Pelicula:

CINE EN SALAS

Andrew Haigh (Harrogate, 1973) es un guionista, director y productor británico que se graduó en Historia en la Universidad de Newcastle; sin embargo, sus derroteros profesionales le llevaron pronto al cine, empezando desde abajo, por humildes ayudantías en tareas como el montaje, hasta que en 2003 debuta en la dirección con un corto, Oil, en el que aborda por primera vez las relaciones homosexuales; Haigh, militantemente gay, casado con el novelista Andy Morwood, hasta ahora había tratado el cine sobre temáticas LGTBI en dos largos, Greek Pete (2009), sobre un año en la vida de un chapero, y Weekend (2011), sentido, emocionante romance de dos chicos que, a pesar de ellos, dura eso, un fin de semana; también en las series televisivas Looking y La sangre helada aparecerá en primer plano el tema homoerótico. Pero Haigh no es monotemático y también ha tocado otros asuntos, como el amor heterosexual en la ancianidad, en 45 años (2015), con la gran Charlotte Rampling, y la relación entrañable entre dos parias, un chico y un caballo, en Lean on Pete (2017).

Ahora Haigh vuelve al tema LGTBI con esta (lo diremos ya) extraordinaria Desconocidos. La trama se desarrolla entre Londres y Croydon, una ciudad del área metropolitana de la capital inglesa, famosa sobre todo por su aeropuerto homónimo. Conocemos a Adam, en torno a la cuarentena, guionista que se ha mudado a una torre en Londres, apenas habitada, esperando encontrar la inspiración para su nuevo trabajo cinematográfico, un guion que quiere escribir sobre sus padres, muertos en accidente de tráfico cuando él tenía 12 años. Allí conoce a un extraño vecino, Harry, algo más joven que él, que intenta entrar en su piso para tomar copas y (parece) intimar, pero Adam finalmente no lo deja entrar. El guionista marcha a Croydon, a su antigua casa de la infancia, donde vivió con sus padres; sorprendentemente (aunque él no parece demasiado sorprendido...), se encuentra efectivamente en esa casa con sus padres, con las mismas edades, en torno a los treinta y pocos, con las que murieron. Adam es recibido efusivamente por los progenitores, que lo reconocen aunque han pasado 30 años, y retoman la relación como si aún fuera el niño de 12 al que, inesperada, involuntariamente, dejaron huérfano...

Haigh escribe su guion sobre la novela Ijintachi to no natsu (Verano con extraños), original del escritor japonés Taichi Yamada, que la publicó en 1987. Haigh sigue en general la trama ideada por Yamada, pero con algunas diferencias apreciables, como el hecho de cambiar de sexo a la vecina que acude de noche a visitar al protagonista, y también la inicial concepción de los padres redivivos, en la novela dos personas con un parecido extraordinario con los padres muertos, pero sin que se consideren nunca como tales. Nos parece que el sesgo dado por Haigh a su película la hace ganar en profundidad: con el cambio de sexo de la mujer que buscaba compañía, porque le permite plantear la homosexualidad de su protagonista y cómo sufrió este (como, con toda probabilidad, padeció el propio Haigh) en su infancia cuando se dio cuenta de su tendencia sexual y cómo ello suponía una vergüenza en aquella época, algo que le haría afligirse indeciblemente. El hecho de que Adam sepa que esos padres cuasi resucitados son sus padres, y que estos lo acepten como el hijo preadolescente al que tuvieron que renunciar traumáticamente tan pronto permite, en el mismo concepto argumental, presentar al adulto Adam como un niño (con cuerpo de hombre) saliendo del armario con sus padres, con las reacciones previsibles de las personas de treinta años atrás, cuando la homosexualidad, incluso la homosexualidad de los seres queridos, era objeto de controversia, siendo benévolos.

Ese sesgo, como decimos, confiere un valor añadido y hace del film una historia probablemente en buena medida autobiográfica del propio Andrew Haigh, impresión que se agiganta cuando sabemos que la casa de Croydon donde se han rodado las escenas con esos padres redivivos es, precisamente, la casa familiar de Haigh en su infancia, en la que Andrew vivió.

