride, lleva tres décadas perdido en el espacio, donde fue enviado con una tripulación en busca de otras civilizaciones. La Tierra está recibiendo importantes pulsos de energía, de carácter catastrófico, al parecer procedentes de algún punto cerca de Neptuno, lo que hace suponer que quizá la nave perdida de McBride Sr. está enviando ese tipo de emisiones nocivas para la vida y la pervivencia del planeta terrestre. SpaceCom envía al capitán McBride, con escalas en la Luna y Marte, para que desde este último astro envíe un mensaje para localizar la ubicación exacta de su padre y, con ello, de la emisión de los pulsos de energía....

Tiene Ad astra un tono muy distinto al habitual film de ciencia ficción al uso. No juega Gray en esa liga, la de la película fácil, con muchos efectos especiales y banales peleítas con pistolas láser. La intención de Gray y de su habitual guionista Ethan Gross es la de hacer una radiografía del ser humano en relación con el universo, pero también, y quizá sobre todo, de su relación consigo mismo y con sus congéneres, con sus afines, con sus seres amados: la mitificación del padre, que marcó la vida del hijo, idealizando la figura del héroe que lo entregó todo por la causa de la Humanidad, lo que hará que el vástago deje de lado cuanto de bueno tiene en la Tierra, como su esposa, creando un marco único e imaginario de relación unidireccional con el legendario militar y aislándose de cualesquiera otras relaciones, afectos o amores. Pero también, por supuesto, la mirada hacia ese universo al que tendemos, al que estamos llamados a emigrar cuando el ser humano, por fin, consiga cargarse esta Tierra, este planeta madre que con tanto empeño suicida estamos intentando destruir. Y está también, claro, la mirada interior, hacia el propio ser humano que busca en sí, y fuera de sí, su lugar en el mundo, en el espacio, en el universo. Hay varias alusiones al papel de Dios, o de lo inmanente a la divinidad, pero como una visión sobre la eternidad, en un tono casi panteísta, antes que con un carácter puramente religioso.

Pero (siempre tiene que haber un pero) esta por lo demás libérrima versión de El corazón de las tinieblas, la seminal novela de Joseph Conrad (que ya ha conocido otras versiones igualmente libérrimas en el cine, siendo quizá las más famosas Apocalypse now, de Coppola, y El corazón del bosque, de Manuel Gutiérrez Aragón), que en sus dos primeros tercios mantiene un tono grave, inteligente y elevado, como corresponde a esta a modo de epopeya del ser humano, en el último tercio, con el encuentro entre padre e hijo (no hacemos “spoiler”: es El corazón de las tinieblas, y su historia, en clave libérrima o no, es siempre la misma), ese tono se desfonda en diálogos que pretenden ser trascendentes pero resultan ser lo opuesto, en una explicación para los brutales pulsos de energía que asuelan la Tierra que deja mucho que desear por su vulgaridad, en una mediocre explicación que se corresponde también con el desvaído papel del padre, y, en general, la ausencia de la grandeza cuasi mística que caracterizaba a Kurtz, el conradiano personaje buscado en El corazón de las tinieblas y que tendría en Apocalypse now los rasgos de Marlon Brando y en El corazón del bosque los de Luis Politti.

Así las cosas, Ad astra (que ya nos gana por su título en latín, gran osadía en estos tiempos de desprecio hacia las lenguas muertas que son el cimiento de nuestra civilización: “Hacia las estrellas”, nada menos...) resulta ser una película irregular, con excelente planteamiento y nudo, y un más bien decepcionante desenlace, si bien es cierto que la última secuencia del film adquiere un tono como de 2001. Una Odisea del Espacio (1968), en especial su último plano, que confiere un sentido radicalmente distinto a cuanto hemos visto hasta ese momento. Ese último plano otorga al desenlace un tono cuasi abstracto, no demasiado lejano a la (reconozcámoslo) en principio desconcertante resolución de la obra maestra de Kubrick.

Brad Pitt es el alma de la película: no solo por ser su protagonista absoluto, en una interpretación matizada y hacia adentro, como los buenos actores, sino también por haberla coproducido, como ya es habitual no solo en los films en los que actúa, sino también en otros. Del resto nos quedamos con un Donald Sutherland siempre excelente, y con una Liv Tyler a la que hacía tiempo que no veíamos en pantalla, tras su aparición como evanescente elfa en la Trilogía de El Señor de los Anillos. En cuanto a Tommy Lee Jones, que generalmente es un actor muy seguro y carismático, aquí su personaje adolece de entidad, a pesar de las expectativas creadas, lo que juega claramente en su contra.

En un momento dado, el personaje de Brad Pitt, que actúa durante todo el film como un omnisciente narrador en primera persona, habla de los seres humanos como “devoradores de mundos”: ese parece ser nuestro destino. Quizá, entonces, las famosas preguntas cuya respuesta lo explicarían todo (¿Quiénes somos? ¿De dónde venimos? ¿A dónde vamos?) tendrían una respuesta, al menos la tercera de ellas: a devorar mundos. Con el nuestro ya tenemos buena parte del camino recorrido...

(23-09-2019)


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122'

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Ad astra - by , Sep 23, 2019
3 / 5 stars
Devoradores de mundos