Enrique Colmena

Cuando se escriben estas líneas la recaudación bruta del filme de Jaume Balagueró y Paco Plaza, sobre la gira de este verano de los cantantes de Operación Triunfo, no alcanzaba ni siquiera los dos millones de euros, una cifra muy inferior a la que se esperaba conseguir con este documental sobre los protagonistas del fenómeno televisivo más importante no ya del curso 2001-2002, ni siquiera de la década en la que estamos, sino probablemente de la historia de todas las televisiones españolas.
Recordémoslo, y demos así ocasión a los visitantes de esta web que no sean españoles a saber de qué estamos hablando. En octubre de 2001 Televisión Española inició un novedoso (al menos aquí lo era) concurso que parecía mezclar varias fórmulas anteriores que se habían demostrado eficaces: por un lado, el "reality show" de convivencia que suponía "Gran Hermano", por aquel entonces con dos ediciones que habían sido grandes éxitos de audiencia; pero el componente "voyeurístico" y ciertamente de infratelevisión que suponía asistir al lamentable espectáculo de un grupo de jóvenes holgazaneando todo el día y sin dar un palo al agua se compensaba más que apreciablemente en el nuevo concurso de TVE al ser éste, en realidad, un programa que pretendía formar a un grupo de jóvenes cantantes en ciernes, tomando para ello prestada la fórmula de programas contemporáneos como "Lluvia de estrellas", o más antiguamente, "Gente joven", o incluso antes aún (a principios de los años setenta, o lo que es lo mismo, el milenio pasado, literalmente), "La gran ocasión". De esta afortunada mezcla de "reality" y concurso promocional de voces nuevas surgió uno de los espacios más vistos de los canales televisivos españoles a lo largo de toda su existencia, con un imparable crecimiento en las cifras de "share", hasta machacar a todos sus competidores del lunes, día en el que tenían lugar las galas para ir eliminando, uno a uno (como en las novelas de Agatha Christie, qué propio...) a los cantantes menos aventajados. La emisión en la que se eligió al triunvirato vencedor (perdón, había una señorita, por lo que habrá que decir tríada) se convirtió en el programa más visto en toda la historia de las televisiones de España.
Las razones del éxito de Operación Triunfo no fueron sólo una afortunada combinación de fórmulas, sino otras muchas: la conjunción de éstas fue bien medida, sin pasarse en un sentido ni en otro: había convivencia pero no morbo; había canciones pero no sólo canciones, sino también interpretación, danza, coreografía, expresión corporal... y relaciones humanas, un grupo que se comportó con admirable solidaridad y compañerismo durante tres largos meses de convivencia. Además, y sobre todo, O.T. descubrió algo, quizá sin proponérselo, que después otros han intentado rentabilizar: la audiencia estaba deseosa de ver un programa alejado de las telebasuras que nos tenían invadidos: el propio "Gran hermano", o las "Crónicas Marcianas" de Sardá, o los diez mil millones de programas sobre personajillos de la vida rosa, esos que son famosos no por sí mismos sino por haber sido novios, o amantes, o hermanos, o... de otros populares, o que a su vez lo son por haber pasado por algún lecho más o menos ilustre.
La gente en España estaba sedienta de un programa que, para variar, no supusiera meter en su casa, en su salita de estar, entre el sofá y la mesa camilla, una pocilga en la que, noche tras noche, se veía obligada a hozar como un cerdo más. Ésa, seguramente, es la clave definitiva del triunfo de Operación Triunfo (casi me sale un palíndromo...). La fórmula era sencilla, como todas las buenas fórmulas, pero nadie la había ensayado hasta entonces con la exactitud de unos ingredientes que se revelaron irresistibles: dieciséis chicos, ocho y ocho por sexos, encerrados con un solo juguete, que resulta ser no las posibles relaciones sexuales entre ellos, sino su esfuerzo cotidiano, tenaz, voluntarioso, para mejorar su tono de voz, su timbre, su saber estar en un escenario... mejorar su condición de artista, en suma. Y todo ello en un grupo de jóvenes, entre los 18 y los 30 años, que parecían escogidos a posta (seguro que lo estaban...). Durante los tres meses largos en los que permanecieron en la Academia no hubo ni un escándalo, ni una ocasión para el morbo, ni nada que no fuera esfuerzo, ganas de superación, lucha sana y compañerismo. Vamos, como los míticos chicos de "Viva la gente" pero en español, y sobre todo, con una autenticidad que dejaba a los mozalbetes yanquis de aquel legendario grupo a la altura de unos boy-scouts de la música.
