Película: Granny’s dancing on the table

Cuando Aki Kaurismäki filmó La chica de la fábrica de cerillas (1990), dijo una boutade que causó furor, al menos en los medios cinéfilos; vino a decir el famoso director finlandés que quería rodar una película que, por comparación, hiciera que Bresson pareciera un frívolo a su lado. Recordemos que Robert Bresson fue un celebrado cineasta francés, famoso por la austeridad de su cine, por su despojamiento formal, por su capacidad para contar historias con los mínimos elementos, generalmente en ambientes tristes, cuando no sórdidos, en situaciones de franca desventura personal, familiar o social.

Pues con esta Granny’s dancing on the table podría decirse otro tanto; vamos, es que incluso puede hacer pasar por frívolo al Kaurismäki de la mentada La chica de la fábrica de cerillas... Por supuesto, no está dicho en tono de reproche sino como definición. Porque la película de la directora sueca Hanna Sköld es, ciertamente, depresiva: se nos cuenta, a base de flash-backs, que se simultanean con el momento presente, la historia de una chica, Eini, y de sus ancestros, su abuela, la hermana de su abuela, llamada Lucía, y el marido de esta, Harald; después conoceremos al padre de Eini, hijo de la abuela y de progenitor desconocido, y a la esposa de este, cartera de profesión y pronto huida ante el espanto de un hogar infame. En el presente asistimos a la vida cotidiana de Eini y su padre, que la controla y somete exhaustivamente, manteniéndola en una situación de absoluto aislamiento, evitando que se ponga en contacto con el mundo; la maltrata y (se intuye) abusa sexualmente de ella, una adolescente que está llegando a la edad de la primera sangre.

Sköld nos cuenta su historia entreverando la imagen real, que generalmente destina al tiempo presente, cuando Eini convive con (habría que decir mejor sobrevive a) su rígido padre, con animación de muñecos movidos por “stop motion”, la parte que, sin duda, es más interesante; a pesar de su apariencia de esfinges hieráticas, los muñecos consiguen transmitir mucho más que los actores de carne y hueso, y, en general, lo que se nos cuenta en ese segmento de cine de animación es mucho más estimulante que la parte de imagen real. Porque en esa fase de la película, la animada, intercalada, como decimos, con la interpretada por actores de carne y hueso, sobrevuela una historia de tintes fantásticos, casi oníricos, con esa historia de la abuela que emigró desde su Suecia natal a (según parece) Estados Unidos, donde vivió una vida libre y desprejuiciada, con una eterna promesa de volver al solar patrio, al hogar del que partió; una historia que estará pespunteada por las cartas que la abuela y Lucía se entrecruzan, hasta que el hijo las detecta y procede a secuestrarlas indefinidamente.

Una historia, la que se nos cuenta con monigotes con permanente cara de pasmados, que llega mucho más profundamente que la otra: esa abuela forzada a irse tras haber vivido una sexualidad libre con quien le plugo; esa Lucía intentando mantener el epistolar nexo de unión con su hermana, quizá la esperanza de ser alguna vez como ella, de salir alguna vez del infierno de un matrimonio con un abyecto maltratador de libro; esa Lucía que verá cómo todas sus expectativas se van frustrando, poco a poco, cuando las cartas dejan de llegarle por acción del hijo putativo (es definición, no insulto...).

Film tristérrimo, preñado de melancolía, habla del mundo de los pobres diablos, quizá nosotros mismos, aherrojados a una condena infinita. Lástima que Sköld, que tan buena mano demuestra en las escenas de animación, no brille a igual altura en la de personajes reales; así, el film resulta irregular, estimulante pero renqueante en su narrativa, con imágenes y escenas que, en su parte con actores, resultan reiterativas o simplemente inanes.

El conjunto, no obstante, alcanza la categoría de rara ave, de extrañísimo film que merece la pena ser visto. Nos parece que con cincuenta o sesenta minutos hubiera tenido suficiente, pero probablemente la tiranía del metraje estándar del largometraje para una exhibición normalizada (lo que no ha impedido que haya tardado tres años en proyectarse en España), haya hecho necesario estirarla hasta la apenas hora y media que finalmente dura.

Sköld hace con este su segundo largo, tras Nasty old people (2009), no estrenado en España, pero con un tema (joven que cuida de viejos por el día y se junta con nazis por la noche) también como para salir corriendo.

Esforzado trabajo del dúo protagonista, que ha de transmitir sus emociones a través de mínimos gestos en rostros hieráticos, como los de los monigotes animados que son sus compañeros no humanos de interpretación, y que desde luego les dan sopas con honda a sus colegas de carne y hueso.

Una rara, muy rara película, desequilibrada y desigual, más larga de lo conveniente, y, sin embargo, con frecuencia fascinante hasta el embobamiento: grande el cine, capaz de lo mejor y lo peor en una misma película, cima y sima en una misma unidad.


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88'

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Granny’s dancing on the table - by , Jun 27, 2018
3 / 5 stars
Bresson, a su lado, un frívolo