Rafael Utrera Macías

Cincuenta años después del rodaje, en 1952, de Bienvenido Mr. Marshall, de Luis García Berlanga, la película se reestrenó acompañada del cortometraje El sueño de la maestra, o, por ser fiel a los créditos del mismo, con el título El sueño de la maestra de la película Bienvenido Mr. Marshall. Realizado en 2002, se convirtió en el punto final de la filmografía del director al tiempo que rellenó el hueco existente en la misma, dado que uno de los componentes narrativos estaba integrado por los sueños de los principales personajes; el correspondiente a la maestra, la señorita Eloísa, no se rodó debido a diversas circunstancias a las que más adelante aludiremos.

Que los contenidos de este cortometraje no se correspondan a los guionizados en el primitivo film y sus objetivos últimos se adecúen a diferentes planteamientos y distintos resultados, no impide valorar, en tratamiento y temas, esta pieza última, este “spin-off”, tan corto en duración, 12 minutos, como crítico, mordaz y satírico en intenciones. Al corto le dedicaremos próximo comentario mientras que, en el presente, recordaremos al lector los hechos y circunstancias que concurrieron en la argumentación de Bienvenido Mr. Marshall, prestando especial atención al personaje de la maestra y a su malogrado sueño.


Los sueños de los personajes en Bienvenido Mr. Marshall

Un conjunto de secuencias de Bienvenido Mr. Marshall está conformado por los sueños de los principales personajes; el párroco (Luis Pérez de León), el alcalde (José Isbert), el hidalgo (Alberto Romea), el campesino (Aquilino Ballesteros), la maestra (Elvira Quintillá), tendrán sueños, festivos y placenteros en unos casos, apesadumbrados y agotadores en otros. El carácter de los mismos ha sido concebido por los guionistas de modo diverso: no sólo en función de realidades y deseos de cada uno, sino tomando como modelo narrativo la tipología de los géneros cinematográficos más populares.

Así, el sueño de Don Cosme, el párroco, es una mezcla de inicial procesión de Semana Santa, derivada en juicio contra su intransigencia, dirigido por miembros del Ku-Klux-Klan y escenificada como cine negro americano. Don Luis, el hidalgo, soñará con sus antepasados, muertos a manos de los indios a mayor gloria de la conquista y colonización española, y él mismo tendrá semejante final en secuencia tomada de películas históricas de la época. Juan, el campesino, sueña con un tractor, caído del cielo y arrojado desde un avión por unos imaginarios Reyes Magos.

El sueño de don Pablo, el alcalde, sucede en un “saloon” semejante a los del oeste americano, con duelo y canciones incluidas y donde el toque dramático de los westerns se convierte en comedia de situaciones conocidas. El alcalde se sueña como sheriff y sueña a Manolo, el representante de la cantante, como bandido. Se bebe güisqui, con o sin soda, y se oyen diálogos en un inglés que no llega a macarrónico; se juega a las cartas, con trampas o sin ellas, y casi todos se disponen a oír a la máxima estrella que, ahora, cantará a lo Mae West. El duelo entre ambos convertirá el “saloon” en zafarrancho donde no quedará títere con cabeza. El falso sheriff acaba su sueño agarrado a la pierna de su admirada Carmen, aunque, al despertar, compruebe que su abrazo es fríamente recibido por… la pata de la cama.

¿Cómo queda, en su sueño, para el pícaro don Pablo, soñada la señorita Eloísa? El pueblo, Villar del Río, considera a la maestra una buena profesional por ser fiel cumplidora de sus deberes y, sin duda, una autoridad, aunque su condición de mujer le impida participar en conciliábulos y toma de decisiones reservadas en exclusiva a los hombres. Sus múltiples actividades sociales demuestran positiva actitud para con los vecinos, al margen de la eficacia del asunto o de la locura que ello represente. Por su parte, don Pablo, la sueña en el “saloon” como la cabaretera que se hace invitar por los hombres mientras fuma y coquetea con bebedores y truhanes. El sheriff menosprecia su caricia por lo que, sin alterarse, se dirige a la mesa de jugadores de cartas y ayuda a don Simón, el médico, a trampear con los naipes que este lleva colocados en la hombrera. La indumentaria de la maestra, aunque mantenga sus habituales gafas, ha cambiado radicalmente de aspecto y de profesión; eso sí, sólo en el imaginario nocturno del sheriff, es decir, del alcalde.


