Película: El hombre que mató a Don Quijote

El proyecto de hacer El hombre que mató a Don Quijote merecería pasar a la Historia del Cine como el más maldito que han conocido los tiempos (bueno, quizá en dura competencia con Al otro lado del viento, la peli inconclusa de Orson Welles...). Como tal proyecto se inició en papeles hacia 1989, aunque hasta 1998 Terry Gilliam no encontró la financiación adecuada. Comenzó a rodarse en 2000 en Navarra, pero una serie de catastróficas desdichas (gracias, Lemony Snicket), como la pérdida de la mayor parte del material y de los decorados por unas inundaciones, y una grave enfermedad del actor que encarnaba entonces a Don Quijote, Jean Rochefort, haría que se cancelara el proyecto; el que estaba previsto que fuera su “making off” terminó siendo un interesante documental con el título de Lost in La Mancha (2002), que contaba atinadamente los problemas sin cuento a los que se tuvo que enfrentar el equipo de producción.

Aunque sin llegar a filmarse un solo plano, se retomó el proyecto varias veces desde entonces, con distintos protagonistas que entraban y salían en los planes de rodaje que nunca se llevaron a cabo: Johnny Depp, Robert Duvall, Michael Palin, Ewan McGregor... hacia mitad de la década de los años diez de este siglo XXI el proyecto pareció revivir con John Hurt al frente, como el Caballero de la Triste Figura, pero al final también se quedó en nada, tanto por la enfermedad que llevaría a la muerte poco después al gran actor inglés como por la falta de fondos para acometerlo. Por fin, casi treinta años después de que Gilliam concibiera el proyecto, la película se ha rodado en España en 2017, con financiación hispana de Tornasol, la empresa de Gerardo Herrero, además de otros coproductores franceses, belgas, portugueses y británicos.

Quiero creer que las evidentes insuficiencias, conceptuales, narrativas, cinematográficas, incluso interpretativas de este El hombre que mató a Don Quijote, se han debido, en buena parte, a ese accidentado proyecto tantas veces empezado y tantas veces postergado, algo que, ciertamente, no puede ser bueno para ningún proceso creativo. Porque el film, digámoslo ya, es claramente deficiente: parece que Gilliam pretendía reinterpretar la figura inmortal de Don Quijote (uno de los varios mitos universales que los españoles hemos aportado al mundo, junto a Don Juan, el pícaro y Carmen), actualizándolo en esta historia en la que un director de cine tirando a carajote rueda en La Mancha una mediocre versión al cine de la novela de Cervantes, cuando por accidente encuentra un DVD de una vieja película suya que rodó al comienzo de su carrera, muy cerca del lugar, lo que le hace acercarse al sitio para rememorar aquel rodaje que, intuye, puede insuflar un nuevo aliento creativo a la película que rueda. Pero entonces se enredará en algunos conflictos que complicarán aún más su ya problemática existencia...

Pero esa reinterpretación no aporta nada, más allá de recordarnos Gilliam, a estas alturas, las constantes de Don Quijote: la generosidad, la ayuda al desvalido, el deseo de justicia a todo trance, la necesidad de castigar y no dejar impunes los desafueros, el alineamiento con los pobres, la caballerosidad absoluta, el amor como una de las bellas (y castas) artes. Pero El hombre que mató a Don Quijote se pierde en extravagancias tales como poner en imagen, como villano de la función, a un magnate ruso (lógicamente mafioso, como al parecer tienen que ser todos los rusos hoy día en cine, y más si son magnates...), interpretado por un Jordi Mollà que, después de hacer de narco colombiano y mexicano, sigue haciendo acopio de malos de pacotilla, aquí con horrible acento que intenta parecer “ruskie”, con poco éxito. ¿Este villano de pandereta es la actualización del mal cervantino? ¿Lo es el productor celoso hasta la extenuación que hace Stellan Skarsgard? Por más que Gilliam ponga en imágenes las versiones muy libres de algunos de los pasajes quijotescos, como el archimanido de los molinos (varias veces expuesto en pantalla aquí, qué aburrimiento), la escena de los odres de vino o la burla con el caballo Clavileño, no hay en la película nada que recuerde, ni remotamente, la grandeza del texto cervantino, ni aporta nada a la ética ni la estética quijotesca, más allá de un puñado de estrafalarias imágenes.

Y lo que es peor: aburre a las ovejas. Se nos da una higa la historia de este cineasta medio memo (o memo entero, no queda claro...), que pudiera imaginarse es un sosias del propio Gilliam, y nos importa lo que viene siendo un pimiento sus andanzas por La Mancha en pos de este zapatero que, no sabemos por qué (y mayormente nos trae al fresco), pierde la cabeza, como el Alonso Quijano original, y da en creerse, él también, el Caballero de la Triste Figura. O tal vez, vaya usted a saber, se transmuta a lo largo del tiempo y nos vamos al siglo XVII, cuando supuestamente sucedieron (en el magín de Cervantes, claro está) sus andanzas como caballero andante.

Un rosario de insensateces, pues, que se hacen interminables; fiel al espíritu de “una gran película tiene que superar, con creces, las dos horas”, El hombre que mató a Don Quijote dura 132 exhaustivos minutos, quizá queriendo convertirse en “El hombre que mató a los espectadores”: casi lo consigue...

Adam Driver no parece tener muy claro cuál es exactamente su papel (nosotros tampoco, la verdad...), quizá añorando la máscara que utiliza en Star Wars como el villano Kylo Ren y no tener así que dar la cara cuando no sabe qué gesto poner; Jonathan Pryce, siempre buen actor, se esfuerza en ser un Quijote a la vez antiguo y moderno, lo que quiera que sea eso; del resto me quedo con la fresca presencia de Joana Ribeiro, una actriz portuguesa que tiene el personaje más interesante de la historia, que ella sirve impecablemente.

Como diría el clásico: lo que mal empieza, suele terminar el mal. He aquí un ejemplo de libro. Tampoco es que Gilliam sea Welles o Bergman, pero es cierto que, sobre todo en su primera etapa post Monty Python, hizo algunas cosas interesantes: Brazil (1985), Las aventuras del Baron Munchaussen (1988), El rey pescador (1991), Doce monos (1995), para, a partir del siglo XXI, perder el norte totalmente con títulos como El imaginario del Doctor Parnassus (2009), The zero theorem (2013) o esta olvidable El hombre que mató a Don Quijote.


El hombre que mató a Don Quijote - by , Jun 07, 2018
1 / 5 stars
Reinterpretar (mal) al Caballero de la Triste Figura