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Como es sabido, la historia de Afganistán en los últimos 50 años es la de un pueblo torturado, zarandeado y castigado hasta lo indecible por intereses ajenos y/o religiones ultramontanas, desde la invasión soviética en 1979 hasta la expulsión de los rusos por los talibanes, facción fundamentalista del islam apoyada y armada (suicidamente, como sabemos) por Estados Unidos; el régimen teocrático, culturicida y feminicida instaurado por la canalla talibán duraría hasta comienzos del siglo XXI, tras el 11-S que hizo que los yanquis buscaran al autor intelectual de aquella masacre, Osama Ben Laden, hasta debajo de las piedras (tardaron 10 años en conseguirlo: ¡vaya unos servicios de inteligencia! --más bien de oligofrenia...--). Tras veinte años de ocupación USA, en 2021 abandonaron el país en uno de los sucesos más vergonzosos para la nación de Tío Sam desde la huida de Vietnam en 1973, para dejar la puerta abierta, de nuevo, a los feroces, felones talibanes.



El cine se ha hecho eco de muy diversa forma de ese sufrimiento del pueblo afgano de las últimas décadas; a vuela pluma recordaríamos títulos como Kandahar (2001), Osama (2003) y Cometas en el cielo (2007); curiosamente, la animación ha sido uno de los formatos que con más éxito se han aproximado a esa lacerante historia, en films como los estupendos El pan de la guerra (2017) y Las golondrinas de Kabul (2019). Ahora es la cinematografía danesa, al frente de una nutrida representación productora internacional (las escandinavas Suecia y Noruega, las europeas meridionales Francia, España e Italia, más las anglosajonas Reino Unido y Estados Unidos), la que vuelve a poner en escena, desde otra perspectiva, el drama afgano. Jonas Poher Rasmussen (Kalundborg, 1981) es un cineasta danés, aunque formado en la suiza Universidad de Zurich, cuya filmografía está compuesta casi a partes iguales por cortos de ficción y largos documentales. Con esta Flee (literalmente, “huir”, en inglés, a su vez traducción textual –si el traductor online que hemos usado no está equivocado— del título original en danés, Flugt), Jonas ha conseguido una notable repercusión, hasta el punto de que su film está nominado para los próximos Oscars que se entregan en este 2022 en tres categorías, Mejor Película Internacional, Mejor Largometraje Documental y Mejor Largometraje de Animación, peculiar circunstancia esta de ser candidata a dos premios en principio antitéticos (documental y animación), pero que el guionista y realizador explica como la forma que tuvo de presentar la historia de Amin Nawabi (seudónimo), un refugiado afgano actualmente alrededor de los cuarenta años, que huyó con su familia a finales del siglo XX, primero a Rusia y después, ya solo, a Dinamarca. La persona que se esconde bajo ese nombre, amigo de Rasmussen desde años atrás, no accedió a formar parte de este proyecto hasta que, pasado el tiempo, pudo afrontar ese tiempo horrible en el que sufrió el desarraigo de su tierra para buscar otras en las que meramente poder sobrevivir, primero en el hundido Moscú de los años noventa, bajo el etílico mandato de Yeltsin, cuando el artrítico régimen comunista intentaba convertirse en una democracia capitalista al uso, y después en su éxodo, a través de siniestras mafias del tráfico de personas, hasta Escandinavia.

Y todo ello, además, con un secreto que le carcomía, su homosexualidad, que si en el Afganistán de los años ochenta y principios de los noventa no estaba precisamente bien vista en el país, después, con la homofobia típica de todas las religiones monoteístas, a la llegada de los talibanes era simplemente inimaginable.

Poher Rasmussen, que sabe por su familia lo que es huir de tu tierra (su abuela judía tuvo que hacerlo de la Alemania nazi), se acerca con pudor a este retrato de la torturada peripecia vital del joven afgano que se vio obligado a un doloroso éxodo que, sin duda, le marcó de por vida, a pesar de que en los últimos tiempos, en la tolerante, abierta, libre Dinamarca haya podido encontrar cosas tan impensables en su tierra natal como el amor con alguien de su mismo sexo, una vida en paz y libertad, lo más parecido a una realización personal.

El cineasta danés opta por llevar a la pantalla la historia de su amigo a través de la animación, método mediante el que, como ya hemos comentado, se han conseguido poderosos logros en la denuncia al mundo de las felonías talibanes. Así, Poher Rasmussen, con un relato en primera persona del refugiado que nos cuenta su historia, va desgranando la existencia de este hombre desde que, ya de pequeño, le gustaba vestirse con las ropas de sus hermanas, para, al alcanzar apenas los diez años, tener que huir con su hermano mayor, sus hermanas y su madre (el padre estaba en paradero desconocido) hacia una entonces Unión Soviética en trance de demolición.

Poher Rasmussen combina hábilmente dos tipos de dibujos, uno de carácter antropomórfico, de vivos colores, que utiliza para lo que serían las cuestiones cotidianas, y otro hecho de apenas trazos que recuerdan vagamente las figuras humanas, solo con blancos, negros y grises, para los momentos de mayor turbación, de mayor sufrimiento en el penoso éxodo de este niño que padeció lo indecible, junto a su gente, en la búsqueda de un horizonte algo más amable del que lo vio nacer. Esa combinación de ambos tipos de animaciones se muestra pronto como un atractivo hallazgo, contribuyendo  además a que la narrativa fluya con facilidad; además, el cineasta danés incluye intermitentemente algunas escenas documentales de las épocas en las que se va desarrollando el relato, fundamentalmente del propio Afganistán, para remarcar el carácter de documento presentado como ficción, aunque estemos hablando de hechos reales.

La historia de este hombre desarraigado a su pesar, condenado a la doble circunstancia de mentir sobre su identidad personal, pero también sobre su orientación sexual, siempre con miedo a ser descubierto, siempre alerta para no revelar su pasado, nos llega nítidamente en una obra que, aunque ciertamente documental, como corresponde a la relación de los sucesos acontecidos a la persona que se esconde tras el nombre de Amin Nawabi, tiene también un evidente interés narrativo, como si de una ficción al uso se tratara, en una obra sensible y cercana, doliente y contada como en voz baja.

(27-02-2022)


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Flee - by , Feb 27, 2022
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