Pelicula:

El cine tunecino es ciertamente endeble. La IMDb censa hasta el año 2020 menos de mil productos audiovisuales. Como casi todos los países del Magreb, cuando nos llega cine de aquella procedencia suele ser con la colaboración de las antiguas metrópolis; es el caso: Un diván en Túnez es coproducción entre el antiguo país de los cartagineses y Francia. Además, la directora, Manele Labidi, que hace con este su debut en el largometraje, aunque de origen tunecino, nació en París en 1982. Licenciada en Ciencias Políticas por La Sorbona, tras pasar unos años ejerciendo en el sector financiero, finalmente parece haber encontrado su vocación en el cine. Estuvo hace unos años preparándose para tal fin en la prestigiosa La Fémis, y hace un par de años hizo su primer incursión en cine, el corto Une chambre à moi (2018), libérrima revisitación de un texto de Virginia Woolf, en el que ahondaba en el tema del acceso a la educación de la mujer como única forma de emancipación real de las féminas.

Ahora nos llega con esta comedia ligera, Un diván en Túnez, ambientada en nuestro tiempo en el país de Aníbal, a donde llega Selma, una tunecina treintañera que vuelve tras 10 años de estancia en París, donde vivía con su familia tras tener que exiliarse su padre por el execrable régimen totalitario de Ben Alí, el dictador depuesto en la Primavera Árabe de Túnez, la única de esas revoluciones que ha tenido un final más o menos feliz, habiendo podido constituirse un estado democrático, sin tutelas ni militares ni islamistas. Allí, Selma pretende instalar una consulta como psicoterapeuta, por un lado cansada de ser una más entre cientos en Francia, creyendo que en su país de origen su profesión tendrá más éxito, y por otro como forma de reivindicar a su padre, que tuvo que escapar del país perseguido por la dictadura. Claro que, una vez llegada a Túnez, comprobará que las cosas en el país donde estuvo la antigua Cartago no van a ser nada fáciles...

Un diván en Túnez se cimenta, evidentemente, en lo que podríamos llamar choque de civilizaciones, choque incruento, afortunadamente, pero choque al fin. Porque la mujer franco-tunecina, plenamente imbuida de las costumbres de su país de adopción, Francia, tendrá muy difícil poder adaptarse a la vida tan distinta de Túnez, donde conceptos como psicoterapeuta (y además ejerciendo como tal una mujer) no termina de entenderse demasiado bien. La directora, Labidi, con buen criterio, presenta los periclitados cánones de la civilización tunecina, islámica pero, en general (loados sean los cielos...), no fundamentalista, y los contrapone con los muy europeos, muy cosmopolitas de la protagonista. No hace Labidi (a la que podríamos considerar, en buena medida, la inspiración del personaje central) una fustigación dramática de las arcaicas maneras de pensar de sus compatriotas, sino que juega más bien con las claves de la comedia para criticar de forma amable esos antiguos cánones por los que se rige el país, como, en buena medida, casi todos los de su entorno.

La película funciona bien en cuanto reivindicación de la mujer como sujeto libre, como dueña de su destino, en un personaje que, como decimos, creemos debe tener mucho de la propia directora, que sin duda ha debido tener múltiples problemas para rodar el film, teniendo en cuenta que su país de origen no sale demasiado bien parado: una mentalidad antigua y recalcitrantemente machista, una administración pública anquilosada y “burrocrática”... pero también la mirada occidental se lleva su palito, por la fatua creencia de su superioridad moral e ideológica, sobre todo en la relación que la prota establece con el policía, un hombre cabal y honrado, que pretende hacer cumplir la ley y es refractario a las coimas o sobornos.

Tiene la comedia de Labidi un cierto problema de ritmo y de guion, con escenas con cierta frecuencia forzadas que no terminan de ser creíbles, aunque ya se sabe que la comedia lo aguanta casi todo, pero siempre con un mínimo de coherencia y lógica interna. Quizá el problema sea la novatez de la directora, aún poco curtida en la puesta en escena, que resulta impersonal y un tanto chata.

Es verdad que la peli resulta agradable y reconfortante en su apuesta por la mujer y su papel igualitario en el complejo y difícil mundo de las sociedades islámicas, aunque, como es el caso, sean moderadas y con apreciables niveles de laicidad. En su conjunto, sin embargo, queda la sensación de que quizá una mano más experta hubiera sacado más rendimiento de esta historia, la de una mujer que quiso triunfar en su país y (casi) no lo consigue...

Golshifteh Farahani es la auténtica estrella del film; de origen iraní, llamó poderosamente la atención en la espléndida A propósito de Elly (2009), que supuso también el descubrimiento del inmenso talento del director persa Asghar Farhadi. A partir de entonces, Farahani ha desarrollado su carrera mayoritariamente fuera de su país, donde su postura en pro de la mujer no se puede decir que esté demasiado bien vista (al menos en las muy arcaicas ideologías teocéntricas de los ayatolás y sus secuaces). De esta forma, ha trabajado a las órdenes de cineastas como Ridley Scott (Red de mentiras, Exodus: Dioses y Reyes), Roland Joffé (Encontrarás dragones),  Louis Garrel (Los dos amigos), Hugh Hudson (Altamira) y Jim Jarmusch (Patterson), entre otros, rodando fundamentalmente bajo los pabellones norteamericano y francés. Farahani es no solo la estrella del film, sino también una de las pocas actrices de procedencia árabe que brillan rutilantes en el mundo.

Habrá que seguir la pista de la directora Labidi: tiene ideas interesantes, y a poco que las consiga plasmar debidamente, puede ser un valor más que apreciable en la puesta en escena cinematográfica.

(20-09-2020)


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88'

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Un diván en Túnez - by , Sep 20, 2020
2 / 5 stars
Un amable choque de civilizaciones