Rafael Utrera Macías

Víctor Jiménez (Sevilla. 1957) ejerce la docencia como profesor de  instituto y es, al tiempo, reconocido poeta.  Entre su producción, destacan “Cuando venga la luz”. “Las cosas por su sombra”, “Tango para engañar a la tristeza”, “Taberna inglesa”, así como la antología “El tiempo entre los labios”, que selecciona escritos desde 1984 hasta 2008.  Tomando como motivo de inspiración su dedicación a la enseñanza, en “Al pie de la letra” (2011), el centro docente se erige tanto en lugar de paz como en campo de batalla, real en unos casos, metafórica en otros, donde sectores del alumnado y del profesorado, colectiva o individualmente, entrecruzan sus vidas o las hacen correr paralelamente; el discurrir escolar, está visto desde un ángulo, la madura o inmadura adolescencia, o desde el contrario, las ilusiones académicas perdidas por mor de los estatus más modernos o de los protocolos más pasivos.

Un poema de este libro, “Ceremonia de clausura” parecería anunciar ya el poemario siguiente: la descripción de una fiesta “fin de curso” la moldeaba el autor con una selección de términos procedentes del léxico cinematográfico de tal manera que el lugar de celebración parece “como un cine vacío”, la ceremonia académica se siente como película de humor negro, en la que se reconoce tanto a estrellas importantes como a actores de reparto, y el acomodador, testigo de los hechos, “más solo y más cansado cada curso”, no da crédito “a lo que ven sus ojos”.

Más recientemente, Jiménez ha sido ganador del premio de poesía Fray Luis de León con un poema cuya composición agrupa tres décimas y responde en su estructura a un “madrigal”. En razón a su composición y temática, fue denominado “Madrigal de una noche de verano” y, con posterioridad, “El sueño de una noche de verano” al ser incluido en el nuevo volumen del autor, que ahora comentamos: “La mesa italiana” (Renacimiento. Sevilla. 2015).

El título del libro, “La mesa italiana”, hace referencia, como el mismo autor aclara, a la lectura conjunta que autores y artistas hacen de la obra elegida antes de ser representada, filmada, etc. El propio cine ha mostrado este procedimiento en películas donde la temática teatral o cinematográfica lo tenían como motivo; un excelente ejemplo de ello sería el ofrecido por José Luis García Sánchez en algunas secuencias de su trilogía Martes de Carnaval, de  Valle Inclán; en efecto, cuando Don Estrafalario (Julio Diamante) y Don Manolito (Jesús Franco) entran, allá por 1928, en el madrileño Círculo de Bellas Artes, se disponen a oír la lectura de “Las galas del difunto” por parte de “una humilde compañía de actores”, sentados para la ocasión ante una gran mesa; la competencia de los Álvarez Quintero dejará esta sala vacía aunque un delegado gubernativo pretenderá, sin éxito, clausurar la sesión. Durante el desarrollo de esta “mesa italiana” se mostrará al espectador cinematográfico el desarrollo visual de la obra mientras el elenco recita e interpreta sus correspondientes papeles.

Esta secuencia, con la sola imagen y la voz en off, podría servir como telón de fondo para escuchar el recitado del soneto que, repitiendo el título del libro, Jiménez  coloca en el frontispicio de su poemario; estructurado por los tradicionales catorce versos, funciona de forma semejante a como lo hace el trailer de una película, donde se condensa ese “guión inacabado de tu vida” compuesto por pasiones y sinsabores, alegrías de infancia y desengaños de madurez.


El libro se adscribe a ese específico género literario en el que los poemas están conformados por títulos, alusiones y referencias a temáticas cinematográficas. En efecto, una mirada al índice permite comprobar que los títulos de las poesías remiten, generalmente, a películas homónimas, unas veces de  gran reconocimiento popular y otras de específico guiño cinéfilo; de ellas, el autor no precisa ningún elemento más (director, nacionalidad, año, versión, etc.), de manera que es sólo este factor el que establecerá las relaciones entre film y poema. Como diría Ortega y Gasset respecto a la función de ciertos elementos: estamos ante un marco (título del film), delimitador de un cuadro (poema) que establece la pertinente separación entre lo que está fuera de él y lo que está dentro; elementos separados, en efecto, pero relacionados entre sí. En aquellos poemas donde se utilicen esos materiales cinematográficos, los señalaremos oportunamente. Por nuestra parte, hemos establecido un apéndice, al final del artículo,  con la relación de títulos mencionados indicando nombre del director y año de producción, de manera que un curioso lector pueda tanto leer el poema como acudir a su homónimo film.

