Enrique Colmena

La muerte de Paul Newman, como era de temer, ha hecho correr ríos de tinta sobre sus ojos azules, reputados universalmente como los más hermosos que haya tenido nunca un varón sobre la Tierra (ya se sabe lo dados que somos los humanos a la hipérbole: todas las semanas tenemos un partido del siglo, o una boda del siglo…). Parece que ha quedado atrás, como si fuera accesorio, una carrera espléndida como actor y también, aunque en menor medida, como director.
Nacido en 1925 en Cleveland, Ohio, el joven Paul Newman pronto comenzó a llamar la atención en sus primeras apariciones, que tuvieron lugar al comienzo de los años cincuenta en series de televisión y telefilmes. En 1954 aparece su rostro por primera vez en el cine en “El cáliz de plata”, una de cartón piedra que la Historia olvidaría si no fuera por su carácter de debú del actor en la gran pantalla. Poco después hace para Robert Wise “Marcado por el odio”, que revelará el gran carácter y la capacidad interpretativa de este chico que aún no había cumplido la treintena. Con Martín Ritt hace uno de sus primeros éxitos, “El largo y cálido verano”, y con Arthur Penn rueda “El zurdo”, peculiar visión de Billy El Niño., un western que en su momento se reputó como izquierdista (¿?).
En 1958 hace con Richard Brooks la primera de las dos adaptaciones de Tennessee Williams que ambos rodarán, con notable éxito: la primera es “La gata sobre el tejado de zinc” (en la España franquista el adjetivo “caliente” del título original se censuró), y la segunda, cuatro años más tarde, “Dulce pájaro de juventud”: en ambos está el cálido tono sureño tan propio de Williams, la pegajosidad erótica habitual de su teatro (y de las versiones que en el cine han sido), donde el joven Paul se movía como pez en el agua. Entre ambas pondrá su granito de arena en la causa sionista con la adaptación de “Éxodo” que hizo Otto Preminger, para afrontar en 1964 una de sus grandes películas, aunque quizá no de las más conocidas: “El buscavidas”, de Robert Rossen, una cumbre del cine de la década de los sesenta, que conocería una insospechada (y más que interesante) secuela veintidós años después en “El color del dinero”, entonces de la mano de Martin Scorsese, componiendo entre ambos un bellísimo díptico sobre la condición humana.
A partir de mediados de los sesenta Newman entra en una fase de madurez que se corresponde con su edad real: es entonces cuando interpreta ya a hombres adultos, a los que la juventud se les ha quedado ya atrás: “Harper, investigador privado”, en el 66, un policíaco que tendría continuidad años después en “Con el agua al cuello”. Ese mismo año hace su única colaboración con otro de los grandes del cine, Alfred Hitchcock, en “Cortina rasgada”, si bien es cierto que el cine de Hitch no casaba mucho con las cualidades e intereses de Ojos Azules (como se le llamaba entonces en la prensa rosa). En 1969 hace la primera de las dos películas que haría a las órdenes de George Roy Hill, “Dos hombres y un destino”, que sería un éxito y le consagraría como el gran actor maduro que ya era, repitiendo unos años después con igual director y coprotagonista en “El golpe”, un auténtico éxito mundial, con lluvia de Oscars incluida. Entre ambos títulos aún tuvo tiempo para ponerse a las órdenes de John Huston en “El juez de la horca”, donde aparecía con un aspecto bastante más desaliñado de lo habitual, en un bronco papel que presentaba perfiles distintos de los habitualmente positivos en los que estaba encorsetado.
A partir de 1974 comienza a intervenir también en filmes alimenticios, como “El coloso en llamas”, de John Guillermin, uno de los grandes “blockbusters” del cine de catástrofes, muy en boga en aquella década. A pesar de ello, Newman mantenía su interés por otro tipo de cine, como en “Buffalo Bill y los indios”, una desmitificación en clave de desencanto bajo la batuta de Robert Altman. En la década de los ochenta Paul interviene en varios filmes en los que ya aparece como el sesentón que era, a las órdenes de directores de prestigio: “Ausencia de malicia”, para Sydney Pollack, “Veredicto final”, para Sidney Lumet, la ya mentada “El color del dinero”, para Scorsese. En los noventa continúa con esta tónica, tanto con veteranos consagrados, como James Ivory, para el que hace “Esperando a Mr. Bridge”, como con nuevos pero pujantes valores, como los hermanos Joel y Ethan Coen, en “El gran salto”. A partir de ahí su estrella de setentón se desvanece en títulos prescindibles, aunque estén bajo la férula del otrora interesante Robert Benton, para el que rueda dos películas, “Ni un pelo de tonto” y “Al caer el sol”. En 2002, por fin, realiza su última gran interpretación, el capomafia de “Camino a la perdición”, la gran película de Sam Mendes, que puede considerarse, con rigor, como el testamento cinematográfico interpretativo de Ojos Azules.
Como director su carrera fue mucho más corta, apenas cinco títulos, entre ellos un encargo, “Casta invencible”, olvidable, otro que fue un homenaje a su hijo prematuramente muerto, “Harry e hijo”, y tres títulos de interés, su debú en la dirección, “Rachel, Rachel”; la que se puede considerar su mejor película, “El efecto de los rayos gamma sobre las margaritas”, excelente disección del alma femenina; y su canto del cisne como director, una cuidada, dolorosa adaptación de “El zoo humano”, de nuevo con material literario de Tennessee Williams.
Así que los ojos azules fueron, quizá, anecdóticos. Con la muerte de Paul Newman (retirado no obstante hace un par de años) se va el último grande de la generación de oro de Hollywood, la que empezó a hacer cine en los años cuarenta y cincuenta. Fue un inmenso actor que supo adaptarse a sus edades y dar lo mejor de sí mismo en cada una de ellas. Es cierto que en sus películas nos queda su mirada infinitamente azul, pero sobre todo nos queda su carisma, su capacidad interpretativa, ese animal cinematográfico que aquel chico tímido de Cleveland llegaría a ser…