Pelicula:

Indicamos “terror” como género por así publicitarse la película, aunque en puridad nos parece que no es exactamente ese el género, aunque es evidente que tiene irisaciones del mismo. Quizá nos decantaríamos más por el drama, o el thriller psicológico, pero no seremos nosotros los que corregiremos a sus fautores...

Lo cierto es que, en verdad, Saint Maud es una más que curiosa película, bastante a contracorriente de lo que se hace hoy día en cine comercial. La acción se ambienta en nuestros días, en Scarborough, una pequeña población costera inglesa (sí, en invierno: en el Reino Unido parece que todas las películas se ruedan en invierno...). En ese contexto conocemos a Maud (aunque realmente no se llama así, pero ella quiere que la llamen de esta forma en su nueva etapa vital), enfermera que, según sabremos más tarde, ha sido apartada de su trabajo en un hospital de la población por unos sucesos no demasiado bien aclarados, pero que parecen tener que ver con problemas mentales de la chica que repercutían negativamente en sus pacientes. Maud es contratada por una agencia privada que provee de enfermeras a domicilio a personas discapacitadas; según ella, en conversación con una amiga, a la agencia “no les importó mi pasado”, aunque más probablemente mintiera para ser aceptada en la empresa. Es destinada a casa de Amanda, una famosa bailarina cuarentona que padece un linfoma terminal. En la casa de Amanda, al principio, Maud y la enferma parecen hacer buenas migas; la enfermera, que se ha convertido fervorosamente a la fe cristiana, cree incluso que Amanda, de costumbres licenciosas, está cambiando hacia una posición más espiritual, aunque en realidad es un espejismo que solo ella quería ver. Cuando, en un bronco enfrentamiento entre ambas a cuentas de lo mismo, la enfermera abofetea a la enferma, todo se precipita...

Saint Maud es la primera película como directora de Rose Glass (Chelmsford, Inglaterrra, 1990), una guionista y directora que hasta ahora solo había hecho cortometrajes, todos ellos, desde el inicial Moths (2010), caracterizados por las tramas extrañas, por los temas esquinados, siempre a vueltas con las relaciones humanas. En su primer largo no ha sido infiel a esos planteamientos, solo que a mayor escala. Estamos entonces, como decíamos al principio, más ante un drama entreverado de thriller con esquirlas de terror que ante un horror puro, la historia de una mujer arrasada por un fanatismo al que se agarra como clavo ardiendo cuando su vida se va al garete por un episodio probablemente psicótico, quizá consecuencia de una existencia mortecina en la que las relaciones sociales eran prácticamente inexistentes. De esos polvos estos lodos, como dice el proverbio castellano: la conversión a todo trance, la entrega absoluta a una fe que la sustenta, que le facilita cuanto necesita, que le da fuerza y sentido a lo que era una vida vacía pasará a ser, sin embargo, también un pasaporte a la locura cuando su proselitismo fallido la haga entrar en una espiral de degradación humana y vital, con pasajes de feroz autolesionamiento y supuestos trances místicos, incluida la levitación y el diálogo directo con Dios.

Glass opta por la ambigüedad en su tratamiento de la enfermedad de Maud; así, aunque parece evidente que la enfermera va progresivamente enloqueciendo (las escenas con el plano filmado boca abajo, o con la cámara tumbada, entre otras secuencias, así lo confirmarían), Rose, con buen criterio, juega con la ambigüedad calculada para mostrarnos también otros momentos que pudieran hacer creer que las visiones de Maud no necesariamente están en su atormentada mente. Ese juego es cinematográficamente muy atractivo, permitiendo que sea el espectador el que decida qué está realmente sucediendo, si estamos ante lo que parece un caso de locura progresiva por un proceso de creciente fanatización religiosa, o si hay algo de verdad en esas visiones, en esos signos que Maud presencia constantemente (los remolinos en cualquier superficie acuática, pero también en las nubes; los insectos siempre coriáceos que aparecen en sus momentos de mayor excitación emocional), en ese diálogo permanente que mantiene con Dios, en una lengua extraña que (si la IMDb tiene razón) resulta ser el galés, que tampoco es tan raro...

Formalmente Glass demuestra un más que interesante sentido visual, también una acertada capacidad para captar al espectador con una trama que, a pesar de lo ascético del tema, no aburre, aunque es cierto que narrativamente hablando se aprecia un bache hacia la mitad del metraje, cuando Maud es despedida de casa de Amanda, aunque pronto se recupera el ritmo y termina formidablemente en una escena que es el compendio de la propia cinta: ¿realidad? ¿locura? ¿fanatismo? ¿superstición? ¿misticismo? Que el espectador escoja, si le place.

Buen debut este de Rose Glass: esperamos mucho de ella, no está el cine actual sobrado de historias como las suyas, distintas, con tratamientos formales que buscan la experimentación sin por ello hacerse abstrusas, y además con buen sentido visual, con capacidad para la creación de atmósferas con un punto de alucinación.

Morfydd Clark, de tan peculiar nombre, lleva sobre sus hombros prácticamente toda la película. Sueca de nacimiento aunque galesa de adopción, Morfydd, a pesar de su juventud, tiene ya una larga trayectoria teatral, habiendo trabajado en instituciones dramáticas tan prestigiosas como The Old Vic Theatre y el Donmar Warehouse. Nos parece una de las actrices británicas de mayor porvenir, una mujer de inusitada fuerza dramática y con una rara capacidad para encarnar personajes atormentados, tempestuosos; aquí, desde luego, está eximia.

(31-12-2020)


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84'

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Saint Maud - by , Jan 03, 2021
3 / 5 stars
Fanatismo, locura, ambigüedad... pero no terror