El prólogo del poeta Juan Lamillar nos advierte muy bien acerca de los vericuetos poéticos por donde transita el poemario (descartado, no sin cierto toque de humor, el relativo a la gastronomía) y su pertinente relación con la temática cinematográfica: “no es, contra lo que pudiera parecer, un libro de poemas sobre cine (…) no nos habla de las películas que los títulos parecen anunciar sino que se ampara en ellos para desplegar una geografía (una cinematografía) personal de circunstancias y pensamientos” al tiempo que conforma “una variada cartelera de incertidumbres”. No es extraño, por ello, según Jiménez explica, que algunos poemas hayan modificado su título desde una primera denominación a la que ahora figura en este volumen, lo que parece certificar esas atinadas explicaciones del prologuista.

Cada parte del poemario se ampara bajo la advocación de un autor, Sánchez Rosillo, Benedetti, Hall, Bécquer, quienes con su cita orientan y modulan el variado discurso del autor hacia el recuerdo y la melancolía, la soledad y la nostalgia, lo soñado y lo vivido, en tantos casos, mediando la sugerencia o la evocación cinematográfica para una mejor plasmación literaria.


De “Niebla en el pasado” a “Un puente lejano”

El poeta desciende hasta los fondos de su infancia para recuperar cuanto pueda de ella, sea lo más significativo, sea aquello que ha quedado suspendido en la memoria, o cuantos sentimientos han permanecido grabados a sangre y fuego en el imperecedero recuerdo. Como personajes, sean principales o secundarios, los miembros más próximos de la familia, auque también otros que, llegados desde la tradición, los Reyes Magos, o desde el libro o la pantalla, Oliver Twist, hacen revivir tanto un pasado gozoso como una pesadilla infernal; sólo una madre redentora podrá trasladarle a un presente más feliz, a un estadio más dichoso: “….buenos días,/ Oliver, mi pequeño, ya pasaron/ el frío, el hambre, el miedo, el abandono…”. 

A este recuerdo infantil no son ajenos los espacios donde el niño, el adolescente, vive los tiempos escolares junto a colegas afines o advenedizos y sus momentos lúdicos en compañía de los amigos. Serán estos últimos los que, “en el lejano oeste de la infancia”, actuando  como “forajidos de leyenda”, efectúan el “asalto y robo a un tren” (como también podría titularse el poema), cargado del ansiado pan de Alcalá, al que los muchachos “a los vagones, de ilusión armados,/ suben y el golpe dan, enmascarados”. En “Con la vida en los talones”, el poeta le retuerce el título al maestro del suspense cinematográfico para relatar un primer encuentro adolescente al que ella llega “con más piernas que falda y con tacones” y al que él, con la experiencia juvenil en ciernes, sólo supo escapar, como en el título se advierte. Es en ese barrio de la infancia donde trenes y puentes funcionan como metáforas de un pasado que, con el correr del tiempo, han modificado sus estructuras, de igual modo que el narrador, siendo el mismo, es ya otro hombre tan sobrepasado de experiencias como cargado de edad.


Entre “Cyrano de Bergerac” y “El sueño de una noche de verano”

En el segundo bloque encontramos una serie de relaciones interpersonales donde la amistad y el amor actúan de muy distintas maneras y ejercen sobre los personajes principales su poderoso influjo. Tristeza y soledad, ausencia y olvido, aunque también plácido sueño de pareja, dulzura en el quererse, sexualidad gozada. La amistad entre dos, “un camino de rosas sin espinas”, vista desde fuera, emparenta el poema con ese Cyrano (¿José Ferrer o Gérard Depardieu?) que apunta las palabras amorosas a un amigo dirigidas a la amada de éste (PINCHE AQUÍ). Y luego, la “escapada de película” de ella deviene para él en “desencanto” y “cruda soledad”. Por eso, el título del film se trasmuta y, en virtud de ciertas circunstancias, “cuando me olvidas tú, cuando me ignoras”, cuando “tú por mi nombre no me llamas”, no es posible decir “al este del edén” sino “del desdén”.

