Película: Perros de paja (1971)

Con bastante frecuencia Sam Peckinpah es incluido como uno de los directores de la violencia y como tal ha levantado polémica en muchas ocasiones con sus films; ha sido muy atacado, como ocurrió en Londres con Perros de paja. De una manera u otra, no creemos que Sam Peckinpah emplee esta violencia por esnobismo o porque esté de moda, como tampoco ocurre con otro director muy emparentado con él, Arthur Penn, ni la emplea de forma gratuita, como ocurre en los westerns europeos para obtener así una mayor comercialidad. Sus películas tienen un sentido mucho más profundo y su autor, posiblemente, lleve algo de ello en su sangre. No olvidemos su origen indio y las persecuciones que su raza ha sufrido en las praderas americanas, que tantas veces hemos visto reflejadas en la pantalla o en las páginas de los periódicos. Por otra parte, tampoco hay que dejar de lado la ascendencia de juristas que hay en su familia y por ello, posiblemente, esté en él muy acendrado el sentido de la justicia.

Peckinpah repudia la violencia tanto o más que David Summer (Dustin Hoffman), personaje central de su película Perros de paja. Pero la emplea para que sirva de vomitivo a los espectadores y se hagan partícipes de esta idea. Porque, en el fondo, podemos no olvidar el origen animal (racional) del hombre; pero cuando se pierde la razón surge de manera espontánea en nosotros la fiera que llevamos dentro.

Peckinpah ha elegido unos personajes muy claros y tipificados. En primer lugar David, un intelectual, un profesor de altas matemáticas que huye de su país, Norteamérica, en busca de un lugar tranquilo, el pueblecito pequeño donde nació su esposa, Amy (Susan George), en el que desea encontrar un refugio para estudiar y arreglar su matrimonio. ¿Se le puede tachar por ello de cobarde, como hace su propia esposa? En el fondo puede haber algo de verdad, de técnica de avestruz que esconde la cabeza bajo el ala para no tener que enfrentarse a la realidad. Pero, por otra parte, la femenina, tal vez sea tan sólo despecho o provocación para lograr la plenitud de unos deseos insatisfechos. En esta relación que apuntamos, posiblemente la película se nos quede un poco coja, y no por culpa de Peckinpah, sino por los cortes dados por la censura en la copia española, que ha suprimido toda la parte de erotismo de la cinta. Y, en este sentido, puede ser fundamental la escena de la violación, que falta casi por completo, y que se realiza por partida doble.

El complejo de inferioridad de David en algunos aspectos, a pesar de su superior inteligencia, es manifiesto, así como el sentido del ridículo, que el autor lo hace notar en algunos momentos del film de manera ostensible y casi cómica. Amy, la esposa, es la mecha que enciende la pólvora con sus constantes provocaciones en juego inteligente y dosificado, a lo largo de toda la primera parte del film, con sus maneras y exhibicionismo. Los demás personajes forman el coro que, a manera de tragedia griega, efectuarán el aquelarre final.

El ambiente está perfectamente captado por Peckinpah; poco a poco nos va mostrando lo que le interesa para ir introduciéndonos en el drama. De manera sabia y perfecta nos va a puntualizar, a lo largo de toda la primera parte del film, de forma soterrada, distintos actos de violencia que desembocarán en el trágico final. Anótese, en este sentido, el gato estrangulado en el armario; el adelantamiento con el coche en la estrecha carretera, las bofetadas a Henry Niles (David Warner), la cacería, la violación, el crimen de la niña a manos de Henry Niles, etc. Durante toda  esta primera parte, que parece transcurrir plácidamente con un juego inteligente de tensión y relación entre los personajes, se va mascando la tragedia, incluso entre las relaciones marido-mujer. El mismo paisaje, con colores poco brillantes, en el que predominan los tonos verdosos y marrones, da un cierto aire de tristeza. Y, al final, el enfrentamiento, en el que David toma conciencia de su complejo de inferioridad, de hombre maltratado en una faena tras otra; vilipendiado en su honor y en el de su esposa, estalla inconteniblemente tratando de reivindicarse a sí mismo y autodemostrándose que la inteligencia puede más que la fuerza, aunque haya que hacer uso de ella también como única arma de supervivencia y colocado en una situación extrema. Y lo logra cuando se dice a sí mismo, despreciativamente, que son simples perros de paja, consiguiendo salvar la vida de su esposa, la suya propia y la de Henry Niles, sin importarle (o sin saberlo) que en aquel momento estaba defendiendo a un criminal (tal vez no culpable por su condición de enfermo mental), salvándole de un seguro linchamiento a manos de otros asesinos sedientos de sangre, que acuden al lugar, botella en mano, con ánimo de divertirse con tan horrendo y cruel espectáculo.

La realización de Peckinpah la encontramos perfecta, manteniendo el interés en un principio y sobrecogiéndonos, de forma irresistible, en la media hora final de tensión absoluta, como tan sólo Hitchcock podría hacerlo en sus mejores filmes. ¡Qué inteligencia en el manejo de los actores! ¡Qué maravilla de planificación en corto en el salón de la parroquia! ¡Qué lección de narración y, en suma, de cine! Por todo ello, el equilibrio lo creemos logrado y pocos defectos se le pueden achacar al filme en otros apartados.

Sam Peckinpah sigue siendo un maestro y Perros de paja una de sus obras más redondas y completas, que merece que los espectadores que la contemplen no se queden en la mera superficie o en la simple anécdota de la violencia, porque es cine al cien por cien.


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113'

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Perros de paja (1971) - by , Mar 21, 2016
5 / 5 stars
La fiera que llevamos dentro