Película: Campeones

Javier Fesser es un cineasta que hace cine no por necesidad (tiene una productora especializada en filmar spots publicitarios, con gran reputación y buena cartera de clientes), sino por gusto. Así las cosas, se permite hacer lo que le da literalmente la gana, desde comedias disparatadas al gusto finisecular, como El milagro de P. Tinto (1998), dos versiones al cine de los inmortales detectives del cómic que inventó Ibáñez, La gran aventura de Mortadelo y Filemón (2003), con personajes reales, y Mortadelo y Filemón contra Jimmy el Cachondo (2014), en dibujos animados, y hasta un durísimo drama de denuncia de la obcecación religiosa, Camino (2008).

Ahora hace una comedia de argumento ciertamente trillado, la historia de un tipo que está perdiendo los papeles a marchas forzadas y un giro del destino le permite, casi inesperadamente, enderezar su vida. Para la ocasión, el tipo es un entrenador de baloncesto de buen nivel, pero cuya vida personal es un desastre, entre su incapacidad para el compromiso con su mujer, su relación de amor/odio con su madre, su insatisfacción general con el universo mundo. En ese contexto, una serie de incidentes, rematados con su detención por conducir borracho y con “resistencia a la autoridad” (como dice la retórica figura judicial), le reporta una cadena de cárcel que solo podrá evitar mediante la realización de trabajos sociales; le corresponde entonces entrenar a un grupo de discapacitados intelectuales, con los previsibles problemas iniciales, dado que los muchachos (y muchacha, pues en estos campeonatos no se distingue por sexos) son de difícil comprensión para quien hasta entonces los trataba de “mongolos” y parecidos términos vejatorios.

Campeones tiene virtudes y defectos (sí, ya lo sé, como casi todas las películas). Entre las primeras, el valor de Fesser para meterse en este berenjenal, teniendo en cuenta que se le puede achacar (aunque creo que ha sorteado bien el tema) que haya apostado por el chantaje emocional al hacer protagonistas corales a un grupo de auténticos discapacitados mentales. Esas arenas movedizas las evita razonablemente bien el ya bragado director (aunque de tan escasa cosecha de largometrajes: cinco en veinte años), a base de humor que no desdeña reírse con estos actores improvisados, en un ejercicio de incorrección política que se agradece, en vez de enmelarnos en la previsible y edulcorada historia ternurista que otro cineasta más pacato nos hubiera endilgado. Por supuesto, las risas no surgen a costa de los chicos discapacitados, sino generalmente por su ingenuidad, por su inocencia ante planteamientos que entre la gente con coeficientes intelectuales dentro de la media serían ordinarios; el choque entre estas dos visiones de la vida produce un humor sano, que no se ríe “de” los chavales sino “junto a” ellos.

Porque, y ahí está quizá la mayor virtud de Campeones, las discapacidades no son solo las del grupo de baloncesto formado por los disminuidos psíquicos, sino, y muy principalmente, la del protagonista, con un coeficiente intelectual normal pero con graves problemas emocionales: sigue evitando crecer, sigue queriendo ser el niño, el joven que ya no es, sigue queriendo huir del compromiso adulto, sigue queriendo escapar hacia adelante, sin destino ni meta. Que los que tienen menor caletre que él sean capaces de reconducirlo hacia zonas de normalidad humana tiene el mismo, o aún más valor, que el hecho de que el entrenador consiga hacer de este grupo variopinto, simpático pero definitivamente desastroso con un balón en la mano, todo un equipo de baloncesto con posibilidades incluso de ganar campeonatos.

Entre los defectos, quizá en su propia génesis esté el mayor: quiérase o no, y aunque se sortea el peligro del ternurismo, la propia aparición de los chicos disminuidos baja las defensas del espectador y le hace tragar ciertas ruedas de molino que de otra forma sería impensable. Por ejemplo, la previsibilidad de la historia, que se sabe cómo va a discurrir y cómo va a acabar, aunque Fesser se permita un ligero cambio dentro del habitual sesgo triunfalista de este tipo de films.

Así las cosas, queda una comedia resultona, una película con personajes poco frecuentes en cine (a bote pronto solo recuerdo, del cine español reciente, aquella estupenda Yo, también), que está funcionando de forma excelente en taquilla (casi dos millones de euros de recaudación en el primer fin de semana, wow...), un film insuficiente pero con destellos de interés no meramente cinematográficos, sino más bien en un plano emocional. No es que sea para tirar cohetes, que no lo es, pero resulta, en su intencionalidad, valioso: dar también cancha (ya que estamos con baloncesto...) a los que no aparecen casi nunca en la gran pantalla, y confirmar que las discapacidades pueden ser, además de físicas o mentales, de muy distinta índole; emocionales, por ejemplo.

Javier Gutiérrez, el actor de moda, vuelve a estar excelente en su personaje, que él sabe modular para pasar del irredento hombre de vida a la deriva y que execra a los que él llama “tontitos”, a apreciar, encariñarse, amar a los que sin intelecto de altura pero corazones enormes le hacen ver el camino para volver a ser (él sí) una persona “normal”. Más floja es Athenea Mata, que hace el papel de la mujer del entrenador, que nos ha parecido de pocos recursos y poco creíble. Entre los secundarios me quedo con Juan Margallo, que compone un adorable abuelito al estilo del de Heidi, pero con retranca. Y, por supuesto, el delicioso grupo de actores no profesionales, todos ellos con su discapacidad mental, que no supone (y bien que lo demuestran aquí) ningún tipo de discapacidad en su condición humana: más bien al contrario...


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124'

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Campeones - by , Apr 10, 2018
2 / 5 stars
Discapacidades