Esa fórmula caló, y de qué forma, en la sociedad española, que lunes tras lunes, durante tres meses, fue incrementando inexorablemente la audiencia de las galas de eliminación hasta que las cadenas rivales de TVE arrojaron descaradamente la toalla, optando por rellenar esa noche con cualquier saldo o material de derribo. Los discos semanales de las galas se convirtieron instantáneamente en números uno, y los nombres de Rosa, Bisbal, Bustamante, Chenoa, Nuria Fergó, Manu Tenorio, y un largo etcétera de jóvenes valores se hicieron tan famosos como los más populares (y queridos) personajes españoles de cualquier disciplina. Los indisimulados intentos de copiar la fórmula, con variantes ("Popstars", "Escuela de Actores"), fracasaron estrepitosamente: y es que ya se sabe el dicho: "de mis imitadores serán mis defectos...".
Así las cosas, parecía que lo de rodar una película sobre el fenómeno audiovisual por excelencia de las televisiones españolas estaba cantado, y nunca mejor dicho; de ahí surge "OT la película", dirigida por Jaume Balagueró (sí, sí, el de "Los sin nombre" y "Darkness") y Paco Plaza, un documental que podría denominarse más adecuadamente casi docu-drama, puesto que guioniza situaciones vividas y las reproduce para la gran pantalla. Sin embargo, las expectativas no se han cumplido y, aunque ha tenido cierta repercusión en taquilla, el rápido desfondamiento desde la segunda semana indica que la empresa de llevar al cine el exitoso programa televisivo no fue una buena idea.
Hace años que sostengo la tesis de que los públicos cinematográfico y televisivos no son concomitantes, y con frecuencia ni siquiera se interseccionan. Hace cinco años el éxito en televisión era Lina Morgan y su "Hostal Royal Manzanares", donde desplegaba toda su amplia retahíla de morisquetas. Arrasaba los jueves, que era cuando se emitía la serie. En ese mismo año, y probablemente al olor de tan gran éxito, se rodó para cine una comedia con Lina Morgan como estrella y gran reclamo, titulada "Hermana, ¿pero qué has hecho?", en la que la cómica volvía a mostrar su generosa panoplia de gesticulaciones; sin embargo, aquel filme supuestamente llamado al éxito más estrepitoso fue uno de los grandes batacazos de la década: nadie fue a verlo. ¿Dónde estaban, entonces, los cinco y seis millones de telespectadores que semanalmente veían la serie? Pues, efectivamente, en sus casas, viendo a Lina Morgan o cualquier otra cosa. Valga este botón de muestra como prueba de que los públicos de cine y de televisión, con frecuencia, no tienen nada que ver entre sí. Con "OT la película", con toda probabilidad, ha debido ocurrir algo parecido: los quince millones de espectadores que siguieron en vilo la gala de clasificación final de los tres ganadores se han quedado en casa, tan frescos, mientras que sólo unos escasos cientos de miles de espectadores han pasado por las taquillas de los cines.
En definitiva, y a riesgo de ser pesado: a ver si nos enteramos de que el público de cine no tiene por qué ser (con frecuencia no lo es, aunque haya ocasiones contadas en que coincidan) el público de televisión. ¿Ustedes creen que aprenderán la lección? Seguro que no...