Película: Purasangre

Cory Finley es un nuevo valor del cine. Nacido en Saint Louis, aunque afincado en Nueva York, forma parte de un selecto grupo de jóvenes de menos de treinta años, conocido como Youngblood, en el que se concentra probablemente el mayor talento en cuanto a guionistas y cineastas del futuro cine norteamericano.

Para muestra un botón: Purasangre es la primera película de Finley, pero nadie lo diría: ni por estilo, ni por fondo, ni por ritmo; sin llegar a la excelencia que algunos han querido ver, está claro que es una apuesta sumamente interesante, un cambio de juego sobre lo que habitualmente estamos acostumbrados a ver en un cine cada vez más adocenado; confirma, además, la prevalencia del cine independiente yanqui, el popular indie, sobre cualesquiera otras opciones cinematográficas de aquel país en la actualidad.

Connecticut, en nuestros días. Amanda, una adolescente problemática, empieza a dar clases particulares con Lily, una antigua compañera suya, la típica chica bien, un poco Doña Perfecta. Ambas pertenecen a clases adineradas. Amanda, que se revela asocial, amoral, sociópata y con un punto de Asperger, pronto consigue una apreciable influencia sobre Lily, consiguiendo que se desembarace de sus inhibiciones, hipocresías y miedos, y ambas empiezan a dar vueltas a la hipotética idea de matar al padrastro de Lily, un energúmeno que maneja a su antojo a su madre y maltrata psicológicamente a la chica...

Purasangre es una película extraña, elegantemente filmada, con bellos travelines de las protagonistas bajando parsimoniosamente por las escaleras de la señorial casa de Lily. Con inteligentes diálogos y dos personajes centrales inicialmente opuestos pero que irán aproximándose paulatinamente, la película de Finley es un buen ejemplo de cine brillante, exquisito, donde guion y puesta en escena van de la mano, en un juego donde bien y mal se difuminan, donde la atracción del abismo se hace evidente, pero también donde la pertenencia a una determinada clase social (en este caso la clase alta de Connecticut) tiene evidentes repercusiones favorables que hará que se haga la vista gorda ante crímenes que, con otros actores, hubieran obtenido un gravísimo reproche penal.

Film entonces, además de thriller, de denuncia de una clase que se perpetúa en el poder gracias a sus influencias, Purasangre recuerda a ratos algunos otros films que, parcial o tangencialmente, participaban de elementos parecidos. Así, la matanza del caballo rengo de Amanda, insoportablemente descrita por la chica (menos mal que nos ahorran las imágenes, loados sean los cielos...), recuerda poderosamente la brutal masacre de caballos de Equus (1977), la versión que de la obra teatral homónima de Peter Shaffer hizo Sidney Lumet, o el execrable asesinato real que dos brillantes jóvenes de la alta burguesía cometieron, y que fue llevado de muy diversa forma a la gran pantalla por Alfred Hitchcock en La soga (1948), y por Richard Fleischer en Impulso criminal (1959), y que el thriller moderno revisitó libérrimamente de la mano de Barbet Schroeder en Asesinato... 1-2-3 (2002).

Pero, por supuesto, teniendo algunos puntos en común con esos films, lo cierto es que Purasangre es plenamente autónoma, tiene entidad por sí misma, es una historia manifiestamente independiente que fluye con solidez buscando mostrarnos los recovecos de estas dos chicas tan especiales, irreprochablemente filmada por un cineasta que, si no se malogra, está llamado a ser uno de los directores importantes de las próximas décadas; cualidades no le faltan; tiene muy buen gusto para el encuadre, sus historias no tienen nada de convencionales, narra con soltura y casi sin baches (solo le detectamos uno a mediados del metraje, una nimiedad para un “absolute beginner” –no me he podido resistir...--, un novato absoluto), y tiene brillantes ideas fílmicas hábilmente expuestas, como cierta escena crucial, dada totalmente en off, escuchándose al fondo, como con sordina, las voces de los interlocutores,  que dejarán de oírse, en un determinado momento, al tiempo que cesa también el monótono ruido de una máquina de gimnasio: todo se ha producido fuera de cámara, pero todo ha sido perfectamente inteligible para el espectador, expuesto en una extraordinaria forma cinematográfica; o la entrada en la casa señorial de Tim, el pobre diablo al que intentan engatusar para que les haga el trabajo sucio, a los bellísimos acordes del Ave María, de Haendel, mientras el pobre pelagatos se extasía ante ese lujo, esa clase, ese esplendor, que él, poverello, aspira a poseer en ocho años, como mucho diez...

Inteligente, esquinada, peculiarísima, Purasangre no sería lo que es sin las dos jovencísimas actrices que lo son todo: Olivia Cooke, que ya nos gustó en Yo, él y Raquel (2015) y en el “blockbuster” de Spielberg Ready Player One (2018), y que aquí tiene un personaje bombón, una mente exhaustivamente lúcida, profundamente amoral, incapaz de tener sentimientos, cuyo nombre, Amanda, resulta ser un evidente sarcasmo en alguien que no puede, no sabe, no quiere amar; pero la que está soberbia es Anya Taylor-Joy, que nos tiene fascinados desde que la vimos por primera vez en La bruja (2015), confirmándose después su capacidad mesmérica en Morgan (2016) y Múltiple (2016), los ojos de actriz más subyugantes de los últimos años, a la que auguramos un brillantísimo porvenir.


 


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92'

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Purasangre - by , Aug 25, 2018
3 / 5 stars
Inteligente, esquinada, peculiarísima