CRITICALIA CLÁSICOS
Disponible en FILMIN y PRIME VIDEO
A comienzos de los años sesenta Billy Wilder cosechó un sonoro fracaso con su vertiginosa comedia Uno, dos, tres, ambientada en la Alemania dividida tras la Segunda Guerra Mundial, y eso a pesar de que se trataba de una comedia muy divertida, cáustica e intencionada. Pero comercialmente no fue bien, generando pérdidas, y con cierto desdén por parte de la crítica de la época, mayormente de izquierdas, a la que no le hizo gracia la sátira que Wilder realizó del llamado “socialismo real” (que, como ya sabemos, ni era socialismo, ni era real...). Ahora, por supuesto, el film está considerado como una gran película de su autor (Rotten Tomatoes, el mayor agregador de críticas del mundo, le da un 88% de reseñas positivas), pero en su momento le dio bastantes dolores de cabeza.
La cosa es que, cuando Billy volvió a ponerse tras la cámara, tuvo que afinar bien, porque era evidente que Hollywood puede aceptarte un fracaso, pero no muchos más. La respuesta fue esta brillante, divertida, a ratos vitriólica versión de la obra teatral musical homónima, original de Alexandre Breffort y Marguerite Monnot, aunque Wilder y su habitual guionista de la época, I.A.L. Diamond, eliminaron el carácter musical del original, quedándose solo con las peripecias de sus personajes.
En la película, ambientada en el París de principios de los años sesenta, conocemos a Irma, una prostituta que hace la calle en la capital de Francia. Un tipo contrata sus servicios, y antes de entrar en faena, le pregunta cómo es que se dedica a semejante oficio; Irma, con todos los tiros dados, le cuenta una trola, que se inventa sobre la marcha; ha aprendido que, cuanto más grande y lastimosa sea la mentira, los clientes son más generosos... La chica sufre a un chulo, Hippolyte, que la maltrata y ningunea. Al barrio llega Nestor Patoux, un policía honrado, que sin embargo no se entera de la misa la media en lo que respecta a la evidente prostitución que se ejerce en la vía pública, ante sus narices. El barrio, que estaba acostumbrado a los policías conchabados y a que todo funcionara conforme a esas mordidas, se encuentra de repente con un poli honesto que no acepta dádivas de los chulos, y que se propone acabar con aquello... hasta que conoce a Irma, claro...
Irma la Dulce se inscribe en un cierto tipo de cine de los años sesenta en el que el sexo dejaba de estar sublimado en etéreas historias de amor para cobrar importancia por sí mismo: aquí el tema de la prostitución está tomado con cierto humor, alejado del tratamiento de décadas anteriores, en las que se presentaba bajo los ropajes de la sordidez (y siempre de forma sumamente pudibunda), o bien con un tono de melodrama, compasivamente hacia las mujeres que se veían compelidas a ejercerla. No hay tal aquí, sino que Irma, la prota, es feliz a su manera, aunque tenga que soportar las fechorías de su chulo; por supuesto, debe entenderse esto en su contexto histórico y sociológico, a principios de los años sesenta, siendo la postura social mayoritaria hoy día muy distinta de aquella.
La comedia juega con frecuencia, y bien, con el cine de enredos y equívocos, siendo el mayor de ellos el que quizá suponga el gran hallazgo del film (y de la obra teatral previa), la posibilidad de que alguien sospeche de un asesinato en lo que solo hay un voluntario desdoblamiento de personalidad para conseguir que su amada, la Irma del título, tenga un único cliente (el propio protagonista, con ropas y afeites “ad hoc” para aparentar ser otro) que le pague lo suficiente para que no tenga que yacer con otros hombres.
La comedia se sigue con agrado, con este hombre honesto que es el protagonista al que la fuerza del destino conduce justamente a una posición en la que nunca se hubiera visto, chulo o proxeneta de una chica, a lo que llega precisamente por amor, buscando que esa mujer sea solo de él, y no de quien pague el estipendio correspondiente.
La posición de los hombres en el film es claramente subsidiaria de las mujeres; salvo el chulo inicial (que finalmente también quedará en segundo plano), todos los varones, incluso el prota, son juguetes en manos de ellas, que hacen y deshacen con los chicos como les da la gana.
Con una fotografía muy pastelosa, conforme al tema, que recrea (en estudios fundamentalmente, pero también en algunos escenarios reales, como el populoso mercado de Les Halles) un idealizado París de principios de los sesenta, la película es, en buena medida, una comedia negra (a ratos nigérrima...), con buenas dosis de ácida crítica, pero siempre envuelta en los ropajes del humor, que la hace parecer más amable, sobre la prostitución, la hipocresía de la sociedad y de las autoridades, y no digamos la venalidad de la policía... Mucha ironía, buenos diálogos, e impecable ritmo narrativo, en una historia que es a la vez románticamente “fou” (ese Patoux deslomándose literalmente como mozo de carga del mercado para tener dinero con el que evitar que su amada tenga que entregarse a otros hombres) pero también picante, con el sexo mercenario (y también no mercenario) como permanente elefante en la habitación, son las virtudes esenciales de esta divertida e intencionada comedia, que por fin reconcilió a Wilder con la industria, con una recaudación a nivel mundial superior a los 25 millones de dólares (fuente: The-numbers.com).
Mención expresa para algunas curiosidades: por ejemplo, el hecho de que, con el devenir de los acontecimientos, Patoux empiece a sentir celos de su otro yo, del lord inglés que se ha convertido en el único (y platónico...) cliente de su amada, en un peculiar trastorno bipolar que, en realidad, le hace sentir celos de sí mismo, al ser su “alter ego” más querido y admirado por Irma. Otra particularidad es la actitud vital de la protagonista, esa Irma que transmite una paz absoluta, una serenidad zen, en lo que parece una resignación no exenta de felicidad que, desde luego, hoy resulta un tanto extraña... Y otra singularidad también curiosa sería la forma en la que Patoux se transforma en el lord inglés que consigue que Irma no alterne con otros clientes, una transformación realizada a través de un montacargas, en lo que parece enteramente la metamorfosis que hacía Clark Kent para convertirse en Supermán en una cabina telefónica; eso sí, sin capa, leotardos ni gayumbos por fuera, solo monóculo, bombín, impecable traje de etiqueta y bastón.
Una escena final en la que tendremos una llamativa sorpresa, que no debe ser desvelada, pero que tiene que ver con esa duplicidad de personalidades (quizá más duplicidad que nunca...) redondea una comedia ciertamente muy agradable, que confirma, por si no lo sabíamos ya, la gracia alada de Wilder para el género (aunque, por supuesto, se desempeñó excelentemente en otros)
Excelente trabajo de la pareja protagonista, Jack Lemmon y Shirley MacLaine, en su segunda y última colaboración juntos, tras la estupenda El apartamento, aquí en papeles muy diferentes, pero con igual química entre ellos.
(05-07-2025)
147'