Pelicula:

Esta película está disponible en el catálogo de Netflix, plataforma de Vídeo Bajo Demanda (VoD).

Martin Scorsese es, a qué dudarlo, uno de los nombres fundamentales del cine de todas las épocas. El cine del último medio siglo no se entendería sin la figura de este director, guionista, productor y ocasional actor que es Scorsese: durante los años setenta y ochenta estableció el canon del cine de mafiosos (junto con Coppola y su trilogía de El Padrino), en películas como Uno de los nuestros (1990) y Casino (1995), pero también estableció nuevas formas de narrar y de acercarse a las psicologías torturadas de los tiempos modernos en Taxi driver (1976) y Toro Salvaje (1980). Echó una mirada heterodoxa a la religión, a su religión católica, en La última tentación de Cristo (1988), retomó un clásico como El buscavidas (1961) con una magnífica continuación, El color del dinero (1986), e incluso tributó un homenaje a otro clásico del cine de intriga y terror en El cabo del miedo (1991). Sin embargo, en nuestra opinión, tras la espléndida La edad de la inocencia (1993), inesperada visita al universo de la arrogante aristocracia neoyorquina del XIX, el cine de Scorsese se haría previsible, estándar, en ocasiones casi vulgar; siguió manteniendo, por supuesto, las exquisitas formas, el estilazo del que probablemente es el más elegante director vivo, pero su cine ya no rayó a la misma altura anterior. Tuvo, claro, algunos buenos títulos, como Infiltrados (2006), y fogonazos brillantísimos en algunos momentos de Shutter island (2010) o Silencio (2016), pero nada que ver con todo lo que había hecho anteriormente.

Por eso gusta tanto que, con El irlandés, nos reencontremos con el mejor Scorsese, con el que definió las pautas del cine sobre la mafia, además incardinándolo en varios sucesos fundamentales de la Historia de Estados Unidos en la segunda mitad del siglo XX. En ese contexto, conoceremos a Frank Sheeran, un personaje real, de ancestros irlandeses y familia humilde, que tras la Segunda Guerra Mundial, en la que estuvo en el frente italiano (donde aprendió la lengua del país), comenzó a trabajar ya en su tierra como camionero; sus primeras trapacerías consistieron en escamotear algunas piezas de carne que transportaba en su vehículo, lo que le permitió introducirse paulatinamente en la mafia, donde se apreciaba la gente que, como él, no tenía problemas en “pintar casas”, eufemismo de matar a gente que estorbara por encargo del capo de turno (ahorraremos al lector la correspondencia exacta entre la metáfora y la realidad, para no herir sensibilidades...). Se inicia así una ascensión en el crimen organizado, siempre como en el ejército, cumpliendo órdenes, nunca ordenando...

El irlandés podría considerarse perfectamente como una especie de fresco histórico, de retablo de la vida de los Estados Unidos de la segunda mitad del siglo XX; veremos, en efecto, una serie de hechos capitales en la historia del país, pero siempre con algún punto de relación con la historia de las organizaciones mafiosas; así, por ejemplo, se dice en la película que John F. Kennedy llegó a la Casa Blanca gracias, entre otros, a preeminentes mafiosos, a los que después JFK supuestamente pagaría el favor desalojando a Castro de Cuba y permitiéndoles a los gánsteres recuperar sus casinos, con un armamento pesado que, según el relato, fue transportado por el siempre obediente, y silente, Frank Sheeran, para la fallida operación de Bahía Cochinos. Pero también asistiremos a hechos relevantes como el magnicidio del propio JFK, y cómo ello, indirectamente, quitó de encima a la mafia a su hermano, Robert, fiscal general del estado y persecutor inasequible de los que, según lo narrado, tuvieron mucho que ver con que Jack Kennedy llegara al Despacho Oval. Otros asuntos de primer orden, como la crisis de los misiles que tuvo al mundo en jaque en 1962, o el escándalo Watergate, también tendrán su sitio, siempre en relación con el mundo de la mafia que casi nunca fue ajeno a tales hechos.

Pero el film se centra sobre todo en un suceso que, a fecha de hoy, sigue sin tener una explicación total y absoluta, la desaparición en 1975, en circunstancias nunca aclaradas, del líder del Sindicato de Camioneros, Jimmy Hoffa, un personaje pendenciero, atrabiliario y muy poderoso, con grandes implicaciones con la mafia italoamericana (a pesar de que despreciaba a los que él llamaba “spaghetti”). Esa desaparición, que alcanzó en la sociedad norteamericana rango de noticia de primerísima plana, y que incluso ha propiciado alguna que otra película, como Hoffa (1992), dirigida y protagonizada por Danny de Vito, es quizá el “leit motiv” del film, en tanto en cuanto plantea descarnadamente el conflicto de lealtades al que se verá abocado el mero sicario que, en el fondo, era Frank Sheeran, un gregario, un matón a sueldo cuya escala de valores le hacía mantener una fidelidad extrema con aquellos que le protegían y, con ello, protegían a su familia, auténtico motor de todos los crímenes que ejecutó a lo largo de su vida.