El sueño de la maestra o la señorita Eloísa soñándose a sí misma

El sueño de la señorita Eloísa, la maestra, quedará solamente en un suspiro de satisfacción y en una regañina del narrador. Este nos hace saber que, tras las peticiones efectuadas por los vecinos a la mesa municipal (cual carta colectiva a los Reyes Magos), llegada la noche, es el momento de meditar y de pensar en las ventajas o inconvenientes de las mismas: arado, trilladora, motocicleta, etc. Como también es el momento de soñar todo lo que se ha “sentido o deseado secretamente alguna vez”. Muy posiblemente, según nos dice la voz en off, lo solicitado por la docente han sido unos mapas pedagógicos para su escuela, acaso para que en ellos no aparezca ya el imperio austro-húngaro. La imagen presenta a la maestra, acostada en su cama, con gesto de satisfacción mientras se toca sus brazos… al tiempo que el narrador, con voz sorprendida y tono enérgico, grita: ¡¡Pero… señorita Eloísa!!

Salvo estos planos del personaje y las frases de la banda sonora, el sueño de la maestra queda para el espectador como una incógnita no resuelta. Será el guion de la película el que aclare el contenido del mismo y el modo cinematográfico de presentarlo. Al tiempo, los censores dejaron claro, desde el principio, que este sueño no debía mostrarse con características eróticas.

Pues bien, la señorita Eloísa, acostada en su cama, deja sentir sobre su cara ese airecillo tan agradable que entra por la ventana… los alumnos rodean a una maestra que ahora viste vaporoso traje de gasa y se toca con una llamativa pamela. Los niños de la escuela van transformándose en fornidos mocetones altísimos y rubios que forman un equipo de rugby americano; se acercan a la señorita, la rodean; ella queda bocarriba…  Tal momento de satisfacción es el que interrumpe el narrador.

Esta ausencia narrativa y, al tiempo, brutal elipsis respecto a los demás sueños, ha sido, a lo largo de medio siglo, motivo de múltiples preguntas a director, guionistas y productores. Las respuestas han ido variando según persona o situación. Berlanga ofreció explicaciones diversas: dificultad para encontrar jugadores de semejantes características físicas en la España de los 50, miedo a que la censura la suprimiera una vez rodada, etc. Sin duda, la productora debió temer que el carácter de esta secuencia arrastrara la película completa a su total prohibición. Y el sueño de la maestra quedó… como quedó.

Como los demás sueños, planteados, como hemos dicho, a modo de parodia de los géneros cinematográficos clásicos, este tendría una resolución en consonancia con la comedia americana de los años cuarenta; aunque, evidentemente, las sugerencias eróticas connotadas en la acción y actuación de tales personajes no era el elemento más idóneo para un domesticado cine español que, entonces, se regía por rigurosos parámetros del llamado “nacionalcatolicismo”.

Este bloque no filmado, sin necesidad de recurrir a Freud, evidencia “algo sentido o deseado secretamente alguna vez” (narrador dixit). Eloísa se sueña a sí misma en situación liberadora respecto a sus deseos reprimidos. Con la libertad otorgada por el sueño, la mujer, en el más amplio sentido del término, ha reemplazado a la profesional cualificada y socialmente reconocida.

Ilustración: Elvira Quintillá, caracterizada como la maestra de Villar del Río, en una imagen de Bienvenido Mr. Marshall.

Próximo artículo: El cortometraje El sueño de la maestra de la película Bienvenido Mr. Marshall (y II)