Película: Carta de amor de un asesino

El quinto largometraje de ficción de Francisco Regueiro, uno de nuestros cineastas “malditos”, es probablemente su obra maestra, esta Carta de amor de un asesino de atmósfera enfermiza, hipnótica, una película extrañísima que, como era de prever ante esas características, no encontró distribuidor que la colocara en los circuitos de cine de su época.

Ya la primera escena, tremenda, nos pone sobre aviso: asistimos, en un solo plano, al asesinato a tiros de cuatro hombres por otro, en una cafetería, en un plano en el que, piadosamente, en una formidable elipsis parcial, algunos de los disparos y de las muertes quedan ocultas tras una oportuna columna en medio del local, de tal guisa que asistimos al primer disparo del asesino y la caída de esa primera víctima, pero cuando el travelín lateral derecha-izquierda culmina, con la columna de por medio, ya solo veremos los cuatro cuerpos en el suelo, recién pasaportados al otro mundo por este asesino del que posteriormente sabremos más (no muchas más...) cosas.

La directora de la biblioteca pública de Guadalajara, Blanca (nombre que no es mera casualidad, por supuesto...) recibe en su despacho una carta, dirigida a ella por el asesino, iniciada por una bellísima, melancólica frase: “Cerraré los ojos y no veré más...”, que volverá a aparecer intermitentemente a lo largo del film. En la carta el homicida le declara su amor y viene a decirle que el horrendo crimen que aún no ha cometido, pero cometerá, tendrá su causa precisamente en la imposibilidad de acercarse a ella, de consumar su amor con ella. A partir de entonces, Blanca se sentirá de alguna forma seguida o perseguida, de forma silente, por la figura de ese asesino enamorado...

La película está plagada de símbolos, algunos de ellos más que sugerentes. Así, Blanca tiene un pececito (rojo, por cierto) en su pecera, pero cuando se da un baño lo echa en el agua de la bañera: ese pececito rojo nadando entre las piernas de ella no es, precisamente, inocente, en lo que parece una sutil metáfora sobre la masturbación o el coito. Porque la protagonista tiene, o parece tener, evidentes carencias amatorias, sentimentales o directamente sexuales. Así, ha tenido (pero se ha acabado ya) una relación adúltera con un hombre casado, con cuya mujer, sin embargo, a pesar de que ésta conoce tal circunstancia, mantiene buenas relaciones. Pero esa falta de amor, de sexo, esa vida amorfa de funcionaria de provincias, esa rutina diaria sin nada que la saque de ella, se verá zarandeada por ese asesino enamorado que, cual ectoplasma, la requiere de amores y le confiesa su gravísimo crimen.

No será el pececito el único símbolo, ni mucho menos, que aparece en el film; así, además del pez y sus connotaciones sexuales, tendremos los gusanos (un evidente símbolo mortuorio) para pescar que maneja Ramón, el lúbrico subalterno de la biblioteca, pero también el pescado que éste limpia con el cuchillo de cocina ante la mirada fascinada/horrorizada de ella, la carne de la sardina que Ramón introduce en la boca de Blanca (en lo que parece el osado, para la época, símil de una felación), o el primerísimo plano del ojo de ella, que veremos parpadear en repetidas escenas del film, signo de su ansiedad, de su horror, también de su fascinación ante el proceso que está viviendo, haberse convertido en el objeto del amor de un asesino que ha matado por ella, un asesino que le atrae y le repele a la vez. 

Estamos entonces ante una indagación sobre la imposibilidad de reprimir el amor no correspondido y los desmanes a lo que ello puede abocar, hecha sin moralismos, una metáfora sobre los peligros de la soledad sentimental y sexual, también una mirada atormentada sobre esos hermanos cuasi siameses, amor y  muerte. Plagada de imágenes oníricas que parecen reales (o reales que parecen oníricas...), como esas reses desguazadas colgadas del techo de la casa de la protagonista, o ese cadáver de caballo reducido a pulpa que aparece en las níveas sábanas de la cama de Blanca, en lo que puede considerarse una alegoría de la muerte que acecha, Carta de amor de un asesino, como queda dicho, está impregnada de una rara atmósfera viciada, de ese amor patológico del asesino que le conduce al callejón sin salida de matar sin razón alguna, solo como forma de escape de la fascinación absoluta que mantiene por la modosa funcionaria.

Con una Serena Vergano al frente del reparto, en un personaje que, ciertamente, debió ser el más extraño de la carrera de la actriz italiana, interesa más la composición de López Vázquez, un rostro hierático que contiene todas las pulsiones sexuales, asesinas, suicidas que caben en el ser humano, en uno de esos personajes extrañísimos que de vez en cuando nos regaló en los años sesenta y setenta; véanse los casos de El jardín de las delicias, El bosque del lobo, Mi querida señorita, Habla, mudita o La prima Angélica, entre otros. Del resto del reparto me quedo con la presencia insólita de una Rosa María Mateo antes de que su rostro se hiciera inmensamente popular como presentadora de los telediarios. La música medieval confiere al film un tono extraño, como onírico, como de algo que está sucediendo y, a la vez, no está ocurriendo.


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98'

Año de producción

Carta de amor de un asesino - by , Apr 19, 2018
4 / 5 stars
Cerraré los ojos y no veré más...