En otro ámbito, son los factores amorosos y sexuales donde la carnalidad se hace presente. Así, podemos comprobar que una traslación de contexto convierte las complejas y criticables glorias militares del film de Kubrick en delicado paseo por el cuerpo femenino a la conquista de esas íntimas “dos cimas” tras las cuales se llega a esa “meta final que sabe a gloria”. Con un sugerido desenlace semejante y unas estrofas de métrica ejemplar, “El sueño de una noche de verano” encadena las tres décimas para focalizar el encuentro con la amiga y los efectos y afectos producidos en ambos hasta que las sugerentes metáforas finales cierren la narración de los hechos. Más allá del shakespeariano título y de las tres versiones que en el cine han sido, este madrigal es uno de nuestros poemas preferidos; su armazón narrativo lo hace idóneo para sugerente canción o, acaso, como esbozo de posible guión para cortometraje. Del mismo modo,  sus tres únicos versos octosílabos sitúan a “Valentine´s Day” en los dominios del flamenco aunque un publicitario inspirado sería capaz de transformarlo en impactante spot: “No sé nunca en esta fecha,/ por más vueltas que le doy,/ qué regalarle a tu ausencia”.


De “Extraños en un tren” a “Con las botas puestas”

Se cruzan muy distintos elementos temáticos en este bloque; de una parte, escenas “reales como la vida misma” y de otra, esos aspectos que circulan habitualmente por la poesía a la espera de que cada poeta lo describa a su modo, según su entender y su decir: la fugacidad de la vida, el discurrir del tiempo, la llegada de la muerte;  y ello, sin perder de vista otros aspectos puestos de manifiesto en poemas anteriores, desde la soledad a la tristeza; en ellos, la cita de Antonio Machado se turna con el recuerdo a Walt Whitman y algún eco de Rubén se cruza con otro de Juan Ramón.

Resulta lacerante ese “grito en la oscuridad” lanzado por una niña “de más de ochenta años” a la que una cruel enfermedad le va borrando “su memoria, su vida” mientras a los demás “se nos escapa el tiempo” sin haber sabido descifrar “las claves de la muerte”. Esa muerte que se llevó al amigo, al compañero y al que Jiménez le dedica un hermoso poema en el que, metafóricamente, la cinta de la película está pasando desde el final al principio para que en ese “regreso al pasado” no se olviden cada una de las estaciones profesionales donde dejó su huella docente. Y concluye: “…Dios espera/ para ser tú más Dios y Él más humano”.  O, con otro final, se nos describe esa ancianidad de dos en compañía, si no es esa compañía de dos en soledad que, como “extraños en un tren”, “…en vía muerta,/ no tiene más destino que la nada”.

En “Con las botas puestas”, hace suyos nombres de personajes y actores así como aspectos argumentales de la película Murieron con las botas puestas (Raoul Walsh. 1941), por ello es uno de los poemas con más ingredientes cinematográficos propiamente dichos: el elemento “metafórico” de la película (Errol Flynn / Custer, Olivia de Havilland /Beth) y el elemento “real” de la vida (yo, vos) establecen sus correspondientes paralelismos en el relato. Una legendaria frase del general a su esposa la recoge el poeta para hacerla suya y trasladársela a su amada: “ha sido  - y sigue siendo- muy hermoso/ caminar a su lado por la vida” (PINCHE AQUÍ)


De la métrica  al metraje

El poeta demuestra pleno dominio sobre las estrofas clásicas; inspirado sonetista en sus diversas modalidades, dotado para el madrigal, entre otras variadas estrofas, combina oportunamente el arte mayor con el menor; la preferencia por el endecasílabo y heptasílabo en poemas de muy diversa extensión no impide, cuando la ocasión lo exige,  la presencia del alejandrino con su correspondiente par de hemistiquios acogiendo acertadamente los asuntos del poema.

