Película: Call me by your name

Luca Guadagnino es un guionista, productor y director de cine italiano, cuarentón largo cuando se escriben estas líneas. Tiene una ya bastante dilatada filmografía en la que abundan los documentales y los cortos y escasean los largometrajes; entre estos cabría citar algunos títulos, como Melissa P. (2005), que en su momento se nimbó de escándalo; Yo soy el amor (2009), que se reputó viscontiana; y Cegados por el sol (2015), libérrimo “remake” de La piscina (1969), de Jacques Deray; ahora está preparando otro “remake”, en este caso de la famosa Suspiria (1977), de Dario Argento. Quiere decirse que Guadagnino podría ser un nombre perfectamente utilizable para ilustrar la definición de “ecléctico”, una persona que no se ajusta a un único género o manifestación artística, sino que bucea, busca, curiosea, plasma su pensamiento, tal vez su arte, en muy diversos tipos de creaciones cinematográficas, sin ajustarse a un mismo patrón que desarrollara incesantemente, como tan habitual suele ser en los que se denominan (quizá fatuamente) “autores”.

Norte de Italia, una inmensa casona rural, en el verano de 1983. Allí vive plácidamente una familia formada por los padres cincuentones: él, al que todos llaman Mr. Perlman, es norteamericano; de ella, Annella, no queda clara su nacionalidad: por el nombre pudiera ser italiana; y Elio, el hijo adolescente de 17 años; su etnia es la judía, aunque no ejercen como tales, salvo en contadas ocasiones (celebraciones, etcétera), más por el placer del rito que por la religión. Como todos los veranos, llega desde Estados Unidos un joven licenciado para ayudar a Mr. Perlman en sus trabajos de investigación arqueológicos en la zona; el de ese año, Oliver, pronto se convierte en la atracción del lugar: las chicas se lo rifan, mientras que Elio mantiene con él una relación entre distante y cordial...

Call me by your name (tirón de orejas a los distribuidores: no hay razón alguna para no retitularla con la traducción literal, “Llámame por tu nombre”, máxime cuando fue el título que llevó en España la novela de André Aciman al publicarla Alfaguara en 2008) es, con toda probabilidad, su mejor película de ficción hasta la fecha. Sin embargo, y dejando sentado que es una obra más que interesante, debo decir que, en mi opinión, es una obra desajustada, excesivamente alargada y descompensada entre sus dos partes. El hecho de que hasta el minuto 50 (de los 130 del metraje) no se establezca el punto de inflexión en la relación hasta entonces aparentemente amorfa de los dos personajes, me parece que juega en contra de la trama dramática, romántica, del film. Es cierto que se requiere un tiempo para que asistamos, de una forma tan callada, al proceso de fascinación que el adolescente irá desarrollando hacia ese adulto que ha llegado a su hábitat natural y, a la manera del ángel del Teorema pasoliniano, ha revolucionado a todo espécimen humano en edad de merecer. Pero ese tiempo se nos antoja en exceso dilatado, tan sutil que sólo el conocimiento previo por parte del espectador de por dónde van los tiros le permite saber qué está pasando en esos tres cuartos de hora iniciales.

A partir de ahí, de la prodigiosa escena en la que Guadagnino hace que los dos personajes pongan las cartas sobre la mesa, en la plaza del pueblo, mientras circunvalan, cada uno por un lado, el monumento que recuerda una bárbara batalla de la Primera Guerra Mundial; a partir de esa escena, decimos, en la que Elio dirá, por primera vez, aunque de una forma críptica, cuáles cree que son sus sentimientos hacia Oliver, es cuando el film gana en grosor, en intensidad, toma cuerpo y los propios personajes se hacen creíbles; porque hasta entonces el del norteamericano no era sino un estereotipo, el extranjero que fascina a todos, pero que no es humano, parece solo un mito sin carne ni sangre. Será entonces cuando conozcamos mejor a este hombre que, como el adolescente, tampoco tiene demasiado claro qué es lo que quiere hacer con su vida.

Film hermoso, sereno, sensible, sutilísimo, está basado, como decíamos, en la novela homónima del escritor de origen egipcio André Aciman (sefardí, por cierto: el ladino, el español de los judíos expulsados por los Reyes Católicos de España, se hablaba en su casa con naturalidad, junto a otros idiomas), un reconocido profesor, novelista y ensayista, que tiene también un pequeño papel en el film, y que aporta la materia evanescente de este proceso de inicial fascinación, posterior enamoramiento de un adolescente, un chico en esa fase tan difícil de la vida en la que ya no se es el niño que adora jugar, pero tampoco el adulto que habrá de afrontar los sinsabores de la madurez. Sus dudas, con la relación que, como reacción a esos sentimientos que están surgiendo en él, inicia con una chica de su edad, van precisamente en esa dirección del desconcierto, el desnortamiento de un muchacho que no sabe qué le está pasando y por qué le está pasando a él.

Llama la atención la no sólo comprensiva, sino incluso alentadora postura del padre del muchacho, en una época, principios de los años ochenta, en la que resulta extraño pudiera existir ese abierto posicionamiento paterno; habrá que entender entonces que la formación liberal del progenitor, la atmósfera de plena libertad de la casa, el natural poliglotismo de la familia (italiano, francés, inglés, hebreo...), el amor por las bellas artes y por la música, facilitaba una mirada alejada de la tan habitual, en estos casos, reacción agresiva, por no decir violenta.

Película como decimos descompensada, eso no significa, ni mucho menos, que sea fallida; al contrario, globalmente es una obra hermosa, melancólica pero no triste, la crónica de un despertar diferente a la sensualidad, a la sexualidad, al amor; eso sí, es un film no recomendable para personas de mente estrecha, lectores de un solo libro (o periódico...), o seres que se refugien, melindrosos, en la confortable seguridad del pensamiento único; su sutileza extrema, su “liaison dangereuse”, un tanto vidriosa si tenemos en cuenta que hay un menor de por medio (en cualquier caso 17 años, al filo de la mayoría de edad; pero el actor que lo interpreta tenía ya 20 durante la filmación), la harán inasumible para algunos: ellos se lo pierden...

Gran descubrimiento el del joven Timothée Chalamet, al que vimos en Interstellar (2014) en un papel secundario, que aquí está espléndido, un trabajo interiorizado desde la naturalidad, la frescura, la absoluta falta de impostación, con una desarmante sencillez que él hace compleja con facilidad; hay una nueva estrella en el firmamento: si no se tuerce, puede darnos grandes interpretaciones. Armie Harmer también está bien, pero palidece ante el trabajo de su jovencísimo coprotagonista. Entre los secundarios me quedo con un estupendo Michael Stuhlbarg que tiene una escena casi al final, hablando en el sofá con Chalamet, que es para enmarcar. También Amira Casar, que interpreta a la madre del chico, tendrá su momento crucial cuando, en ese mismo sofá, arrebujados padres e hijo mientras la mujer lee El Heptamerón en alemán, que va traduciendo al inglés, les cuenta cómo el protagonista del relato, Farris, no se atreve a declarar su amor a la princesa; pero en un momento dado, Farris le preguntará a su amada, ¿es mejor hablar o morir? Dilema que será, a la postre, metafóricamente, el mismo de Elio...


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132'

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Call me by your name - by , Jan 29, 2018
3 / 5 stars
¿Es mejor hablar o morir?