Harry Brock, un tipo rico pero desagradable, un infecto que trata a todos con la punta del pie, llega a un lujoso hotel de Washington con su novia, Billie, tan guapa como ordinaria. Cuando llega su abogado al hotel, vemos que Brock se maneja permanentemente entre la ley y fuera de ella, para lo que tiene a empleados como este letrado, un hombre bueno e inteligente que ha sido abducido por el poder del dinero de su amo. Brock quiere establecerse en la capital, centro de poder donde quiere hacer muchos y no siempre limpios negocios, sin hacer ascos a “untar” a congresistas y senadores para que voten lo que a él le interese. Aparece en escena Paul, un periodista que le hace una entrevista, en la que Brock no tiene empacho en hablar de sus orígenes como chatarrero, de lo que está muy orgulloso. Cansado de que su chica, Billie, le avergüence con su falta de cultura, sobre todo ahora que se va a mover en ambientes sofisticados, contrata a Paul para que le enseñe modales y le dé una pátina cultural. Pero Billie es tan simple y elemental que a Paul le cuesta bastante insuflarle un mínimo de conocimientos básicos; sin embargo, casi sin darse cuenta, entre ambos empieza a establecerse una sutil corriente de complicidad sentimental, que irá a más conforme Billie vaya teniendo una mayor amplitud de miras…
George Cukor (1899-1983), por supuesto, es sinónimo de cine clásico. Llamado con cierta sorna un “director de mujeres”, esto es así en cierta medida, pero también dirigió perfectamente a hombres. Su carrera como director se extiende a lo largo de medio siglo, desde principios de los años treinta al ídem de los ochenta, aunque su mejor período nos parece que fue desde los cuarenta a principios de los sesenta, tiempo en el que hizo buenas y muy buenas películas, muchas de ellas recordadas incluso por el cinéfilo menos solvente: Mujeres, Historias de Filadelfia, Luz que agoniza, La costilla de Adán, Ha nacido una estrella (versión 1954), My fair lady… Se manejó sobre todo en la comedia, en la que fue un consumado maestro, pero también en el musical y el melodrama.
Esta Nacida ayer es también otra de sus buenas películas, sobre la obra teatral original de Garson Kanin, también reputado guionista, aunque en este caso ese trabajo lo desarrolló otro libretista, Albert Mannheimer.
Es curioso, porque el personaje de Harry Brock, el infecto antagonista del film, parecería un antecedente de Jesús Gil, aquel empresario, alcalde de Marbella, dueño y presidente del Atlético de Madrid, que terminó siendo juzgado y condenado por un buen número de tropelías ilegales que realizó en todas esas facetas y algunas más. Pues este Brock parecería su abuelo putativo, un marrullero irredento, avasallador, ambicioso hasta decir basta, carente absolutamente de escrúpulos, desconsiderado con sus inferiores (o sea, prácticamente con todo el mundo…), llegando incluso a la humillación y la agresión con aquellos de sus empleados que considera no le prestan el servicio que él quiere. Es el típico rico con ínfulas que aspira a conquistar, con malas artes, los centros del poder, pero que para ello necesita una pareja que funcione como mujer florero y pueda departir y quedar bien con los estirados políticos de Washington.
Es interesante la propuesta de la película, en el sentido de que el acceso a la cultura, con la apertura de la mente que ello puede suponer, suponga también en la protagonista una nueva mirada hacia la honradez personal como meta incuestionable. Entonces ya no le valdrá ser la mantenida del antagonista, sino que, pensando por sí misma, será capaz no solo de darse cuenta de los manejos absolutamente reprobables del hombre del que ha sido pareja, sino también ser consciente de que ha sido manipulada para usarla como testaferro de sus chanchullos, en una suerte de despertar hacia la personalidad adulta, madura, sensata, en la que la ha convertido no solo las clases de Paul, sino también, sin ellos quererlo, ni creerlo, el mutuo enamoramiento que calladamente les ha ido invadiendo. Y es que en la trama será esencial esa tensión entre cultura y romanticismo, que pudieran parecer términos que no tienen mucho que ver, pero que aquí son aliados imprescindibles en el desarrollo de la historia. Los protagonistas irán intimando, aunque sin llegar a mayores (estamos a principios de los cincuenta, qué diantres…), en una relación que podría ser como una camaradería con cierto toque muy discreto de romanticismo, como dos polos opuestos que inevitablemente se atraen...
Con una narración clásica, como era habitual en la época, con el típico buen ritmo del Hollywood de los años dorados, la película tiene, evidentemente, reminiscencias de un clásico de la literatura como el Pigmalión de George Bernard Shaw, aunque por supuesto con su propia personalidad. También brillan los diálogos, con frecuencia chispeantes, con sustancia.
Estamos entonces ante una apreciable dramedia romántica que conlleva como carga de profundidad un mensaje de denuncia sobre la venalidad de algunos políticos, que se pliegan ante los cantos de sirena de los tipos poderosos e incultos que avasallan con su dinero a todos, creyendo que todo está en venta. Por supuesto, dada la época en la que se hizo, tendrá un final feliz, resultando ser una hermosa fábula humanista que apuesta firmemente por los grandes ideales democráticos.
No es la película, como film político de evidente aliento liberal, tan potente como las obras maestras de esa línea temática, que serían seguramente Caballero sin espada y Juan Nadie, ambas de Frank Capra, pero funciona muy bien. En ese sentido, es evidente que este tipo de cine le iba mucho mejor a Capra, mientras que Cukor se movía a sus anchas en la comedia, especialmente en la de implicaciones románticas.
Judy Holliday está estupenda en su personaje de tonta absoluta, simple como un botijo, un personaje que podría confundirse con el cliché de la “rubia tonta y buenorra”, pero que ella modula adecuadamente en su progresiva culturización, paralela al enamoramiento de su Pigmalión, y cuya naturalidad y sinceridad desarmante se mantiene incluso cuando se convierte en una persona culta, alejada de su anterior analfabetismo atroz. William. Holden, con gafitas de intelectual, le da bien la réplica; no alcanza el nivel extraordinario de los grandes héroes del cine liberal yanqui (hablamos de Gary Cooper, James Stewart y Henry Fonda, por supuesto), pero da perfectamente el papel.
En 1993 se hizo un remake, con igual título, con dirección del mexicano Luis Mandoki, en su etapa USA, y con Melanie Griffith y Don Johnson, cuando aún eran esposos, como protagonistas, en una versión muy inferior, que concitó una rara unanimidad negativa por parte de la crítica.
(20/05/2026)
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