Así que, blanco y en botella, el guionista protagonista es, en buena medida, el propio director del film, que nos habla así del miedo de un niño de 12 años cuando se percata de su diferencia, y cómo ello le marcará la vida de una forma o de otra: ahogándolo interiormente si decide reprimir sus instintos, o exponiéndose al escarnio público si se muestra tal cual es. Pero, siendo este un tema de interés, aún mejor es la forma de presentarlo por parte de Haigh: así, la relación entre el hombre que se hace niño (manteniendo su cuerpo adulto) durante esos viajes a Croydon a visitar a lo que parecen los ectoplasmas de sus padres está dado con una naturalidad, con una especie de realismo mágico en el que cotidianidad y fantasía se mezclan inextricablemente, en escenas que sabemos imposibles pero que, sin embargo, resultan tan entrañables, esos padres que, llegados de algún limbo, recuperan temporalmente al niño que dejaron tan pronto; y ese hijo, doblemente acongojado por la zozobra de la orfandad y la homosexualidad, todo de una tacada, volverá a sentirse querido, protegido, cuidado amorosamente por los que se fueron tan inesperada, tan dolorosamente.

Haigh pespuntea su historia con frecuentes planos en los que vislumbramos al protagonista a través de espejos, pero sobre todo en otras superficies especulares no necesariamente formadas por una capa de plata o aluminio sobre un cristal, como en vidrios translúcidos en los que su imagen se deforma, se aprecia a la vez vagamente reconocible y difusamente inextricable, como la propia concepción personal de Adam (ay, el nombre del primer hombre...), que irá (re)conociéndose a sí mismo a medida que en los encuentros con los padres fantasmagóricos (sin tener apariencia de serlo, en un evidente acierto visual), pero también con el amigo/amante (gracias, Ventura Pons), vaya encontrando, poco a poco, su lugar en el mundo.

Una vuelta de tuerca de nuevo formidable en el último tramo, tras la segunda, inevitable pérdida de los padres (en una prodigiosa escena que haría llorar, honestamente y sin trampas, hasta a una estatua de mármol), nos sume de nuevo, ahora con el joven amigo/amante que habrá sido su consuelo, su compañía, mientras suceden los extraños encuentros con los padres ectoplásmicos, en una última secuencia donde las piezas empiezan a encajar, donde conoceremos las últimas claves que dan sentido a esta historia que llevará del armario (el eufemístico clóset del que salen los gais) a, literalmente, el infinito, en especial en ese último plano, esa pareja arrebujada en el lecho final, esa cámara que se retira, se retira, se retira... hasta que ese lecho se convierta, mutatis mutandis, en la más refulgente estrella de un límpido cielo donde la eternidad es la norma.

Hay películas en las que, a veces solo un momento, es posible atisbar, como por una rendija, el lado oculto de la luna, ese lugar extraño, imposible, donde quizá habite otro mundo, donde a lo mejor existe otro universo (lo cuántico nos habla de ello, y más que nos hablará...); son solo unas pocas películas: 2001: Una Odisea del Espacio, con su monolito y su feto astronauta; Donnie Darko y su malévolo conejo antropomorfizado; Under the skin y su nínfula depredadora de voluptuosas formas... Son pocas películas, en las que (como en El aleph de Borges era posible vislumbrar, en un único punto, todos los lugares del mundo, pasados, presentes y futuros) se pueden atisbar otras realidades, otras fantasías que también serían realidad, mundos paralelos que, quizá, también estén en este. Desconocidos, nos parece, pasa a engrosar ese raro y tan selecto club de films en los que es posible ver algo más allá, algo inaprensible, de lo que habitualmente vemos.

Gran trabajo, con una implicación personal y emocional encomiable, del actor irlandés Andrew Scott, que admiramos en la loachiana Jimmy’s Hall, pero también en Negación y en 1917; le sigue bien Paul Mescal, que deja el papel de joven padre abnegado de Aftersun, su personaje hasta ahora más conocido e interesante, por el de este treintañero náufrago de sí mismo que encontrará, quizá incorpóreamente, el amor de su vida en un solitario piso de una desértica torre en el Londres moderno e impersonal. Buen trabajo también de los actores que interpretan a los etéreos padres, Jamie Bell, el niño bailarín de Billy Elliot, ya bien crecidito, y Claire Foy, que deja de ser la Isabel II treintañera de The crown para convertirse en esta joven madre difunta a finales de los noventa que regresa al mundo inesperada y temporalmente 30 años después para sentirse noqueada por la salida del armario de su hijo doceañero con cuerpo de cuarenta, pero, sobre todo, para recuperar la convivencia con su pequeño tan traumáticamente arrebatada.

(28-02-2024)


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105'

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Desconocidos - by , Feb 28, 2024
4 / 5 stars
Del armario al infinito