Película: El salario del crimen

Julio Buchs fue uno de los cineastas precozmente malogrados del cine español que podría haber llegado a tener una carrera más que interesante. Muerto en 1973, a los 46 años, de un fulminante ataque al corazón, fue un guionista y director que pudo hacer algunos films muy estimulantes, como este El salario del crimen, aunque también se vio forzado a rodar varios espagueti-westerns, como El hombre que mató a Billy el Niño, y comedias de lucha de sexos, como Una señora llamada Andrés. Pero también consiguió hacer entonados dramas con graves dilemas morales, como Encrucijada para una monja, y poco antes de morir retomó la senda del cine negro con Alta tensión, lo que daba esperanzas de que pudiera volver a ser el gran director de sus primeros títulos.

“Hijo del cuerpo” (su padre, José Buchs, fue uno de los pioneros del cine mudo español, rodando su primera película en 1911, estando en activo hasta 1964), Julio mostró pronto, desde su primer filme como director, Piedra de toque, que era un cineasta con ideas, formalmente brillante y con una poco habitual capacidad creativa.

El salario del crimen es, seguramente, su mejor película, un vibrante policíaco en la mejor tradición del cine negro americano, sin por ello caer en copias, sino bebiendo de él y produciendo una historia plenamente “noir”.

Un inspector de Policía se obsesiona con descubrir a un narcotraficante que, en su huida, cuando estaba siendo cercado por la ley, mata a uno de sus compañeros, haciendo viuda a su mujer y huérfano a su hijo. El inspector conoce esa tragedia de primera mano, porque también su padre murió, siendo niño, en un lance de su carrera policial. En sus pesquisas para dar con el paradero del narco asesino, el protagonista conoce a la dueña de una tienda de lujo, por la que se siente instantáneamente atraído; ella le corresponde, y ambos comienzan un idilio que, sin embargo, tiene sus sombras: las hedonistas amistades de ella nada tienen que ver con el carácter austero de él, y el tren de vida de la bella no es posible de sobrellevar con el sueldo de un modesto funcionario del Estado.

Todo en El salario del crimen es excelente: el ritmo narrativo, sin que decaiga en ningún momento; el tono adulto, con una relación sexual sin moralinas, ajena al matrimonio, incluyendo perlas como una escena en la que ambos se entiende que están en la cama, en la que la cámara recorre en panorámica la habitación: los oímos a ambos en off, hablando de confidencias de alcoba, y al final la imagen se llena del humo del cigarrillo que alguno de ellos ha expelido, probablemente tras terminar el coito; un cigarrillo será también el signo elíptico de una escena sexual, cuando ella, tras cerrar una habitación con llave, deja el pitillo en un cenicero, sobre el que la cámara cierra el plano: ya sabemos qué va a ocurrir después.

Hay, por supuesto, evidentes influencias de películas como Perdición (1944) o El cartero siempre llama dos veces (1946), obras maestras del cine negro USA: ella será una vampiresa a la manera de la Barbara Stanwyck de la primera o de la Lana Turner de la segunda, mujeres que usan todo su arsenal femenino para hacer del hombre un pelele a sus órdenes. Un final realmente espléndido, que cierra con un único nexo (en este caso simbólico, pero también físico) las dos historias que se desarrollan en la película (“los dos hombres que me mandó detener”), culmina un notabilísimo policíaco que, a su vez, prácticamente cerró el ciclo de este género en Barcelona, iniciado en 1950 con Apartado de Correos 1001, de Julio Salvador, y Brigada criminal, de Ignacio F. Iquino, que fue también productor del otro título citado.

Al frente del reparto un Arturo Fernández que en aquella época se había convertido en un imprescindible en el cine negro a la española, junto a una actriz francesa de largo recorrido, Françoise Brion, que aportaba la clase, la sensualidad necesaria para que el policía perdiera la cabeza. Como sólidos elementos de apoyo, un reparto cuajado de grandes nombres del cine, el teatro y la televisión de la época: José Bódalo, Manuel Alexandre, Tomás Blanco, José María Caffarel. De la música se encargó el maestro José Solá, aportando una partitura de toques jazzísticos que cuadraba perfectamente con el tono negro, maduro, adulto del film.


El salario del crimen - by , Jan 08, 2018
4 / 5 stars
Los dos hombres que me mandó detener