Rafael Utrera Macías

Y yo… programa de televisión española.

Con el título Platero y yo, Televisión Española, en 1976, emitió un programa de 55 minutos de duración perteneciente a la serie “Los libros”. Interpretado en sus principales papeles por Agustín González (Juan Ramón Jiménez) y Gerardo Malla (Tacho Moreno, presentador de televisión), fue dirigido por Enrique Nicanor según guión de Miguel Marías.

Como bien recoge el profesor Luis Miguel Fernández en su reciente “Escritores y televisión durante el franquismo”, Televisión Española había tratado la figura de Juan Ramón Jiménez en los programas La Andalucía  de Juan Ramón Jiménez (“La víspera de nuestro tiempo”) y Juan Ramón Jiménez (“Biografías”) y, el conjunto de su obra, en “Poesía e Imagen”; el título Platero y yo había sido tratado en “Libros que hay que tener” y, ya en etapa democrática, en el citado “Los libros”.

Con el formato característico de su segunda época (supresión de presentación y voz en off), el programa “Los libros” seleccionaba fragmentos de obras de las que, al no poderse dar completas, se  dramatizaban los pasajes más significativos, al tiempo que se invitaba al conocimiento de la obra original. La serie, aplaudida por la crítica y avalada por buenos índices de audiencia, se convertía en “espacio de inteligencia crítica” por más que, en algunos casos, recibiera el impacto de la censura al entrar en conflicto con los planteamientos políticos y morales de la época; no olvidemos que el gobierno estaba aún presidido por Arias Navarro aunque, en breve, sería sustituido por Adolfo Suárez.

Televisión Española, en 1976, comienza a grabar los telediarios en color y estrena programas como “A fondo”, de Joaquín Soler Serrano y “La clave”, de José Luis Balbín. Platero y yo fue emitido el 17 de mayo,  por la primera cadena, en horario nocturno (22.15 horas), con buenos resultados de audiencia.

Marías, el guionista, y Nicanor, el realizador, sitúan la acción, espacialmente, en la casa de Juan Ramón de San Juan de Puerto Rico, y, temporalmente, en 1956, justo al día siguiente de haberle sido concedido el Premio Nóbel de Literatura. Un momento delicado para el poeta porque la contenida alegría de la noticia se mezcla con la preocupación por la enfermedad de Zenobia, su esposa, ingresada en un sanatorio. Un Juan Ramón, solo y abatido, indefenso sin la presencia de su mujer, abre la puerta a un equipo de televisión que viene a hacerle una entrevista en razón del premio concedido. Del grupo destacan el entrevistador, Tacho Moreno, “del canal 12”, y la secretaria; cámara y sonidista, junto a eléctricos e iluminadores, hacen su trabajo a las órdenes del presentador, por lo que funcionan como meros figurantes en la historia.

Desde el principio encontramos dos personajes principales, entrevistador/entrevistado, Tacho/Juan Ramón, tan diferentes en edad como en conocimientos literarios y planteamientos profesionales. El primero quiere una entrevista ligera que pretende ofrecer al personaje en su hábitat cotidiano. El poeta se agobia porque querría un cuestionario a fin de ser preciso en las respuestas;  ante la trivialidad de las preguntas, la ignorancia supina del entrevistador sobre su obra, los cambios de espacios del salón a la biblioteca, etc., pierde la calma porque aquello le parece una locura; por si algo faltara, el televisivo presentador, en el tono más retórico, ampuloso, gesticulante y falso, advierte a la audiencia que la entrevista se ofrece por gentileza de una conocida marca de cerveza.

La estructura del programa se organiza en función de dos espacios diferentes: la ya citada casa del poeta en Puerto  Rico y, mediante una especie de “flash-back”, el pueblo de Moguer, con distintas referencias tanto a su biografía personal como a personajes y situaciones vinculadas a Platero y yo.

La dialéctica mantenida por ambos interlocutores se establece entre ignorancia y sabiduría, entre vulgares tópicos literarios y sensible sentido poético, entre desconocimiento de la obra que suscita la entrevista y la experiencia de la creación literaria que busca continuadamente la perfección.

La discusión en torno a los conceptos de poesía, prosa, prosa poética, etc., obliga a elemental aclaración sobre la falaz frontera de los géneros. La aseveración de que Platero y yo es una fábula escrita para niños obliga al moguerense a desmentirla continuadamente. El desconocimiento de que el burrito amigo no tuvo existencia real sino que es licencia poética o recurso literario para entablar “conversación” con un interlocutor que no le contradiga, etc., es una de tantas respuestas que ponen en entredicho al profesional de la cámara y le obligan a cortar la filmación.

La lectura que Juan Ramón (en acertada recitación del intérprete) hace de distintos fragmentos de la obra obedece a la composición y estructura del programa. La elección de unos y otros perfila el carácter del libro, la relación del autor con su personaje, la función de los sentimientos proyectados sobre humanos y animales, la conciencia del escritor como testigo de la naturaleza, de la  creación, y otros valores y sentimientos acumulados en su prosa poética por el andaluz universal.

Los diversos capítulos leídos por el autor aportan verosimilitud poética y humano sentimiento. Oímos la narración acompañada de una textura poética que nace de la propia vivencia de quien lo escribió llámese “La fábula” (cap. 125), “Remanso” (cap. 28), “La torre” (cap. 129). El “flash-back” nos transporta a la tierra de nacimiento del poeta y allí habrá ocasión, transitando por sus blancas calles, visitando la casa donde vivió, subiendo a “La azotea” (cap. 21) para ver el horizonte, saber dónde estaba y qué pasó en “La calle de la ribera” (cap. 117), explicar dónde vivía “El niño tonto” (cap. 17). Y para acabar, “La muerte” (132): encontró a Platero en la cuadra, en su cama de paja por donde “revolaba una bella mariposa de tres colores”.

En consecuencia, la estructura del programa va desde el “exterior”, ignorante, al “interior”, sabio. El poeta que se ha abierto a los demás en acto de extrema generosidad, se encierra, en ausencia de su esposa, otra vez sobre sí mismo, en su propia soledad.

EstePlatero y yo funciona a modo de metonimia. El autor, presente, evoca los pasajes seleccionados; leídos con buena voz y mejor dicción, son tan eficaces comunicadores como la mejor ilustración de cualquiera de los capítulos citados. Los objetivos de un programa televisivo se han cumplido satisfactoriamente y, muchos años después, sigue sin perder tanto su alto valor pedagógico como su acertada interpretación.

Pie de foto: Rodaje de Platero y yo, programa de Televisión Española de la serie "Los libros".