Película: Sweet country

El cine australiano, que conoció una etapa de esplendor internacional entre los años setenta y noventa, hace tiempo que no aparece con habitualidad por las pantallas españolas. Solo de vez en cuando se nos es dado contemplar alguna muestra de aquella (por lo demás) pujante cinematografía. Menos todavía es frecuente que nos llegue cine australiano hecho por aborígenes de aquella tierra, los indígenas que vivían en el subcontinente antes de que James Cook lo descubriera en el siglo XVIII y lo anexionara a la Corona Británica. Warwick Thornton es un director de fotografía aborigen que, desde hace unos años, también dirige cine. Su carrera por ahora es corta en largometrajes de ficción, siendo este Sweet Country su tercer largo de esas características, aunque también tiene una ya amplia filmografía global, incluyendo cortos y documentales.

Thornton es un cineasta especialmente interesado en recrear historias habitadas por sus connaturales los aborígenes australianos. Ese era el universo en el que se movía su ópera prima en el largo de ficción, Samson and Delilah (2009), que ganó la prestigiosa Cámara de Oro en el Festival de Cannes, y también lo es el de este western (porque de eso se trata, en puridad) ambientado en la Australia de los años veinte, inspirado en un suceso real. En el contexto de las explotaciones agrarias de la época, se nos cuenta la historia de un anciano y su mujer, ambos aborígenes, que viven en situación de igualdad con un hombre blanco, un hombre justo, pero al que la llegada de un marrajo también blanquito pero racista, alcohólico y felón, pondrá, literalmente en el disparadero. El canalla, días después de haber abusado de la mujer aborigen (sin saberlo su esposo), se planta en la casa del indígena por otro asunto, bebido y fuera de sí, disparando a la pareja. Cuando el negro se defiende y lo mata, todo se precipitará...

Tiene Sweet country varias virtudes: una, quizá la principal, es la de su tema, el siempre doliente racismo de sociedades supuestamente civilizadas, y que en Australia, como en tantos otros lugares sobre la Tierra, campó por sus respetos durante muchos años, considerando a los indígenas del lugar como seres inferiores a los blancos, con frecuencia esclavos de ellos y, si no lo eran, indignos de ser tratados como iguales. En ese contexto, esta historia inspirada en hechos reales duele por la ignominia de quienes se creían superiores por su color de piel, pero terminaban confirmando que eran inferiores por sus abyectas ideas. Claro que tan importante como el tema es su plasmación cinematográfica, y en ese aspecto Thornton se revela pronto como un exquisito, un estilista capaz de darnos pequeñas joyas como la escena inicial, toda una trifulca en la que se ve envuelto el aborigen protagonista, tiempo antes del suceso central que cuenta la película, estando filmada esa reyerta sobre una olla de agua hirviendo, escuchando en off los acalorados diálogos de la discusión, finalmente del rifirrafe que posteriormente también tendrá su importancia a la hora del juicio que habrá de llegar.

También la filmación de la violación está dada de manera muy cinematográfica: toda puerta y ventana de la estancia será parsimoniosamente cerrada por el execrable agresor, hasta que la oscuridad lo llena todo; con la pantalla en negro, solo escucharemos al cabrón en su lascivia, apenas algunos ayes de la víctima... Thornton tiene, además, una notable capacidad para jugar limpiamente con flash-backs y los generalmente mucho menos frecuentes flash-forwards (saltos hacia adelante en la historia sobre el momento que se narra), utilizándolos con habilidad para ofrecer destellos casi agoreros sobre lo que habrá de venir, lo que llegará más temprano que tarde.

El tono de western crepuscular, con su canalla irredento, su enfrentamiento a muerte, su persecución del huido, su posicionamiento a favor del débil (que resultará no serlo tanto), su sentido de la justicia ahogado por lo peor del ser humano, también contribuye a un film que, es cierto, se resiente de cierta falta de ritmo, sobre todo hacia su mediación, entre las dos partes claramente diferenciadas que lo componen, una falta de ritmo, junto con un metraje excesivo (últimamente a todas las películas parece que les sobra un cuarto de hora) que hacen que el film no sea la obra redonda y espléndida que apunta a ser.

En cualquier caso, Sweet country es una estimulante película, irregular pero hermosa, dolorosa pero finalmente esperanzadora: aunque la canalla humana quizá se lleve el gato al agua, el sentido de la justicia, de la bonhomía, de la generosidad, de la entrega, está ahí, y seguirá, seguirá.

Encabeza el reparto Bryan Brown, que gozó de cierta fama en Occidente durante los años ochenta gracias a films como F/X, efectos mortales (1986), Cocktail (1988) y Gorilas en la niebla (1988), para después volver a su tierra australiana para seguir allí su carrera y, por ello, ser olvidado en Europa y Estados Unidos; curiosamente, no es en puridad el protagonista, rol que recaería más bien en el anciano aborigen que se ve obligado a matar en defensa propia y de su mujer, un actor aficionado, Hamilton Morris, que resulta absolutamente desarmante en su personaje de hombre desarbolado por el destino al que hacer lo correcto le llevará a la ruina. Él, y su mujer, serán entonces una suerte de santos inocentes en Oceanía, una pareja laboriosa, honrada a carta cabal, cuya callada existencia será mancillada por el criminal de turno, cuyo pálido color de piel le otorgaba derechos abyectos sobre quienes la tuvieran más oscura.

Film telúrico, en una tierra en la que el indígena forma parte de la esencia misma del terreno, en el que la modernidad apenas puede llegar donde miles de años ha moldeado a los humanos que vivieron allí desde el principio de los tiempos, Sweet country, en su irónico título de “dulce país”, nos recuerda hasta qué punto el hombre es una alimaña para el hombre, y nos lo cuenta con un hermoso, a ratos esplendoroso relato cinematográfico.


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113'

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Sweet country - by , Jun 04, 2018
3 / 5 stars
Los santos inocentes en Oceanía