Film intenso, con la elegancia típica de Scorsese, pero ahora más lleno de contenido que en sus últimas películas, obra magna que cierra lo que podríamos llamar la Trilogía de la Mafia de su director (Uno de los nuestros, Casino, El irlandés), la nueva obra del cineasta de Little Italy supone un broche superlativo en su carrera y, con toda probabilidad, cierra brillantemente ese venero; seguramente (esperémoslo...) Marty seguirá dirigiendo, pero no parece fácil que vuelva al tema.

Scorsese demuestra, a estas alturas, por qué sigue siendo el cineasta “first class” que siempre fue (aunque en las dos últimas décadas, en cuanto al fondo, haya parecido catatónico): además de la perfecta planificación, del rodaje exquisito, del tiro de cámara que es siempre el mejor, por no decir el único, del mimo por el detalle, incluye algunas novedades que son más de este siglo que del pasado: esos rótulos que, en pausa sobre el interfecto (nunca mejor dicho...), nos informan de cuándo y de qué manera murió el susodicho; esos alevosos asesinatos cometidos por Sheeran como el que va a comprar el pan, a la manera en la que Hanna Arendt hablaba de la banalidad del mal; esos diálogos precisos, nunca superfluos. El lector sabe que somos de la opinión de que el cine actual tiende a alargar innecesariamente las historias; sin embargo, en este caso nos parece que las tres horas y media de metraje son las adecuadas al monumental friso histórico que se nos muestra desde la mirada de un mindundi, de un tipo cuya única virtud fue su lealtad absoluta hacia su mentor, aunque ello le llevara a cometer delito de lesa traición.

Seguramente el testamento cinematográfico (en cuanto al tema mafioso) de Scorsese, es imposible no ver el film también como una mirada quizá un punto nostálgica hacia ese cine, una mirada entre lo melancólico y lo “vintage”, un tipo de cine que ya no se hace, muy “años setenta”, con un cierto regusto “fin de siècle”. Gusta también que el personaje central no sea el típico mafioso famoso, sino el que (como diría un amigo) le llevaba la maleta al capo, con la particularidad de que cuando había que “pintar una casa”, él lo hacía sin mover una ceja. Ese retrato del sicario, del matón a sueldo que, sin embargo, al final de su vida intentó ponerse en paz con Dios y, sobre todo, con su propia familia, forma parte ya del mejor cine de gánsteres que se ha hecho en Estados Unidos, lo que, a estos efectos, equivale a decir en todo el mundo.

Sheeran fue, a su manera, un Brutus: él también tuvo su Julio César, aunque en su caso no hubiera presuntas nobles motivaciones de regeneración republicana sino puro y simple acatamiento de una orden, como las que ejecutaba sin pestañear en el ejército durante la Segunda Guerra Mundial.

Scorsese y su guionista Steven Zaillian han trabajado sobre el volumen I heard you paint houses. Frank “The irishman” Sheeran and closing the case on Jimmy Hoffa, un detalladísimo estudio que el exfiscal Charles Brandt realizó sobre este callado sicario, al que entrevistó cuando ya estaba recluido en un asilo de ancianos. Si lo que nos cuenta Brandt, y ahora, con él, Scorsese y Zaillian, es cierto, se habría resuelto una de las grandes incógnitas que parecían irresolubles de la Historia reciente USA. En cualquier caso, sea o no cierto, lo que sí es verdad es que Scorsese vuelve por donde solía (hace ya dos décadas...) y que El irlandés nos reconcilia, esperamos que ya definitivamente, con su cine.

El empeño de producción para una película sin efectos digitales (bueno, los hay, mayormente para rejuvenecer milagrosamente a De Niro et alii), con un presupuesto en torno a los 160 millones de dólares, ha contado con un equipo técnico-artístico como para quitar el hipo. Así, el director de fotografía ha sido el mexicano Rodrigo Prieto, habitual en los films de González Iñárritu y que viene trabajando con Scorsese desde El lobo de Wall Street (2013); la montadora es nada menos que la mítica Thelma Schoonmaker, ganadora de 3 Oscar, los tres con películas de Scorsese. Y en el apartado interpretativo, el film supone el reencuentro de Marty y Robert de Niro, una pareja que dio títulos míticos en el pasado; pero también aparecen otros viejos conocidos de los films scorsesianos, como el estupendo Joe Pesci y el no menos bueno (aunque aquí tiene poco papel) Harvey Keitel. La sorpresa (realmente no lo es, ¿verdad?) es Al Pacino, que nunca había trabajado con Scorsese, y que hace un Jimmy Hoffa difícilmente olvidable: a la manera de Gertrude Stein y su famoso retrato de Picasso, se podría decir que, en el futuro, cuando alguien piense en Hoffa, tendrá en mente el personaje que recrea Pacino, un tipo infecto, visceral, sanguíneo, volcánico, cuya radicalidad extrema cavaría su propia tumba.

(29-11-2019)


 


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El irlandés (2019) - by , Nov 30, 2019
4 / 5 stars
He oído que pintas casas