Las películas elegidas para la titulación de sus trabajos pertenecen, sin excepciones, al cine sonoro; buena parte de ellas son contemporáneas a las distintas etapas cronológicas de la biografía del poeta. Los films elegidos son largometrajes de ficción por lo que se prescinde de otras opciones como documentales o cortometrajes.


Pregúntale al viento

Sobre leves apoyaturas de citas becquerianas donde surge la duda en los límites de lo soñado y lo vivido, se construye el poema “Pregúntale al viento” cuyo título remite al homónimo film (Pregúntale al viento. R. Towne. 2005), que desarrolla, junto a otros temas, una agresiva relación de amor-odio entre los personajes (interpretados por Salma Hayek y Colin Farrell) situados en un contexto urbano de Los Ángeles, marcado por la marginalidad. Pero ese título, no es aquí más que un “marco” en cuyo cuadro se van a inscribir factores bien distintos, antes de que aparezca, real o imaginada, la palabra “fin”, es decir, acabada la lectura del poemario o, si se quiere, el “visionado” de las películas “proyectadas” en sus páginas, el poeta interroga a su lector amigo (“¿de quién hablo?”) y, como en esos filmes que ilustran los largos créditos finales con sintéticas secuencias ya vistas, o como en esos otros que, repitiendo el principio, otorgan nuevo sentido al final, el autor de “La mesa italiana” reúne a todos los “actores” que en el poemario han sido y que “el tiempo sin sentido fue filmando”. Este poema “corolario”, invoca por dos veces al “amigo”, lector interesado por la identidad de los personajes, quien, advertido desde el mismo título, oirá decir: “Pregúntale al viento”. Suponemos que, ese viento es, precisamente, viento de cine.


Apéndice filmográfico

I
Niebla en el pasado (Mervin Le Roy. 1942), Crónica del alba (Antonio J. Betancor. 1983), Forajidos de leyenda (Walter Hill. 1980), Con la muerte en los talones (Alfred Hitchcock. 1959), Estación Términi (Vittorio de Sica. 1952), Éxodo (Otto Preminger. 1960), Un puente lejano (Richard Attenborough. 1977).

II
Cyrano de Bergerac (Michael Gordon. 1950. Jean P. Rappeneau. 1990), La huida (Sam Peckinpah. 1972), El hombre tranquilo (John Ford. 1952), El sueño de una noche de verano (William Dieterle. 1935. Jiri Trnka. 1958. Michael Hoffman. 1999), Senderos de gloria (Stanley Kubrick. 1957), Al este del edén (Elia Kazan. 1955),

III
El fotógrafo del pánico (Michael Powell. 1960), El gran Gatsby (Jack Clayton. 1973), La sombra de una duda (Alfred Hitchcock. 1943), Un grito en la oscuridad (Fred Schepisi. 1988), Tierras de penumbra (Richard Attenborough. 1993), Regreso al pasado (Jacques Tourneur. 1947), Extraños en un tren (Alfred Hitchcock. 1951), La red social (David Fincher. 2010),  Juan Nadie (Frank Capra. 1940), Un lugar donde refugiarse (Lasse Hallström. 2013), En el nombre del padre (Marco Bellocchio. 1971. Jim Sheridan. 1993), Balada triste de trompeta (Álex de la Iglesia. 2010), El poderoso influjo de la luna (Antonio del Real. 1980), El último viaje (Guy Bee. 2004), Otoño tardío (Yasujiro Ozu. 1960), El secreto de sus ojos (Billy Ray. 2015), Grandes esperanzas (David Lean. 1947. Alfonso Cuarón. 1998), Alatriste (Agustín Díaz Yanes.  2006) (PINCHE AQUÍ), Retrato de una dama (Jane Campion. 1990), Días de verano.  (500) días juntos (Marc Webb. 2009), Murieron con las botas puestas (Raoul Walsh.  1941).

IV
Pregúntale al viento (R. Towne. 2005)